martes, 23 de mayo de 2023

"Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo" (G. Gª Márquez)

 

Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955)

Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)

         El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas.

       Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora del almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra le dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.

       Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una sustancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo advertí que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en el corredor mientras escampa”. Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como un árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí mal, porque me ha amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Sólo al atardecer, después que se negó a almorzar, dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. (...)


     Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. “Aburridora no —dije—. Lo que me parece demasiado triste es el jardín vacío y esos pobres árboles que no pueden quitarse del patio”. Entonces me volví a mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando miré hacia la voz sólo encontré la silla vacía.

       El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos. Pero la vaca permaneció imperturbable, en el jardín, dura, inviolable, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acosaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.

       Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortaja en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente y pastosa. La temperatura no era fría ni caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos. No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto de la ropa en la piel. (...) Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Sólo la vaca se movió en la tarde. De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil.

       Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecundada por la repugnante flora de la humedad y las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los muebles amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Sólo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba a los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.

       Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaban, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.

       Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios presentimientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo no sentía sobresalto alguno porque yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”, dijo. Y yo vi su rostro seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una sustancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio”.

       Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudí con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo: “¿Qué?”. Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.

       Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía serlo fue una cosa física y gelatinosa que habría podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta cuando no le diga qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.

       Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi conciencia no había despertado por completo. (...)   Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: “Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!”. Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serán las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: “Las dos y media del viernes…”, dije. Y ella, monstruosamente tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves”.

       No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Sólo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. “Estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un salto en la cama. Grité: “¡Ada, Ada!”. La voz desabrida de Martín me respondió desde del otro lado: “No pueden oírte porque ya están afuera”. Sólo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad. “Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.

1-Tipo de texto, género, subgénero.


2-Explica a qué estilo literario estudiado en clase pertenece y por qué.


3-Tipo de narrador. ¿Qué efecto crees que busca producir?


4-Estructura.


A)-El texto parte de un supuesto imposible, es decir, de una distopía. Escribe tu propia distopía siguiendo este o cualquiera de los siguientes modelos.

 

B) ESCRIBE UN ARTÍCULO DE RESPUESTA A UNA DE ESTAS POSIBLES DISTOPÍAS:
-Elecciones generales con 100% de abstención.

-De repente, la gente deja de morirse. ¿Es preferible la vida eterna? 
¿Sería justa la eutanasia obligatoria? ¿Y en las condiciones actuales?

-Un 2% de la población desaparece de repente... ¿cómo viviríamos esta circunstancia? 

-¿Recuerdas la pandemia del COVID? ¿Crees que se ha superado? ¿Te imaginas que la situación fuera siempre igual que en 2020?

martes, 16 de mayo de 2023

EL LENGUAJE PUBLICITARIO


  




 
 


Hoy, 2 de mayo, es el Día contra el Bullying o Acoso Escolar. Vamos a aprovechar para ver unos anuncios y estudiar las particularidades de EL LENGUAJE PUBLICITARIO:








¿Qué es un slogan?

Un slogan es una frase corta que busca representar una marca para promover la rápida identificación y memorización de sus productos y servicios por los consumidores.

Por su origen etimológico, viene del término “sluagh-ghairm”, en gaélico. “Sluagh” se refiere a “ejercito”, mientras que “ghairm” significa “grito”. De esta forma la unión de estas palabras da origen a la expresión referente a “grito de guerra”.

Podemos pensar en él como la etiqueta de una ropa, que está ahí para volverse una asociación instantánea con ella, pudiendo incluso convertirse en una referencia popular.

También llamado de frase de impacto, es una oportunidad increíble para demostrar tu posicionamiento y mostrar que tu marca se destaca ante la competencia.

Podemos incluso enumerar las funciones que un slogan puede tener:

  • Demostrar la oferta de valor de tu producto o servicio, sacar a la luz lo que tu marca hace diferente a la competencia y dejar evidente por qué escogerla.
  • Hacer parte de las marcas recordadas por los consumidores y potenciar la fidelización de clientes.
  • Aumentar el impacto de sus acciones de divulgación y mejorar el efecto de ellas con una identidad bien construida.

De esta forma, el slogan va a ser un método más para fortalecer la personalidad de tu marca, mejorar su percepción con el público y, así, ¡atraer y fidelizar más clientes!

Además, no solo sirven para anunciar un producto o servicio.

En campañas políticas o invitaciones religiosas, también son bastante utilizados. Te debes acordar de la frase: “Yes, we can” del expresidente Barack Obama durante su campaña electoral.
 

