miércoles, 30 de septiembre de 2026

VIETNANES DE MI ALMA



VIETNANES DE MI ALMA
No me juzguéis con excesiva dureza.
Brian Jones

Hola, chicos de mi vida,
vietnanes de mi alma.
No debería escribiros…

…y sin embargo no puedo
dejar de hacerlo aunque 
sea tarde y mal, como
un trabajo de última hora 
ya sobre la bocina del trimestre.

No pretendo creerme referente 
pues tenéis muchos mejores,
más famosos, más guapos, tatuados…
… pero sé que os he decepcionado.

Que mi cagada es tan grave
que enturbia todo, incluso 
los bonitos recuerdos 
que habíamos construido en equipo.

Os reconozco que yo mismo
no sé si sería capaz
de perdonar a algún hijo de perra 
que hiciera daño a “La Tícher”…

…pero espero que la nube sucia
que todito lo enturbia y enmaraña
acabe pasando, que se aclare
la verdad y que nos queden las risas,
que las hubo, las gominolas,
las complicidades y las coñas.

Yo voy a quedarme con todo eso.

Os lo advierto. En parte 
porque lo necesito para 
salir del pozo que he cavado,
yo solito sin ayuda de nadie,
a tres metros sobre el infierno.

Solo os pido que, por una vez,
seáis vosotros los que no tengáis 
demasiado en cuenta las faltas.

Aprobadme en vuestra memoria,
aunque sea por pena. Pero,
sobre todo, no dejéis que nadie 
y menos un imbécil egocéntrico,
un niñato inmaduro que no mide
la consecuencia de sus actos,
os robe ni un segundo de la dicha 
de vuestros mejores años.

Porque lo pasamos bien y aprendimos 
y todos, menos yo, mejorasteis
como personas. Confío en haber pillado 
al fin la lección para la repesca,
confío en las chuletas, la memoria
y la bondad de los correctores
o las estampitas de la Virgen.

Si finalmente paso el curso 
de la deshonra, espero 
encontraros algún día al otro lado,
más guapos, más mayores, más sabios.

Y, si no, solo me queda despedirme:
gracias por tanto y perdón por tan poco,
chicos de mi vida,
vietnanes de mi alma.

lunes, 28 de septiembre de 2026

LA VERDAD DE LAS MENTIRAS (Mario Vargas Llosa)




 Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía «era verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el blanco. Si las novelas son ciertas o falsas importa a cierta gente tanto como que sean buenas o malas y muchos lectores, consciente o inconscientemente, hacen depender lo segundo de lo primero. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran o importaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos libros disparatados y absurdos —es decir, mentirosos— podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios. Por esta razón, los hispanoamericanos sólo leyeron ficciones de contrabando durante trescientos años y la primera novela que, con tal nombre, se publicó en la América española apareció sólo después de la independencia (en México, en 1816). Al prohibir no unas obras determinadas sino un género literario en abstracto, el Santo Oficio estableció algo que a sus ojos era una ley sin excepciones: que las novelas siempre mienten, que todas ellas ofrecen una visión falaz de la vida. Hace años escribí un trabajo ridiculizando a esos arbitrarios, capaces de una generalización semejante. Ahora pienso que los inquisidores españoles fueron acaso los primeros en entender —antes que los críticos y que los propios novelistas— la naturaleza de la ficción y sus propensiones sediciosas. (...)

En efecto, las novelas mienten —no pueden hacer otra cosa— pero ésa es sólo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es. Dicho así, esto tiene el semblante de un galimatías. Pero, en realidad, se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos —ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros— quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar —tramposamente— ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo insatisfecho. ¿Significa esto que la novela es sinónimo de irrealidad? ¿Que los introspectivos bucaneros de Conrad, los morosos aristócratas proustianos, los anónimos hombrecillos castigados por la adversidad de Franz Kafka y los eruditos metafísicos de los cuentos de Borges nos exaltan o nos conmueven porque no tienen nada de nosotros, porque nos es imposible identificar sus experiencias con las nuestras? Nada de eso. Conviene pisar con cuidado, pues este camino —el de la verdad y la mentira en el mundo de la ficción— está sembrado de trampas y los invitadores oasis suelen ser espejismos. ¿Qué quiere decir que una novela siempre miente? No lo que creyeron los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado, donde —en apariencia, al menos— sucede mi primera novela, La ciudad y los perros, que quemaron el libro acusándolo de calumnioso a la institución. Ni lo que pensó mi primera mujer al leer otra de mis novelas, La tía Julia y el escribidor, y que, sintiéndose inexactamente retratada en ella, ha publicado luego un libro que pretende restaurar la verdad alterada por la ficción. Desde luego que en ambas historias hay más invenciones, tergiversaciones y exageraciones que recuerdos y que, al escribirlas, nunca pretendí ser anecdóticamente fiel a unos hechos y personas anteriores y ajenos a la novela. En ambos casos, como en todo lo que he escrito, partí de algunas experiencias vivas en mi memoria y estimulantes para mi imaginación y fantaseé algo que refleja de manera muy infiel esos materiales de trabajo. No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo. (...)

Porque no es la anécdota lo que decide la verdad o la mentira de una ficción. Sino que ella sea escrita, no vivida, que esté hecha de palabras y no de experiencias concretas. Al traducirse en lenguaje, al ser contados, los hechos sufren una profunda modificación. El hecho real —la sangrienta batalla en la que tomé parte, el perfil gótico de la muchacha que amé— es uno, en tanto que los signos que podrían describirlo son innumerables. Al elegir unos y descartar otros, el novelista privilegia una y asesina otras mil posibilidades o versiones de aquello que describe: esto, entonces, muda de naturaleza, lo que describe se convierte en lo descrito. ¿Me refiero sólo al caso del escritor realista, aquella secta, escuela o tradición a la que sin duda pertenezco, cuyas novelas relatan sucesos que los lectores pueden reconocer como posibles a través de su propia vivencia de la realidad? Parecería, en efecto, que para el novelista de linaje fantástico, el que describe mundos irreconocibles y notoriamente inexistentes, no se plantea siquiera el cotejo entre la realidad y la ficción. En verdad, sí se plantea, aunque de otra manera. La «irrealidad» de la literatura fantástica se vuelve, para el lector, símbolo o alegoría, es decir, representación de realidades, de experiencias que sí puede identificar en la vida. Lo importante es esto: no es el carácter «realista» o «fantástico» de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad y mentira en la ficción. (...)

Las novelas tienen principio y fin y, aun en las más informes y espasmódicas, la vida adopta un sentido que podemos percibir porque ellas nos ofrecen una perspectiva que la vida verdadera, en la que estamos inmersos, siempre nos niega. Ese orden es invención, un añadido del novelista, simulador que aparenta recrear la vida cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a veces brutalmente, la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector. Éste puede, así, juzgarla, entenderla, y, sobre todo, vivirla con una impunidad que la vida verdadera no consiente. ¿Qué diferencia hay, entonces, entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿No están ellos compuestos de palabras? ¿No encarcelan acaso en el tiempo artificial del relato ese torrente sin riberas, el tiempo real? La respuesta es: se trata de sistemas opuestos de aproximación a lo real. En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en cada caso. Para el periodismo o la historia la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira. A más cercanía, más verdad, y, a más distancia, más mentira. Decir que la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet, o la Historia de la conquista del Perú, de Prescott, son «novelescas» es vejarlas, insinuar que carecen de seriedad. En cambio, documentar los errores históricos de La guerra y la paz sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es, pues, un género amoral, o, más bien, de una ética sui géneris, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos. Arte «enajenante», es de constitución antibrechtiana: sin «ilusión» no hay novela. (...)

Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones. En el corazón de todas ellas llamea una protesta. Quien las fabuló lo hizo porque no pudo vivirlas y quien las lee (y las cree en la lectura) encuentra en sus fantasmas las caras y aventuras que necesitaba para aumentar su vida. Ésa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos, las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones. ¿Qué confianza podemos prestar, pues, al testimonio de las novelas sobre la sociedad que las produjo? ¿Eran esos hombres así? Lo eran, en el sentido de que así querían ser, de que así se veían amar, sufrir y gozar. Esas mentiras no documentan sus vidas sino los demonios que las soliviantaron, los sueños en que se embriagaban para que la vida que vivían fuera más llevadera. Una época no está poblada únicamente de seres de carne y hueso; también, de los fantasmas en que estos seres se mudan para romper las barreras que los limitan y los frustran. Las mentiras de las novelas no son nunca gratuitas: llenan las insuficiencias de la vida. (...)

Los inquisidores españoles entendieron el peligro. Vivir las vidas que uno no vive es fuente de ansiedad, un desajuste con la existencia que puede tornarse rebeldía, actitud indócil frente a lo establecido. Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida desconfíen de las ficciones y las sometan a censuras. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad. (...)

«Las cosas no son como las vemos sino como las recordamos», escribió Valle-Inclán. Se refería sin duda a cómo son las cosas en la literatura, irrealidad a la que el poder de persuasión del buen escritor y la credulidad del buen lector confieren una precaria realidad. Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción. Recuerdos e invenciones se mezclan en la literatura de creación de manera a menudo inextricable para el propio autor, quien, aunque pretenda lo contrario, sabe que la recuperación del tiempo perdido que puede llevar a cabo la literatura es siempre un simulacro, una ficción en la que lo recordado se disuelve en lo soñado y viceversa. Por eso la literatura es el reino por excelencia de la ambigüedad. Sus verdades son siempre subjetivas, verdades a medias, relativas, verdades literarias que con frecuencia constituyen inexactitudes flagrantes o mentiras históricas. Aunque la cinematográfica batalla de Waterloo que aparece en Los miserables nos exalte, sabemos que ésa fue una contienda que libró y ganó Victor Hugo y no la que perdió Napoleón. O, para citar un clásico valenciano medieval, la conquista de Inglaterra por los árabes que describe el Tirant lo Blanc es totalmente convincente y nadie se atrevería a negarle verosimilitud con el mezquino argumento de que en la historia real jamás un ejército árabe atravesó el canal de la Mancha. La recomposición del pasado que opera la literatura es casi siempre falaz. La verdad literaria es una y otra la verdad histórica. Pero, aunque esté repleta de mentiras —o, más bien, por ello mismo— la literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar. (...)

Sólo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas. Porque en los engaños de la literatura no hay ningún engaño. No debería haberlo, por lo menos, salvo para los ingenuos que creen que la literatura debe ser objetivamente fiel a la vida y tan dependiente de la realidad como la historia. Y no hay engaño porque, cuando abrimos un libro de ficción, acomodamos nuestro ánimo para asistir a una representación en la que sabemos muy bien que nuestras lágrimas o nuestros bostezos dependerán exclusivamente de la buena o mala brujería del narrador para hacernos vivir como verdades sus mentiras y no de su capacidad para reproducir fidedignamente lo vivido. Esas fronteras bien delimitadas entre literatura e historia —entre verdades literarias y verdades históricas— son una prerrogativa de las sociedades abiertas. En ellas, ambos quehaceres coexisten, independientes y soberanos, aunque complementándose en el designio utópico de abarcar toda la vida. Y quizá la demostración mayor de que una sociedad es abierta, en el sentido que Karl Popper dio a esta calificación, es que en ella ocurre así: autónomas y diferentes, la ficción y la historia coexisten, sin invadir ni usurpar la una los dominios y las funciones de la otra. (...)

Los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La ficción enriquece su existencia, la completa, y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos alcanzar. (...)

miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA EDUCACIÓN FÍSICA (Rosario Villajos)

