lunes, 19 de junio de 2023

DISTINTOS...

 

DISTINTO

Lo querían matar
los iguales,
porque era distinto.

Si veis un pájaro distinto,
tiradlo;
si veis un monte distinto,
caedlo;
si veis un camino distinto,
cortadlo;
si veis una rosa distinta,
deshojadla;
si veis un río distinto,
cegadlo...
si veis un hombre distinto,
matadlo.

¿Y el sol y la luna
dando en lo distinto?
Altura, olor, largor, frescura, cantar, vivir
distinto
de lo distinto;
lo que seas, que eres
distinto
(monte, camino, rosa, río, pájaro, hombre):
si te descubren los iguales,
huye a mí,
ven a mi ser, mi frente, mi corazón distinto.

Juan Ramón Jiménez
Una Colina Meridiana (1942-1950)


SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda
 Los placeres prohibidos (1931)


INVITACIÓN
Una mujer me baila en los oídos
palabras de la infancia
yo la escucho
mansamente la miro
la estoy mirando ceremoniosamente
y si ella dice humo
si dice pez que cogimos con la mano,
si ella dice mi padre y mi madre y mis hermanos
siento resbalar desde lo antiguo
una cosa indefinible
melaza de palabras
puesto que ella, hablando,
me ha conquistado
y me tiene así,
prendida de sus letras
de sus sílabas y consonantes
como si la hubiera penetrado.
Me tiene así prendida
murmurándome cosas antiguas
cosas que he olvidado
cosas que no existieron nunca
pero ahora, al pronunciarlas,
son un hecho,
y hablándome me lleva hasta la cama
adonde yo no quisiera ir
por la dulzura de la palabra ven.
                                                               Cristina Peri Rossi


3ª estación: campo de San Barnaba
Esta noche, entre todos los normales,
te invito a cruzar el puente.
Nos mirarán con curiosidad —estas dos muchachas—
y quizás, si somos lo suficientemente sabias,
discretas y sutiles
perdonen nuestra subversión
sin necesidad de llamar al médico
al comisario político o al cura.
Sobre los canales ha llovido una lluvia fina de algodón;
nadie sabe el nombre de estas mariposas blancas
que vuelan sobre los ríos de Venecia
como plumas
que cubren las aguas y los puentes.
Y el vaporetto se desliza suavemente
entre estas flores blancas sin tocarlas
rozándolas apenas
como ronda el deseo en pos de ti
en pos de mí
densa película que nos unta
enardeciente,
húmeda,
dual y semejante. 
                                                  Cristina Peri Rossi


AVE Y EVA
Me resisto a la idea de ser
aquel niño que vivió en mi boca: recuerdo caer al suelo,
hacerme mil pedazos.
La habitación, limpia solo para mí;
la habitación
y este trozo de carne,
estirpe nómada ante el espejo.
Me miro en el cristal
y hay un animal huyendo del fuego,
una jauría con principio de hombre
o un desastre con nombre de niño.
Por eso busqué en el incendio la excusa y en el aire el pretexto,
por eso me arranco la barba
con la mano que antes me besabas.
No hubo salvación para este pájaro,
juro que hice lo posible para domesticar la espera.
Ahora dejo que la tierra tape los huecos de la piel.
Digo casi no soy
mientras celebro los dos bultos de mi pecho.
Escribo la palabra ave, leo la palabra Eva.

Bajo este cielo ya no hay lengua que me nombre.

(Del libro Adán o nada
Ángelo Nestore.
Bandaàparte Editores.)



94. Príncipes 

A Pedro Zerolo 

Príncipes que leen cuentos sobre súbditos libres 

y envidian su libertad. 

Yo merendaba galletas con mantequilla  

sobre la transparencia de un plato Duralex, 

o pan de hogaza con tocino 

con el que, a menudo, salía a jugar. 

Y bebía leche en un vaso de Nocilla. 

En palacio, entre gramática, protocolo, 

esgrima, política y astronomía, 

la reina hace servir la merienda  

mientras se enoja con su joven sucesor, 

quien se niega a desposar princesa.  

Tras largos parlamentos 

el príncipe accede al deseo de su madre 

a cambio de hacer antes un viaje, 

del que debe volver a tiempo para el beso. 

La bella durmiente espera y espera, 

y el príncipe con su arquero… 

¡y yo sin saberlo! 

¡Ay! Si el príncipe hubiera sido valiente… 

Otro cuento nos contarían.  

¡Cuántas vidas hubieran sido como un cuento  

si el príncipe hubiera sido valiente! 

"Hace calor, hace calor..."