 
TRABAJO SOBRE LENGUAJE PUBLICITARIO:
 
ELIGE UN TÓPICO LITERARIO/ETAPA LITERARIA O AUTOR Y VÉNDELO MEDIANTE UN ANUNCIO CREANDO TU PROPIO SLOGAN
 










lunes, 15 de mayo de 2023

"Ganar la Liga": MORIR ESTA TARDE (columna de Xoan Tallón)

MORIR ESTA TARDE

Mi amigo Gascón murió hace 15 años. Unas semanas antes de fallecer estábamos muy tristes en cama y hablábamos de cosas alegres, parecía como si la muerte no estuviese del todo inventada. Mientras, de fondo, sonaba un carrusel en la radio. Él dependía de una mascarilla de oxígeno y yo de un paquete de Chester. Cada vez que quería dar una calada a mi cigarro me tiraba de un brazo, le apartaba la mascarilla, fumaba, y se la colocaba de nuevo, para que respirase. A última hora se puso a decir incoherencias. En un tramo del carrusel en que se cantaron cinco goles consecutivos, en otros tantos estadios, empezó a mover mucho los brazos, en busca de algo. “¿Qué quieres?”. Entonces se quedó quieto, observándome, y me agarró de la manga. Retiré la mascarilla y me susurró con la voz carcomida: “Ganar la Liga”. Deliraba, pero sabía lo que decía. Gascón era de Osasuna, y, aunque dijo más cosas antes de irse, me gusta creer que aquella frase fue su última voluntad.

Muchas veces he pensado que nadie debería morir sin experimentar la electrizante conmoción de que su equipo gane la Liga. Aunque ese equipo sea Osasuna o el Leicester City. No es tanto pedir. Una Liga bastaría. No hay que abusar de la felicidad. La reiteración de los placeres favoritos acaba por rebajarlos. Me pregunto si algún madridista, vivo o muerto, recuerda su 22º título, por ejemplo. En cambio, ¿qué aficionado de Osasuna, Oviedo o Éibar no podría evocar cada detalle, como número de cigarros fumados o camisas planchadas, del año que levantaron su Liga? Un título así, en manos de una escuadra modesta, sería tan impactante que se podría recordar aunque nunca hubiese sucedido.

Es difícil no conmoverse cuando el club menor cuestiona, sin que nadie lo vea venir, el dominio del rico y laureado. Y cómo no sentir animadversión hacia ese equipo poderoso, y al mismo tiempo tener el deseo de convertirse en uno igual. “Me opongo a los millonarios”, afirmaba Twain, “aunque sería peligroso ofrecerme ese puesto”: ya saben, todos tenemos nuestros principios pero, si no gustan, también tenemos otros. En España rara vez se producen estos zarpazos, así que nos conformamos con ver cómo acontecen a lo lejos. De pronto, vivimos pendientes de que el Leicester City asalte la Premier. Su triunfo sobre los grandes clubes ingleses constituiría un oscuro gozo incluso para aquellos a los que ni nos va ni nos viene. Meter las narices donde no nos llaman es uno de los entretenimientos más fascinantes que existen.

Nadie sabe si el Leicester resistirá el empuje de Tottenham, Arsenal o Manchester City, que en última instancia simbolizan el típico equipo abusón, que te mira mal y te pide que te apartes. A favor del Leicester juega que ha entrado en la fase en la que ya no se siente menos que nadie, igual que ese señor que no es rico en absoluto pero tiene todo el dinero que se necesita para toda una vida, a cambio de que se muera hoy por la tarde.
Xoan Tallón


1-¿Cuál es la tesis o idea principal? ¿Dónde se encuentra? ¿Cómo se llama esta estructura? 


2-¿Qué tipo de texto es? ¿Por qué? ¿Cuál es su principal intención comunicativa?



3-¿Qué argumentos o recursos literarios utiliza? ¿Aparece algún tópico literario?