Por entonces los consideraba sus amigos y los acompañaba a todas partes como si estuviera en un libro de Enid Blyton, aunque no tenía claro si ella era Jorge o el perro Tim. Los había conocido unos meses antes en una academia de clases de recuperación. Enseguida empezó a juntarse con ellos y a meterse en líos que realmente no le apetecían como, por ejemplo, poner dinero para comprar un mando a distancia universal e ir por los bares cambiando de canal en mitad de un partido de fútbol o hurtar paquetes de patatas de las tiendas de chucherías. Chicos que buscaban problemas absurdos que cada vez iban a más. Catalina participaba siempre en sus aventuras estrafalarias como en un rito de paso, con el afán de poder formar parte de algo, o acabar siendo con ellos una sola materia, un grupo de chavales de otro barrio que meaban en piscinas ajenas y quedaban para ver películas en casa de alguno de ellos cuando no estaban sus padres. (...)
Desde el momento en que supo que sus tetas botaban, que existían cada día más, se preparaba antes de aparecer frente a ellos en el banco de la plazoleta donde se juntaban, como una soprano que debe entrar en escena después de la obertura. También lo hacía cada vez que tenía que salir a la pizarra en clase o pasar delante de cualquier grupo de chicos adolescentes, pero asimismo de obreros de la construcción, camioneros, en fin, de hombres adultos, porque sabía que lo que vendría a continuación serían comentarios relativos a un cuerpo que la despechaba. Cuando estaba segura de que serían demasiado crueles, se daba media vuelta, rodeaba la calle o cruzaba a la otra acera. Unas veces, los juicios que escuchaba hacían referencia a lo poco que resaltaba el busto en su figura, porque les parecía demasiado pequeño. «¿Eres nadadora? Nada por delante y nada por detrás», le decían a un metro de distancia. Otras, el tema se centraba en su falta de sostén porque, aunque no hubiera mucho que sujetar, según gritaban, sus pezones los ponían cachondos. «Eres fea pero al menos tienes tetas», le dijo uno con uniforme militar. Catalina aprendió a recomponerse, a intentar no darle importancia, a fingir que pasaba por alto sus opiniones, a encogerse dentro de las camisetas cuando aún no había descubierto el grunge y mamá seguía sin admitir que su hija necesitaba un sujetador. (...)
Era el que mejor le caía, de acuerdo, pero no sentía ningún deseo hacia él. Catalina aún no había besado nunca a nadie y, a diferencia de algunas de las niñas de su antiguo colegio, tampoco le apetecía, ni siquiera sentía curiosidad. Prefería mil veces saltar veinte verjas de tres metros a tenerlo a él o a cualquier otro un centímetro más cerca. Le fastidió que el resto del grupo estuviera compinchado con ese muchacho y ninguno con ella, pero no les reprochó nada, dando por hecho que la preferencia era justificable, pues había llegado la última a la pandilla. Tampoco les dijo una palabra cuando algunos fueron de parte del chico para confirmarle lo que ella había estado esquivando: un zumbido que evocaba una intimidad ajena expandiéndose y estallando en la suya, como la espuma rosa que ocupaba su mente en los momentos de fiebre. «Le gustas a Fulanito», le dijeron, pero Fulanito no se había fijado en cómo ella lo evitaba desde que lo vio venir. Finalmente, el mismo Fulanito, después de mucho tartamudear y sonrojado como un cielo cargado de aluminio, le declaró del todo sus intenciones. —¿Quieres salir conmigo? (...)
Entonces él continuó con el galanteo: «Tú no eres como las otras chicas —¿cómo son las otras chicas?—; me gustas porque eres como un tío», y si le gusto porque soy como un tío, por lógica, es que a él no le gustan las chicas sino los tíos, ¿no? Agobiada, no vio otro remedio que decirle que, sintiéndolo mucho, con todo el pesar de su corazón, pidiendo que no se enfadara con ella e implorando perdón de antemano sin saber bien el porqué, solo le gustaba como amigo, pero como un gran amigo, el mejor amigo del mundo. «Sigamos siendo amigos, ¿vale?» El chico pareció asombrarse del rechazo, cosa que a ella le sorprendió aún más después de haberle mostrado por todos los medios que la respuesta iba a ser un no. Un silencio vasto como un campo de ortigas arrasó con la ceguera del muchacho. —¿Estás enfadado conmigo? —rompió ella—, me has prometido que no te ibas a enfadar. —Yo no te he prometido nada —contestó—, y no, no estoy enfadado. En realidad me da igual, tampoco me gustas tanto.  Catalina no añadió nada antes de ver cómo Fulanito se alejaba de ella y se reunía en el banco de la plazoleta con otro del grupo que le pasó la mano por el hombro. Nadie vino a hablarle. Ya se le pasará, pensó, sintiendo lástima por él, disculpándolo y preguntándose qué habría hecho para gustarle tanto de repente, con sus brazos largos, sus manos grandes, su cuello de jirafa, su pelo encrespado y sus tetas pequeñas.  Unos días más tarde se encontró el banco vacío, y al siguiente solo lo llenaba una enorme pintada. Le habían dejado un mensaje escrito: un nombre que no era exactamente el suyo pero que sabía suyo, el que había usado para presentarse ante ellos unos meses antes en las clases, acompañado de dos palabras. Cata la chupa.
Le dolió la frase, el sujeto, el verbo, el predicado. Agradeció un poco el pronombre que hacía de objeto directo y sustituía al mismo. También le escoció que les diera igual no tenerla como amiga y que la castigaran con una autoridad que sigue sin saber quién les otorgó. Le pusieron una etiqueta que la rebajaba a lo que para ellos era un insulto y, para ellas, un insulto y un problema. Aun así, en vez de llorar, de enfadarse, de enfrentarse a esos chicos, se sintió avergonzada de parecerle eso a alguien porque lo escrito (aunque fuera en un banco), escrito está.  Catalina se refugió en la compañía de mamá el resto del verano y parte del otoño, solo para estar a su lado, sin contarle una palabra de lo que le había ocurrido. Ella debió de intuir que algo no marchaba bien, pero no supo preguntar o prefirió callar, contenta de volver a tener a su hija cerca, aunque fuera apesadumbrada, decepcionada y muchos otros adjetivos que no habría sabido identificar, lo importante era que había vuelto a mamá y eso dotaba de una razón a su existencia. Algo más importante que estar a dieta.
Uno de los días en que volvían juntas de la compra, se cruzaron con aquellos chicos. Catalina los miró de reojo, sin saludarlos, pensando cómo una pintada había hecho jirones otros tiempos. Al pasar le gritaron «puta» y «calientapollas» y también «marimacho» a cuatro metros de su espalda. Ella no miró con la esperanza de que mamá no sospechara que se referían a su hija. En cambio, tanto mamá como el resto de las mujeres en el trasiego de la calle a esas horas sí que se dieron la vuelta, aunque Catalina no supo si era porque estaban escandalizadas o por identificarse con aquellas palabras. En el fondo le daba igual cómo la llamaran aquellos chicos, solo temía que mamá se enfadara con ella por ser algo que no le gustaría que fuese, independientemente de si ejercía cualquiera de esos roles, del mismo modo que le asusta mucho más llegar tarde a casa que no llegar. Se había quedado sin amigos de los que aprender a no ser una chica, pero en lugar de encontrar un segundo para entristecerse, llorar o intentar comprender el porqué de lo ocurrido, buscó cómo reponerse con urgencia. Se transformó, de un curso para otro, en una chica estudiosa —menos vaga— para no asistir nunca más a clases de recuperación. De esa manera no tendría que volver a pasar por aquel barrio ni ver una parte de su nombre escrito en aquel banco, ya que no había forma de borrarlo. Tampoco ha podido eliminarlo de su memoria, así que ahora intenta mirar la parte positiva que sacó de todo aquello: sus notas.

Fragmento de LA EDUCACIÓN FÍSICA.
Premio Biblioteca Breve 2023.
Rosario Villajos (Seix Barral)

1-¿Te ha gustado este fragmento? ¿Por qué? ¿Te ha hecho pensar?
2-¿Te has sentido identificado/a con algún personaje? ¿A qué crees que es debido?
3-¿Quién es el protagonista? ¿Cómo es? ¿Está narrado desde su punto de vista? Quizá este fragmento te ayude a comprender LA FOCALIZACIÓN.

-El fragmento anterior pertenece a una novela brillante y muy recomendable escrita por Rosario Villajos. Te recomendamos su lectura y posterior reseña (TENEMOS VARIOS EJEMPLARES DISPONIBLES EN LA BIBLIOTECA DEL CENTRO).

Si lo prefieres, el fragmento también se puede trabajar de forma aislada:

-Escribe el texto cambiando la focalización o el punto de vista a otro personaje: puedes ser uno de los chicos, la madre...
-Escribe una carta abierta explicando tu reacción al leer este fragmento.
-Escribe un artículo de opinión/carta al director sobre el fragmento.

Siempre será mejor que tú decidas sobre qué y cómo quieres escribir pero, por si acaso, te paso algunos posibles temas secundarios:
-¿Es posible la amistad entre chicos y chicas? ¿Es conveniente tener amigos con los que nos sintamos forzados a cambiar nuestra personalidad?
-¿La presión de grupo puede hacer comportarse mal a todo el mundo o solo a las malas personas y cobardes?
-¿El machismo o la misoginia parten muchas veces de un complejo o rencor? 
-¿Crees que la madre se ha dado cuenta de la situación? ¿Y las vecinas? ¿Debemos intervenir en ese tipo de situaciones o eso empeoraría la situación? 
-¿Crees que Cata debería habérselo contado a su madre? ¿Tú lo hubieras hecho? ¿Que pros y contras tiene? ¿Es importante la comunicación?
-¿Cómo se vive después de un episodio así? ¿Te hace más fuerte? ¿Te hace más maduro?

A CONTINUACIÓN TIENES MÁS FRAGMENTOS PARA LEER, REFLEXIONAR, CONTESTAR A LAS PREGUNTAS O COMENTAR DE FORMA LIBRE (SEGURAMENTE, ACABARÁN POR CONVENCERTE DE COMPRAR EL LIBRO, DISPONIBLE TANTO EN EDICIÓN FÍSICA COMO DIGITAL ;) ) 



Silvia y su madre se habían quedado recogiendo la cocina y después se echarían una siesta. Hacía tiempo que Catalina ya no dormía a esas horas, de modo que se ha ofrecido a ayudar al hombre. Poner este tipo de dispositivos era su trabajo habitual. Él se ha subido a una escalerilla y ella le ha ido pasando las herramientas desde abajo. Al terminar le ha mostrado a Catalina el aparato roto bajo la sombra de una higuera. Se lo ha expuesto abierto, mostrando los cables y explicándole cuál de ellos no funcionaba y, tirándolo al suelo, ha dicho alguna tontería que ha hecho que Catalina se riera. Entonces la ha abordado y ella se ha dejado abrazar. Hasta que el abrazo se ha hecho primero borroso y después sombrío.  Cuando ha conseguido apartarse de él, este se ha disculpado al verle los ojos húmedos. «Perdona...», ha dicho el hombre, pero enseguida ha pronunciado unas palabras que han estropeado todo lo que hasta entonces ella pensaba que era hermoso. «Perdona...», pero Catalina no quiere ni puede perdonar; lo único que desea es olvidar. Olvidar el beso, olvidar sus bromas, olvidar lo que había supuesto afecto hacia ella a cambio de afecto y admiración hacia él. Qué tonta, se dice, solo porque me hablaba como a un ser humano. Al parecer su cariño ha sido interpretado de otro modo. «Perdona... —y después ha añadido—, pero todo esto es culpa tuya.»" (...)

-¿Has estado en alguna situación en que tú o la otra persona confunda afecto por atracción? ¿De quién ha sido la culpa? ¿Ser amable es dar pie a..? ¿Y si, como en este caso, una de las dos personas es menor? ¿Quién debe ser prudente a la hora de interpretar o dar por hechas las supuestas "señales"? 

-¿Te parece que el consentimiento debe ser clave en una relación? ¿Crees que siempre se le ha dado la misma importancia? 

-De nuevo, puede ser un texto interesante para REESCRIBIRLO EN PRIMERA PERSONA, DESDE EL PUNTO DE VISTA DE CUALQUIERA DE LOS DOS PERSONAJES.

 

Cruzar el descampado es lo más parecido a lo que viven los personajes de las novelas del oeste y de aventuras que leía hace unos años, solo que John Silver y el pequeño Jim quieren encontrar un tesoro en una isla y Catalina solo quiere llegar a casa a tiempo y sin que la violen.  Una de aquellas veces, a pesar de que era pleno invierno, llegó a su portal tiritando, pero no de frío, sino porque oyó un ruido y creyó que alguien la estaba siguiendo. El suyo, le han dicho, es un miedo ancestral, estadístico, antropológico, epigenético, fundado. Nunca lleva tacones por si tiene que salir corriendo (y porque se siente como una araña con zapatos). (...) Lo normal es llevar las llaves en la mano, como hace Silvia, que se las pone entre los dedos de manera que dientes y puntas sobresalen como las zarpas de Lobezno en los cómics de Marvel. Pero a Catalina papá y mamá no le dejan las llaves para salir por ahí, están seguros de que las perderá. Pablito ya las ha perdido media docena de veces, pero a él, en cambio, mamá siempre se las repone con un juego nuevo. «Qué despistado eres, hijo mío», le dice tan solo. Pablito tiene derecho a estar en Babia si le da la gana. Ella no tiene derecho ni a guardar silencio. Ni siquiera le han dado la oportunidad de perderlas una sola vez. Le hierve la sangre cuando lo piensa: unas semillas más para el rencor que está sembrando en el corazón de su criatura interior. Detrás de las normas de la casa, las restricciones, los toques de queda y las prohibiciones ya sabe que solo hay un empeño de hacerla desistir de ir a cualquier lado. (...)
No dejan de repetirle que es por su bien, aunque no entran en detalles sobre cómo no dejarla salir le puede hacer bien a nadie. Para papá y mamá, una hija está mejor con su madre. Para papá, exclusivamente, «las niñas no necesitan socializar tanto, porque las mujeres no tienen ni nunca podrán tener amigos». Cada vez que Catalina, su hija, escucha esa última frase no la entiende como una norma, sino como un dictamen de permanencia en el lado equivocado —y salvaje— de la vida que, además, la remite a su experiencia con los chicos asaltadores de piscinas. Aun así, está segura de que sus padres se equivocan, ese es uno de los superpoderes que le ha regalado la adolescencia: oponerse a lo que piensen los adultos, no dar su brazo a torcer.  (...)
Acababa de arroparse y cerrar los ojos cuando la cama y el techo comenzaron a dar vueltas; ya no estaba fuera del cuerpo sino girando muy dentro de él. Se asustó, no sabía cómo controlar ese estado y al final apareció la culpa para engullirlo todo. Había fallado a papá y mamá, que en ningún momento le habían dado permiso ni para salir, haciendo una copia de las llaves de Pablito. Además, no había estado seria ni educada como a ellos les gustaba sino todo lo contrario. Quizá se había pasado de lista. ¿Y si sus amigos se habían estado riendo de ella y no se había dado cuenta? Se acordó de los chicos de las clases de recuperación saltando aquel muro, se acordó del banco pintado con un currículum que aún le afligía, se acordó de su amiga Amalia del colegio, con la que evitaba el contacto y casi no había vuelto a hablar desde hacía un año. Para ser exactos, Amalia la había llamado tres veces y ella solo le había devuelto la llamada en las dos primeras ocasiones. Esa noche Catalina lloró por nada y por todo, (...) el mismo TODO al que alguna vez le gustaría poner palabras.  Al final se pasó la mitad de la noche pegada al váter, devolviendo. Desde entonces no ha vuelto a beber alcohol porque todavía tiene el sabor de aquella madrugada en su memoria, no solo del vómito sino de cómo tuvo que limpiar los grumos con los que había salpicado la tapa para que ni mamá ni papá ni Pablito se percataran de nada. Aun así, continúa pensando en ese fin de semana como el mejor de toda su vida: sin padres, saliendo hasta las tantas y viendo películas arrebatadoras en un reproductor de VHS que rara vez podía usar para ver lo que a ella le diera la gana. (...)