4-Escribe tu propio artículo de respuesta contestando a esta pregunta:
¿Se valora más la felicidad cuando cuesta mucho obtenerla?
¿La reiteración de los placeres acaba por rebajarlos?

sábado, 13 de mayo de 2023

El suicidio SÍ duele: #MALDITOS16 (NANDO LÓPEZ)

 

#MALDITOS16 (PRIMERA PARTE)

#MALDITOS16 (SEGUNDA PARTE)

#MALDITOS16 es una obra escrita por Nando López, autor que destaca tanto en el género teatral como en la novela, con miles de lectores fieles y prestigio tanto en el mundo juvenil como en el adulto.
El tema principal de la obra es romper los tabúes en torno al suicidio: para ello, da voz a personajes que, paradójicamente, necesitan expresarse, pero muchas veces no saben y otras no quieren o no pueden hacerlo. Porque les duele, porque les incomoda, porque saben que van a hacer daño o incomodar a otros pero, de nuevo, insisto, lo necesitan.


La obra logra transmitir de forma tan realista como emocionante los pensamientos y sensaciones de personas que, por diferentes causas, han intentado suicidarse. Al tratarse de una obra de teatro, está completamente escrita en diálogos, pero estos diálogos muchas veces están llenos de silencios, de insultos, de bruscos cambios de tema... pero cada escena suele culminar con un monólogo en el que un personaje se rompe y explota dejando salir sus pensamientos más íntimos en un torrente confesional que nos arrastra, como público, como sociedad, hasta el siguiente.


Si el suicido, como nos muestra la anterior imagen, es un problema muy serio en España, resulta especialmente llamativo su efecto sobre adolescentes protagonistas de #MALDITOS16 ya que, literalmente, es la primera causa de muerte para los jóvenes:



Los motivos que empujan a intentar suicidarse a cada uno de los 4 protagonistas son diversos.
La lectura de la obra en clase nos ha obligador a recordar el caso de Claudia, la chica de 20 años que se suicidó en Gijón tras dejar escrita una CARTA ABIERTA A SUS ACOSADORES.
 

"Me habéis machacado": así fue la carta de la joven Claudia antes de suicidarse en Gijón por culpa del acoso que sufría

 

Como has podido comprobar se trata de una tragicomedia interesantísima, con momentos para reír, llorar y emocionarse. Por ello, puedes demostrar haber estado atento con el típico y tópico examen de lectura...

 

...o, si prefieres, hacer algo más creativo:

1) VIDEORESEÑA (puedes seguir este modelo)

2) INTERPRETACIÓN DE UNA ESCENA (lo puedes hacer con 1 o varios compañeros o, si prefieres, dado que cada escena se cierra con un monólogo, hacerlo tú solo)

 

3) CONTINUACIÓN DE LA OBRA (escribe una nueva escena donde aparezcan, al menos 4 personajes).

4) ENTREVISTA A UNO DE LOS PERSONAJES.
 
A continuación algunos ejemplos de entrevistas (con el autor de la obra y una expera opinando sobre las autolesiones y el suicido en jóvenes) que también te pueden resultar útiles:

Nando López: «La literatura nos ayuda a no rendirnos»



#MALDITOS16 EN EL IES JAROSO

viernes, 12 de mayo de 2023

Analogías (Leticia González)

 