La primera vez le bajó durante la noche, poco antes de acostarse se retorció de dolor en el sofá a la espera de que mamá la llevara a Urgencias, como había hecho tantas otras veces por cualquier nimiedad. Pero en esa ocasión solo le ofreció una manzanilla y ella la rechazó porque el sabor le recordaba a sus días de hospital. A la mañana siguiente las sábanas amanecieron con una mancha oscura y mamá le mandó frotar las bragas con jabón antes de echarlas a la lavadora. A Catalina no le hacía ninguna ilusión saber que iba a tener esos calambres tan a menudo. ¿Por qué había oído a las chicas del instituto hablar de compresas y tampones pero no del dolor? ¿Es que había un complot para no aterrorizar a las niñas más pequeñas con eso? Se preguntó si a ellas también les dolía tanto, si les causaba diarrea y retortijones, si la sangre era roja o marrón, como la suya. Cómo aliviarían el mal en su vientre, en su pecho, en sus piernas, en su espalda. Hablar de todo eso con mamá le parecía impensable, así que dio por hecho que todas las reglas eran iguales, que la menstruación siempre sería así: una mancha en las bragas que aparece tras un dolor de barriga, avisándote de su llegada con un día de antelación. Sin embargo, desde que la tiene, su ciclo no cumple ninguna norma ni en su propio calendario, va y viene sin que haya manera de saber cuándo y cómo; el dolor aparece incluso a los dos días de haber comenzado a manchar. No comprende cómo es posible seguir el ritmo diario con la misma energía que un día sin periodo. Lo más desconcertante, a pesar de todo, es que mamá se echase a reír la primera vez que le insinuó que prefería no ir a clase en ese estado. (...)

1-Vamos a hacer crítica literaria... ¿Te parece que es un texto "bien escrito"? Es decir, ¿consigue que te sientas identificado/a con una adolescente que acaba de tener la regla? Para eso no se trata de que hayas sentido lo mismo, ni que hayas pasado por la misma situación (si no, la literatura fantástica sería imposible de disfrutar) sino que te parezca que, de estar en sus zapatos, pensarías de forma parecida.

2-Recientemente se han aprobado los permisos de baja laboral por dolor menstrual incapacitante. ¿Crees que en el caso de esta chica estaría justificado faltar al colegio? ¿Por qué?

«Ya eres una mujer», continuó mamá, y Catalina sabía perfectamente a qué se refería, pero también le pareció una frase estúpida.
—¿Acaso antes era un hombre?
—Antes eras una niña.
Catalina no se había sentido nunca como una niña porque la imagen que ella tenía de las niñas no le parecía consecuente con la gravedad que sentía en su interior. Tampoco tenía la impresión de ser de repente una mujer porque no sabía cómo se sentían las mujeres, aunque se lo imaginaba más excitante que ser una niña. Ni siquiera se sentía como cree que lo haría cualquier adolescente a pesar de que ya hubiese dado el gran estirón. Se suponía —la genética, la enfermedad, los médicos dijeron— que no crecería demasiado y, sin embargo, ya les saca una cabeza a todas las chicas que conoce. A veces tiene que encorvarse para hablar con algunos de sus compañeros y los dos pares de pantalones largos de campana que le compraron a principios del curso pasado ahora le llegan a la altura de los tobillos. Se mueve de forma torpe, como los muñecos hinchables que dice mamá, y por eso prefiere el verano: con bermudas y sin clase. (...) 

 Nada más llegar a las faldas de mamá quejándose de que Pablito no quería que jugara con él y sus amigos a la pelota, no encontró ningún consuelo. Mamá excusó por completo las formas con las que su hermano la había hecho volver a casa. —Tienes que entender a Pablito. Él es un niño y tú... una niña. Una niña, dos palabras que se quedaron en un letargo sin más, pues ella entendió que niña significaba «ser pequeña» y niño significaba «ser grande», del mismo modo que creía que su ahí seguía llamándose «pito». En ese momento se resignó con lo que le había tocado y comió más brócoli, carne roja y guisantes que nunca —quizá por eso ahora mide casi uno ochenta—, pensando que cuando creciese ya no tendría que ser una niña nunca más. Cada vez que le preguntaban qué quería ser de mayor, Catalina no decía médico ni enfermera; decía «quiero ser un niño».

1-¿Crees que en esta época, tal y como cuenta la narradora y siente la protagonista, existían evidentes diferencias en el trato de los padres a sus hijos y a sus hijas?

2-¿En tu opinión continúan existiendo? ¿Han aumentado o se han reducido? ¿A qué crees que se debe? 

Se encuentra tan incómoda embutida en esa ropa que estar en el mundo así, aunque sea con sus amigos, le parece un martirio. Y es que vestida de esa forma no consigue espacio suficiente para pensar en algo más que no sea su aspecto. ¿No estaría provocando? ¿Pensarían que parecía una puta? ¿Tendría ya una carrera en la media? ¿Se le marcarían mucho las bragas? ¿Se estaría dando cuenta alguien más de que va disfrazada de algo que no es? Pero ¿qué es Catalina?  Ella no entiende por qué sus compañeras están cómodas con esos atuendos y ella no. O tal vez tampoco lo están pero no se atreven a reconocerlo. (...) Por fin ve un coche a lo lejos. Catalina se aparta un poco del arcén estirando bien el brazo. Levanta bien el dedo para que la vean. El vehículo reduce un poco la velocidad cuando pasa frente a ella pero solo para que unos chicos se asomen a la ventanilla y le griten. ¡PUTA! La miran riendo y aceleran de nuevo hasta volverse un punto enano en la carretera. Catalina baja el brazo convirtiéndose en estatua. (...) Es lo normal cuando van en manada por la calle y ella va sola o sola con Silvia, ya sea un viernes por la noche o un lunes por la mañana. Nunca se ha parado a averiguar qué pasa si una chica les contesta. Es mejor no saberlo; si hacen eso estando ella fuera del coche, ¿qué le harían si se encontrara dentro? De nuevo se acuerda de aquellas tres niñas que hacían autostop. (...)

Incluso a veces, cuando papá pregunta por qué la niña no sale de su cuarto, mamá contesta que no la moleste, que está estudiando. Como sus notas de este curso, excepto las de Gimnasia, concuerdan con esa versión de estudiante aplicada, él se lo cree. Lo que hace ahí dentro es escribir pero la temática es también un misterio para mamá. Catalina ha descubierto que no tiene mejor forma de estar o no estar en el mundo que escribiendo. Para ella eso equivale a sentir algo, aparte de miedo o culpa; escribir le sirve para transformar sus disforias, sus ganas de matar, sus ansias de no existir o de existir sin un cuerpo; escribir hace que esa aflicción corporal con la que se conoce desde hace tiempo se convierta en un duelo pasajero, algo que exorcizar. A veces suda cuando llena el cuaderno y acaba tan cansada como si hubiera hecho el deporte que tanto le falta. Al escribir, expulsa lo que cree que es, pero no quién es de verdad (...). Catalina nunca ha sentido su cuerpo como gordo ni delgado, sino como si no fuera suyo, como si solo fuera una mascota ajena, lenta, torpe, grandota y triste a la que tiene que alimentar a diario y arrastrar a base de tirones. A la playa, a la ducha, a la cama. En cambio, al escribir aparecen lágrimas, risas, sudores que sí siente como suyos. Cuando escribe parece que no está ahí, aunque sea solo gracias a sus manos, a su cerebro, a la circulación de la sangre que puede poner una palabra detrás de otra. Es carne plasmada en un cuaderno. Escribir es no estar en esa casa e incluso construir la suya propia, una fortaleza. Un lugar donde verter todo su rencor, o, al menos, donde dejar constancia del dolor que conoce: el que le producen los demás. (...)