Tras haber consumido en Netflix los cuatro capítulos emitidos de la serie «Unorthodox», me preguntaba cómo es posible que personas intelectualmente sanas, con esto me refiero a individuos autónomos, autosuficientes, realistas, acreedores de un sistema consciente de valores, instruidos desde el razonamiento científico, muchos de ellos cultísimos, perfectamente adaptados a la vida en sociedad, optasen por confirmarse o adscribirse a cualquiera de las diversas corrientes religiosas existentes en la actualidad. Para concluir que el 97,65% de los 7500 millones de almas que moramos el planeta, cree en uno o en varios dioses y/o practica algún tipo de fe religiosa. 5000 millones de prosélitos si sumamos ‪únicamente las tres‬ fes mayoritarias. Vamos, que agnósticos aparte, apenas un sucinto 2,35% de la humanidad, es decir, 176 millones, millón arriba, millón abajo, lo que viene a ser el censo de Bangladés, negamos taxativamente la existencia de cualquier deidad.
Tomar estas cifras a la ligera sería una necedad, y con todo, continúan siendo insuficientes para demostrar que soy yo la errada en mi firme convicción de negar la existencia de Dios.
Entonces evocaba de nuevo el programa donde aquella «asturiana por el mundo», nos mostraba los entresijos de Oxford y el momento en que unos jóvenes rubios, zarcos, sonrisa perfecta, pulcramente uniformados, entregaban pasquines a los viandantes cerca del punto exacto donde se estaba grabando, dando a conocer a estos las bondades de sus respectivos «colleges».
La reportera interpelaba a la emigrante, el porqué de tal hecho, a lo que la anfitriona respondía, —a día de hoy, la universidad se compone de 39 colegios o comunidades estudiantiles diferentes y en esencia iguales, por tanto, la fórmula mas eficaz para reclutar alumnos es vendiendo sus potencias o aquellas fortalezas que los diferencian del resto a través de acciones de captación a pie de calle.
De igual modo, catolicismo, judaísmo e islam, abrahámicas todas ellas, ofrecen un abanico de atractivos similares, que van desde el perdón de los pecados, la gracia y el obsequio mediante la oración; a la promesa de la vida eterna, ¡ahí es na! Todo ello aderezado y tan pulcramente descrito a través de un relato de tal grandilocuencia que ríanse ustedes de la Ilíada. Y sí, sus literatos no dejaron un solo detalle al azar; doctrina, preceptos, deidades, líderes, liturgias, festividades, libros, templos, lugares sagrados; y ese sometimiento de la naturaleza animal intrínseca a cada uno como denominador común, para mantener aletargados nuestros impulsos naturales y no ceder en pos de las libertades de bragueta, que diría Juan Manuel de Prada.
«Unorthodox» está basada en la novela autobiográfica de Devorah Spellman; una adolescente neoyorquina del famoso gueto ultraortodoxo de Williansburg en Brooklin, que logró escapar de las garras de una de las escisiones del judaísmo más fundamentalista; el jasidismo.
¿Por qué los adultos varones llevan ese sombrero tan raro? —me preguntaba al acabar el primer capítulo—, y entonces del shtreimel, llegaba al Shabbat, y de ahí a las yeshivas. ¿La educación elemental no debería de ser científica pura? ¿Es posible separar educación de cultura? ¿Debemos entender la cultura desde un punto de vista relativista? ¿Son todas las culturas respetables desde la ética y la moral universal?
Un click que me lleva a la Wikipedia y este a su vez se abre y multiplica, como las ondas que una piedra dibuja al caer sobre la superficie de una charca. ¿Por qué sus mujeres se afeitan la cabeza para después ponerse pelucas hechas del cabello natural de otras mujeres? De pronto las sheitel, me llevan al payot, esa especie de tirabuzón larguísimo que los hombres lucen con orgullo a ambos lados de su cabeza.
Me intereso por el Talmud, las actividades prohibidas en Shabbat, y el «perímetro eruv» para eludirlas llegado el caso, y entonces, una hora más tarde, acabo buscando los «requisitos kósher» que tanto me interesaban cuando inicié mi búsqueda por internet.
Tras mucho navegar, recalo en una página de juguetes eróticos para adultos ortodoxos. El rabino Natan Alexander, gerente de la web en cuestión, nos explica que todos los productos ofertados han sido, para satisfacción de sus fieles clientes, nunca mejor dicho, avalados por Jehová y por tanto, detentan el «certificado kósher», —pues su envoltorio ha sido desprovisto de cualquier imagen lúbrica, lo que les convierte en 100% libres de todo pecado.
Sin salir de mi asombro ante el hilarante arte con que los religiosos elaboran subterfugios y prerrogativas para eludir sus propios preceptos, llego a la conclusión de que lo único que distingue a una mujer jasídica de una apóstata, como yo, es el envoltorio de nuestro Satisfyer.


HERNÁN CASCIARI

 


1-¿Se trata de una narración? ¿Por qué?
2-¿Qué tipo de narrador emplea?
3-¿Cuál es su estructura? ¿Por qué? ¿En qué partes se puede dividir? ¿Es la más usada? ¿Por qué?
4-¿Dirías que es una obra literaria? ¿Por qué? ¿A qué género literario pertenece?
5-¿A qué subgénero dirías que pertenece? ¿Por qué? ¿Podría pertenecer a algún otro?
6-¿Qué tipo de héroe es su protagonista: héroe clásico, héroe por accidente o antihéroe?
¿Es un personaje plano o redondo? ¿Por qué?
7-¿En qué tipo de espacio se desarrolla la acción?
8-¿Esta historia contiene alguna enseñanza o moraleja? ¿Cuál es? ¿Está explícita -aparece- o implícita -se entiende-?




¿Te parecen historias realistas? ¿Y reales? 
¿Son verídicas? En un momento dado, él mismo usa la expresión "REALISMO MÁGICO": intenta explicar CON TUS PALABRAS en qué consiste y busca algún ejemplo que demuestre que has asimilado el concepto.

Suspendieron a un docente por leer un cuento de Casciari en San Juan