Fragmentos de LA EDUCACIÓN FÍSICA.

Premio Biblioteca Breve 2023.
Rosario Villajos (Seix Barral)

domingo, 13 de septiembre de 2026

ACTIVIDAD INICIAL: ¿Quién eres?: dilo con un selfi


¡QUE LEVANTEN LA MANO QUIENES SEPAN LO QUE ES UN "SELFIE"..!

Vale... ahora necesitamos alguien que nos lo explique o, mejor dicho, que, nos lo DEFINA: 
No olvides que estamos en clase de Lengua y una de las actividades que más vamos a practicar (entre otras cosas, para que os salgan bien los exámenes -de cualquier asignatura-) es explicar a los demás (una definición, un concepto, una opinión...) algo que, en teoría, sabemos (o debemos saber) o hemos entendido.



Los textos expositivos o informativos son aquellos que transmiten información de forma clara y objetiva. Tienen una intención divulgativa o didáctica.
Son ejemplos de textos expositivos las recetas de cocina, los prospectos de medicina, los manuales, los libros de texto y una gran parte de los exámenes que pronto tendréis que hacer...

A.1. Entraréis en la web de la Fundación del Español Urgente, buscaréis información sobre el término "selfie" y responderéis a estas preguntas:
¿Cuál es tu definición de selfi? (¡No vale copiarla!)¿De qué lengua viene esta palabra?¿Cómo debe escribirse en español, selfi o "selfie"?¿En su lengua de origen, qué tipo de palabra es, derivada o compuesta? ¿Cuáles son sus componentes? (Puedes consultar a tu profe de inglés)¿Qué palabra castellana crees que es más apropiada para referirse a este concepto?
A.2. Una vez tengas toda la información DEBERÁS REDACTAR UN TEXTO EXPOSITIVO. Es decir, un texto que presenta información de forma objetiva, sin opiniones personales. 
Como su intención es informar, debe ser breve, claro y sin errores de expresión.




B) CÓMO ESCRIBIR UN 
TEXTO ARGUMENTATIVO.

A diferencia del texto expositivo, el texto argumentativo es un texto escrito para convencer al lector de una opinión personal defendida por el autor mediante razones o argumentos.

B.1. BUSCAR INFORMACIÓN Y FORMARSE UNA OPINIÓN:
Hace un momento no has podido incluir tu opinión para poder hacer un texto expositivo correcto pero... ¿qué opinas de los "selfies"? ¿Sabes qué opinas? ¿Es tu opinión interesante? ¿Puede llegar a serlo?

¿Son un símbolo de nuestro tiempo? Muestran frivolidad? ¿Reflejan soledad? 

¿TENEMOS EXCESIVA DEPENDENCIA DE MOSTRAR NUESTRA MEJOR CARA Y DE QUE SEA SOMETIDA A JUICIO? ¿JUZGAMOS DEMASIADO A LOS DEMÁS?

¿"POSTEAMOS" DEMASIADO EN REDES SOCIALES? ¿EXPONEMOS DEMASIADO NUESTRA VIDA? ¿ESTO SE TRADUCE EN UNA NECESIDAD EXCESIVA DE SENTIRSE BIEN O DE QUE SE VEA QUE ESTAMOS BIEN?

EL SELFI DE LA POLÉMICA 

11 "SELFIES" INSÓLITAS

EL SELFI DE REYES

Estos artículos, que pueden parecer absurdos, quizá te ayuden a saber cómo piensan otros, saber lo que piensas tú y formarte una opinión más razonada.

Por ejemplo, está bien que siempre, antes de hablar de un tema, investigues algo sobre sus ORÍGENES:
La historia completa de los selfies

Como ya te has dado cuenta (y ha comentado ya alguno, más o menos "por lo bajini"), es difícil escribir un ARTÍCULO DE OPINIÓN "A FAVOR O EN CONTRA DE LOS SELFIES".
No se puede estar en contra de algo tan nimio/inofensivo... 
Sin embargo, aunque no siempre debamos llevar todos los artículos de opinión al extremo, podemos entender que pueden ser REFLEJO DE UN ASPECTO DE LA SOCIEDAD (egocentrismo, soledad...) o incluso que pueden conllevar problemas.

Por ejemplo, ¿qué te parece más peligroso: un "selfie" o un tiburón?


En cuanto a la frivolidad, como todo, no es buena ni mala a menos que tenga consecuencias, como lo que se puede entender como una falta de respeto:

Niño indignó al mundo con un selfie al lado de su abuelo muerto
"Selfie" sonriendo en Auschwitz
Importante: esto nos va a pasar bastantes veces a lo largo del curso... Os costará saber de entrada qué pensáis de un tema y os vendrá bien escucharme a mí o a vuestros compañeros para conocer más opiniones o formas de pensar. También puede (OAJLÁ) que tengáis que leer algo y decidáis usarlo. Eso sí, siempre que usemos descaradamente la idea de otra persona, tendremos que citarle. Si no lo haces descaradamente, se llama "parafrasear" y es expresar la opinión de otra persona con TUS palabras (es decir, lo que te pedimos en los resúmenes, reseñas, exámenes...)
B.2. ORGANIZAR Y ESCRIBIR UN TEXTO ARGUMENTATIVO:
Escribe en tu cuaderno o en tu blog un texto argumentativo, es decir, un texto que pretende convencer al lector de un punto de vista determinado mediante razones o argumentos.

Deberá ser un artículo de unas 300 palabras que muestre tu opinión ante esta moda, los usos que consideras adecuados y los límites que, a tu parecer, no se deben traspasar.

Puedes mezclar la exposición con la argumentación, o incluir otras tipologías, como la narración (por ejemplo, contando una anécdota, la descripción, etc)... 


Si quieres, puedes usar esta plantilla.

TRUCO: El truco para "estirar" un artículo de opinión es ampliar nuestra opinión con la de otras personas, aunque sea diferente a la nuestra. Nos permitirá hacer un texto más largo, más completo y mejor y a veces nuestra idea saldrá reforzada (por ejemplo, es otro truco BUENÍSIMO para ganar discusiones).
Resultado de imagen de las meninas


Autoretrato de Robert Cornelius
(Probablemente el primer selfie de la historia en sentido estricto)

C) HAZTE UN "SELFIE".
No vale cualquier fotografía, sino que debes introducir en tu selfie objetos, lugares, ropa, accesorios, gestos o actitudes que puedan ayudar a definirte como persona.

De modo que piensa en ello, busca esos objetos, prepara el lugar adecuado y dispara.



Sí, como a lo largo de todo el curso, LA CREATIVIDAD ESTÁ POR ENCIMA DE LAS REGLAS. 
Por tanto, si crees que a tu personalidad la define mejor NO aparecer en tu "selfie", tienes derecho a no aparecer, a aparecer con mascarilla, de espaldas, "en ausencia"...

Lo que se te va a evarluar de verdad es TU EXPRESIÓN ESCRITA. Por lo tanto, pasamos al siguiente apartado, EL "SELFIE" LITERARIO.

D) Cómo hacer un "SELFIE" O AUTORRETRATO LITERARIO:

Aquí tenemos varios ejemplos de Autorretratos de grandes escritores...

Te pueden servir de modelo o, mejor, de inspiración, pero lo importante es que seas creativo, original... y que tu texto sirva para que te conozcamos mejor y pasemos un buen rato, claro.






Como has podido ver, la ironía, autocrítica o autoflagelación a veces es un recurso efectivo... También en esta canción.

Por supuesto, puedes ampliarlo hablando de cómo eres y cuáles son tus gustos...


... o cuáles son las cosas que, precisamente, menos te gustan




FINALMENTE, PUEDES MEJORAR TU TRABAJO (Y, POR TANTO, TU NOTA) REALIZANDO

PLIEGOS DE CORDEL

(para ello, sigue las indicaciones de la página 27 de tu libro de texto)


RECUERDA QUE LA ORTOGRAFÍA ES IMPORTANTE (Y, ESPECIALMENTE, EN LENGUA Y LITERATURA).
POR ESO, ANTES DE ENTREGAR CUALQUIER ACTIVIDAD, TE RECOMENDAMOS QUE REVISES LAS NORMAS DE ORTOGRAFÍA Y PUNTUACIÓN EN ESTE ENLACE Y/O EN EL APARTADO DE LA PÁGINA 285-297 DE TU LIBRO DE TEXTO. 

 

MI FORMA DE HABLAR

“Si intentas encontrar mi acento murciano, no lo vas a encontrar. (...) Desde pequeñito, yo tuve la idea de que el acento murciano... pues no era lo mejor”, afirmaba el youtuber TheGrefg en un corte del vídeo ‘50 cosas sobre mí’, publicado hace cinco años y que rescató el usuario @nosoymafranpe esta semana en Twitter. Grefg reproducía a continuación una nota de voz que le había enviado un amigo (este sí, con acento murciano) para mofarse de su forma de hablar. Naturalmente, las críticas no tardaron en aparecer. Más de un millón de usuarios han visto el tuit y entre los mensajes que lo comparten, muchos destacan que no hay mayor vergüenza que renegar de tus raíces. No sé si el youtuber sentirá desprecio por sus orígenes, lo que sí tiene es glotofobia, es decir, discrimina a causa de la forma de hablar. 


“Viva la diversidad de acentos. Si tenéis un acento no lo tapéis, que es lo más bonito del mundo”, tuiteó @fitabaldominos citando el vídeo de TheGrefg. Otro usuario, @juanluisdaza82 contó una experiencia personal en la que le censuraron su habla: “A mí me pidieron ‘disimular un poco’ mi acento andaluz en un podcast. Llevad el vuestro con orgullo, seáis de donde seáis”. Eso mismo sufrió la escritora y periodista Sabina Urraca. Lo relató en el suplemento Ideas hace unos meses; “Me presenté al casting del grupo de teatro de la universidad. La casa de Bernarda Alba. El director me detuvo a la segunda frase. ‘¿A ti te parece que Angustias podría ser canaria?”. Desde entonces, como le ocurrió a Juan Luis Daza y a muchos otros, su deje canario se fue convirtiendo en el español neutro “de las noticias”, algo que, seamos sinceros, es totalmente artificial. 

Sea de forma autoimpuesta o natural, la manera de hablar se suaviza cuando uno cambia de residencia y se rodea de personas con diferentes acentos. Me ha pasado a mí: nací en Murcia y, aunque mi

acento no era tan marcado como el de algunos familiares y amigos, ahí estaba. Tras más de 10 años viviendo en Madrid y convivir con gallegos, asturianos, andaluces, riojanos, leoneses y castellanos, mi habla ha cambiado y ahora casi nadie sabe de dónde soy, mi murciano está oculto bajo capas de otros acentos. 


Entre las cosas que podemos (o deberíamos) reivindicar en España está la riqueza de lenguas y, por qué no, de hablas y acentos. No hay nada más bonito y enriquecedor que escuchar el acento manchego de la cantautora Rozalén; las comparecencias de la ministra María Jesús Montero; las crónicas con deje canario de Nicolás Castellano en la Cadena SER; notar el murciano del cómico Miguel Maldonado; ver los vídeos de la gallega @grtamara en TikTok y los del escritor y traductor extremeño Aníbal Martín, que reivindica en Twitter el patrimonio lingüístico extremeño. Y no solo los españoles. ¿Hay alguien que lea las columnas de Leila Guerriero con acento neutro? Guerriero escribe con su forma de hablar, escribe en español argentino. Ese patrimonio hay que valorarlo como merece. 

Este miércoles, Aníbal Martín, tuiteó un ejemplo de glotofobia que viven los que hablan un español que suena diferente: “Uno de los clichés lingüísticos sobre los extremeños (y andaluces) es que ‘nos comemos letras’, referido normalmente a la d intervocálica. Pero con la misma lógica podría afirmar que otras hablas ‘se comen’ la h aspirada de higu o mohu, la b de lombu o lambel, o la i de quiciás. Es una chorrada como una casa, pero la llevo oyendo toda la vida”. “Tú sabes por qué a mí se me entendió en todo el mundo, ¿no? Por el acento”, decía el deepfake de Lola Flores en un anuncio de cerveza de hace unos años. Defendámoslos. 

José Nicolás en Anatomía de Twitter, Fuente: El País

Contesta a las siguientes preguntas: 

-¿Qué es la glotofobia y cómo se relaciona con las variedades diatópicas del español? 


-Según el texto, ¿qué críticas recibió el youtuber TheGrefg por su acento? 


-¿Cuál es el mensaje que el autor del texto quiere transmitir sobre las variedades diatópicas del español? 


-¿Qué experiencia personal compartió el usuario @juanluisdaza82 relacionada con su acento andaluz? 


-¿Qué ejemplo de glotofobia menciona el escritor Aníbal Martín en su tuit sobre los extremeños y andaluces? 


-¿Por qué es importante valorar y celebrar la diversidad de acentos y hablas en España y en otros lugares? 


-Menciona dos ejemplos de personalidades mencionadas en el texto que defienden su forma de hablar y promueven la diversidad lingüística. - ¿Cuál es la crítica que se hace en el texto sobre la expectativa de hablar en un español "neutro"? 


-¿Cómo puede cambiar la forma de hablar de una persona cuando se muda y se rodea de personas con diferentes acentos? 


-¿Cuál es la conclusión del texto y qué se insta a hacer en relación con las variedades diatópicas del español? 


-¿Qué lenguas oficiales hay en España? ¿Cuáles son los principales dialectos?



-Estes es un examen trampa. Se trata de que aprendas a organizarte. Realiza solo un esquema de la pregunta anterior.



-¿Alguna vez te has sentido discriminado por tu acento? 




LENGUAJE Y DISCRIMINACIÓN RACIAL


El lenguaje cotidiano refleja, como la vida misma, los valores culturales y morales de nuestra sociedad. Pero también los transmite y refuerza, de ahí el enorme poder de la palabra. Los prejuicios contra cualquier minoría o grupo social que se siente desfavorecido, perseguido o proscrito en algún momento de la historia, por razón de su sexo, etnia, o cualquier otro factor, enseguida afloran en el lenguaje cargando de connotaciones negativas los términos empleados para designarlos. Y como reacción, para contrarrestar o mitigar sus efectos y ocultar una realidad que se percibe como ingrata e indeseable, los hablantes a veces rehúyen o edulcoran la expresión por medio de eufemismos o bellas palabras.

De lo que antecede es un buen botón de muestra la serie de apelativos empleados para referirse a los homosexuales. Tanto el término invertido (sexual) (calco del inglés sexual inverted), puesto en circulación a fines del pasado siglo en los medios científicos, como el tradicional y popular marica (en inglés queer, pansy, etc.), así como otros sinónimos del mismo jaez, resultaban claramente despectivos. En tales circunstancias, el término homosexual con el tiempo se convirtió en el más adecuado para el lenguaje científico y general, por la asepsia y neutralidad de sus connotaciones y su carácter altamente descriptivo, a lo que se uniría la fuerza de la analogía de otras expresiones igualmente inequívocas como heterosexual, bisexual, etc. Pero ni siquiera el término homosexual dejó contento a los propios homosexuales hasta que descubrieron la palabra gay, que en inglés significa `alegre' y es portadora de connotaciones más positivas y agradables, tanto en inglés como en español.

El ejemplo es bien ilustrativo y puede ayudar a comprender el sentido de las connotaciones y los vaivenes a que se han visto sometidas las designaciones referentes a los negros, otro de los grupos que injustamente llevan la impronta del estigma social. Y esto se hace patente sobre todo en América, tanto la hispana como la inglesa, donde el contraste de la población negra es más visible y los prejuicios resultan, por tanto, más evidentes.

Curiosamente, en uno y otro idioma se emplea la voz negro, y en ambos tiene una connotación negativa que enlaza con una larga tradición cultural. El símil “trabaja como un negro” (lo mismo que su equivalente “como un esclavo”) es un fiel testimonio de la servidumbre y sumisión de los negros llevados al continente americano.

Debido a esta fuerte asociación, en español el término negro se ha metaforizado pasando a designar al escritor anónimo que realiza un trabajo, muchas veces ingrato, para una persona destacada en el campo del saber (escritor, investigador, etc.) sin que se le reconozca su autoría. Cuando esta persona es muy prolífica a veces se piensa, no sin cierta malevolencia o envidia, que “tiene un negro” detrás. También se aplica a quien escribe las memorias de algún personaje que, bien por su incompetencia o múltiples quehaceres, opta por esta fórmula. Los ingleses, haciendo uso de una mayor delicadeza, lo llaman ghost-writer, esto es, un “escritor fantasma”.

Pero no es sólo trabajo duro lo que podemos leer en las metáforas que tienen por base el color. Algunas contienen referencias más denigrantes. Al negro se le ve como una persona carente de orden y anárquica, pronta a saltarse las reglas que rigen nuestra sociedad. La imagen queda bien plasmada en el modismo español “una merienda de negros”, empleado en sentido figurado como sinónimo de confusión y desorden, y que tampoco encontramos en inglés (free-for-all y bedlam son algunas de las traducciones utilizadas).

Estos comentarios pueden resultar halagadores para el público anglosajón, pero no por ello queda exento de culpa. De hecho, en inglés, la voz negro tiene un matiz más despectivo que en español desde su mismo nacimiento. Su aparición en la lengua se remonta al siglo XVI (concretamente al año 1555, según el Shorter Oxford English Dictionary), y su origen español y portugués apunta claramente a unas referencias históricas y culturales que muchos tratan de olvidar. Es la historia de la esclavitud negra con largas jornadas de trabajo, trabajos forzados, latigazos y otras vejaciones a manos del todopoderoso amo blanco. Con estos antecedentes se comprende que en el siglo XIX, coincidiendo con unos aires más democráticos y liberadores, se propiciara el uso y posterior difusión de black, que es el término usual para referirse a negro de un modo general, pero que hasta entonces no se había aplicado en el sentido de raza. Con el tiempo esta voz serviría para arrinconar y teñir de una fuerte carga negativa a negro, así como a nigger, creado sobre un modelo inglés pero mucho más peyorativo.

Como sucediera con homosexual en inglés, black tiene una connotación más neutra, desprovista de reminiscencias coloniales, pero que no todos encuentran agradable. La misma lengua ampara este particular sentido, pues las connotaciones de que son portadores el blanco y el negro en el habla diaria son bien diferentes. En el entorno cultural que conocemos la blancura es sinónimo de muchos atributos de carácter positivo: puro, honesto, bello; por el contrario, lo negro es impuro, atemorizante, malévolo, oscuro, difícil. Lo blanco es salvífico, tal es la cualidad del alma; lo negro es generador de mala suerte.

En inglés, Ossie Davis (1969: 74) ha comparado los sinónimos de white `blanco' y black `negro' (y los sustantivos abstractos whiteness `blancura' y blackness `negrura, obscuridad') que aparecen en el conocido diccionario de sinónimos de Roget (Thesaurus of the English Language), llegando a los siguientes resultados: whiteness tiene 134 sinónimos, de los cuales 44 tienen una connotación favorable y sólo 10 tienen un matiz ligeramente negativo; y blackness tiene 120 sinónimos, de los cuales 60 son claramente desfavorables, y ninguno de ellos es ni siquiera ligeramente positivo.

En la lengua española existen montones de expresiones idiomáticas que reproducen también esta visión maniquea. Hay una “suerte negra” (“tener la negra”, “un día negro”, etc.) que con actitud supersticiosa algunos tratan de inculpar a los gatos de ese color; hay una “mano negra” que corroe muchas instituciones, una mano invisible pero bien fuerte, extendida por personas y grupos con “negras intenciones”; un “mercado negro” y un “dinero negro”, así llamados por su ilegalidad; y un “garbanzo negro”, una “oveja negra”, un “pozo negro” ... Todo en negativo. En ninguna de estas expresiones el blanco está presente, y cuando lo está, el contraste es bien significativo: existe una “magia negra” pero, al contrario que la blanca, implica a poderes maléficos e infernales. No es casual tampoco que en el juego del ajedrez las piezas blancas sean las primeras en moverse.

Heredado de una tradición cultural, este esquema tiene una firme raigambre, y por tanto no puede cambiar de la noche a la mañana, lo que sirve muy bien a los propósitos racistas. Ahora bien, aunque parezca paradójico, los prejuicios raciales de supremacía de los blancos se hacen más patentes en el rosario de términos existentes en el idioma para referirse al concepto de negritud. Cuando lo negro se refiere a la raza, en abstracto, no parece dudarse en adjetivarse de tal modo, y con toda normalidad decimos “la raza negra”, o black people en inglés. El problema surge cuando la referencia es al individuo, al objeto concreto de nuestra xenofobia, en cuyo caso se acude a procedimientos más o menos indirectos.