Hace calor, hace calor,
yo estaba esperando que cantes mi canción,
y que abras esa botella, y brindemos por ella
y hagamos el amor en el balcón.

Mi corazón, mi corazón
es un músculo sano pero necesita acción.
Dame paz y dame guerra, y un dulce pescozón
y yo te entregaré lo mejor.

Ah, haa ha, ah, haa ha,
Dulce como el vino, salada como el mar,
princesa y vagabunda, garganta profunda,
sálvame de esta soledad.

Hace calor, hace calor,
ella tiene la receta para estar mucho mejor.
Sin truco, sin prisa, me entrega su sonrisa
como una sacerdotisa del amor. 

Luna de miel, luna de papel,
luna llena, piel canela, 
dame noches de placer.
A veces estoy mal, a veces estoy bien,
te daré mi corazón para que juegues con él.


Ah, ha ha, ah, haa ha,
Podrían acusarme, ella es menor de edad...
Iremos a un hotel, iremos a cenar,
pero nunca iremos juntos al altar.

1-Haz el esquema métrico

2-¿Cuál es su tesis o idea principal? ¿En qué persona está escrita? ¿Qué tópico literario de los estudiados en clase desarrolla? Explica su nombre, su origen y pon algún otro ejemplo típico.

¿Se dirige (concretamente) a una mujer joven y guapa a quien se invita a disfrutar de su juventud? 


3-Localiza los recursos literarios más utilizados.


4-Haz el análisis sintáctico de las oraciones subrayadas.

domingo, 18 de junio de 2023

POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS



POR QUÉ LEER A LOS CLÁSICOS 

Italo Calvino  

Por qué leer los clásicos, Barcelona, Tusquets (Marginales, 122), 1993  

Empecemos proponiendo algunas definiciones.  

I. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy  releyendo...» y nunca «Estoy leyendo ...».  

  

Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de  vastas lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro  con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale  exactamente como primer encuentro.  

El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña  hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído  un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas  que puedan ser las lecturas «de formación» de un individuo, siempre  queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído.  

Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano.  ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos  novelescos del siglo XIX son también más nombrados que leídos. En  Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la cantidad de  ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo después, pero en  Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac ocuparía los últimos  lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son una minoría  reducida de personas que cuando se encuentran empiezan en seguida a  recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas.  Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos,  cansado de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había  leído, se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió  que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa  genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo  ensayo.  

Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad  madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir  que sea mayor o menor) que el de haberlo leído en la juventud. La  juventud comunica a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un  sabor particular y una particular importancia, mientras que en la  madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles, niveles y  significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición: 

II. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha  leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se  reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para  saborearlos.  

En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por  impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de  uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo)  formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura,  proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación,  esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza:  cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la  juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad madura,  sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman  parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos  olvidado. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse  olvidar como tal, pero que deja su simiente. La definición que podemos  dar será entonces:  

III. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando  se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la  memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.  

Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las  lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los  mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva  histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado  y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.  

Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer» no tiene mucha  importancia. En realidad podríamos decir:  

IV. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la  primera.  

V. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.  

La definición 4 puede considerarse corolario de ésta:  

VI. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.  

Mientras, que la definición 5 remite a una formulación más explicativa,  como:  

VII. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de  las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han  dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más  sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).  

Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si  leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que 

las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y  no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos  en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones.  Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la  legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora  aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o  Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos  personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días.  

La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación  con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará  bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible  bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la  universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro  que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio  hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión  de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la  bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo  que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar  sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir  que:  

VIII. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos  críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.  

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces  descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber)  pero no sabíamos. que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona  con él de una manera especial). Y ésta es también una sorpresa que da  mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un  origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos  hacer derivar una definición del tipo siguiente:  

IX. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto  más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.  

Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto  es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta  la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o  por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe  hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales (o  con referencia a los cuales) podrás reconocer después «tus» clásicos. La  escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección;  pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de  cualquier escuela.  

Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con  el libro que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del  arte. Hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha  concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick

y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho  de la vida lo asocia con episodios Pickwickianos. Poco a poco él mismo,  el universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las  aventuras de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por  este camino a una idea de clásico muy alta y exigente:  

X. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a  semejanza de los antiguos talismanes.  

Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo  soñaba Mallarmé.  

Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de  oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y  hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de  contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una  antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me  bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo  entre mis autores. Diré por tanto:  

XI. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para  definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.  

Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin  hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí  distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale  tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada  en una continuidad cultural. Podríamos decir:  

XII. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya  leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la  genealogía.  

Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo  que es el de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las  otras lecturas que no son de clásicos. Problema que va unido a  preguntas como: «Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en  lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y  «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer  los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la  actualidad?».  

Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique  exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio,  Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del  método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con  alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo  esto sin tener hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones  para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de  vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna 

contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer  los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última  encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y  provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y  mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de  situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los  libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo  contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube  intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los  clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de  la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una  equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un  nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción. Tal vez el ideal  sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos  indica los atascos del tráfico y las perturbaciones meteorológicas,  mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro y  articulado en la habilitación. Pero ya es mucho que para los más la  presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de  la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a  todo volumen. Añadamos por lo tanto:  

XIII. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de  fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.  

XIV. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la  actualidad más incompatible se impone.  

Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con  nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del  otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra  cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que  convenga a nuestra situación.  

Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi,  dada su vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la  formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de  toda la literatura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en  general de las novedades editoriales, relegadas al margen, en el mejor de los  casos, para confortación de su hermana («tu Stendhal», le escribía a Paolina).  Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía  también con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de  los pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje  de Colón en Robertson.  

Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la  biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han  sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas  las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno  una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería  comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado 

para nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van  a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los  descubrimientos ocasionales.  

Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he  citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo el  artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender  quiénes somos y adónde hemos llegado, y por eso los italianos son  indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los  extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los  italianos.  

Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los  clásicos se han de leer porque («sirven» para algo. La única razón que se  puede aducir es que leer los clásicos  

Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no  es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que  sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta,  Sócrates aprendía un aria para flauta. "¿De qué te va a servir?", le  preguntaron. "Para saberla antes de morir"». 

miércoles, 14 de junio de 2023

MI FORMA DE HABLAR (featuring Paloma Vicente)

Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".

1. ¿Cuál es el tema o idea principal? ¿Hay alguna idea secundaria importante?

2. ¿Qué tipo de texto es? ¿A qué género y subgénero pertenece? ¿Por qué?

3.- Determina la estructura del texto (señala las partes en que puede dividirse el texto en función de su contenido explicando por qué) y, si puedes, indica qué nombre recibe.

4-¿Cuál es la principal intención comunicativa de la autora? ¿Lo consigue?


 

MI FORMA DE HABLAR

“Si intentas encontrar mi acento murciano, no lo vas a encontrar. (...) Desde pequeñito, yo tuve la idea de que el acento murciano... pues no era lo mejor”, afirmaba el youtuber TheGrefg en un corte del vídeo ‘50 cosas sobre mí’, publicado hace cinco años y que rescató el usuario @nosoymafranpe esta semana en Twitter. Grefg reproducía a continuación una nota de voz que le había enviado un amigo (este sí, con acento murciano) para mofarse de su forma de hablar. Naturalmente, las críticas no tardaron en aparecer. Más de un millón de usuarios han visto el tuit y entre los mensajes que lo comparten, muchos destacan que no hay mayor vergüenza que renegar de tus raíces. No sé si el youtuber sentirá desprecio por sus orígenes, lo que sí tiene es glotofobia, es decir, discrimina a causa de la forma de hablar. 


“Viva la diversidad de acentos. Si tenéis un acento no lo tapéis, que es lo más bonito del mundo”, tuiteó @fitabaldominos citando el vídeo de TheGrefg. Otro usuario, @juanluisdaza82 contó una experiencia personal en la que le censuraron su habla: “A mí me pidieron ‘disimular un poco’ mi acento andaluz en un podcast. Llevad el vuestro con orgullo, seáis de donde seáis”. Eso mismo sufrió la escritora y periodista Sabina Urraca. Lo relató en el suplemento Ideas hace unos meses; “Me presenté al casting del grupo de teatro de la universidad. La casa de Bernarda Alba. El director me detuvo a la segunda frase. ‘¿A ti te parece que Angustias podría ser canaria?”. Desde entonces, como le ocurrió a Juan Luis Daza y a muchos otros, su deje canario se fue convirtiendo en el español neutro “de las noticias”, algo que, seamos sinceros, es totalmente artificial. 

Sea de forma autoimpuesta o natural, la manera de hablar se suaviza cuando uno cambia de residencia y se rodea de personas con diferentes acentos. Me ha pasado a mí: nací en Murcia y, aunque mi

acento no era tan marcado como el de algunos familiares y amigos, ahí estaba. Tras más de 10 años viviendo en Madrid y convivir con gallegos, asturianos, andaluces, riojanos, leoneses y castellanos, mi habla ha cambiado y ahora casi nadie sabe de dónde soy, mi murciano está oculto bajo capas de otros acentos. 


Entre las cosas que podemos (o deberíamos) reivindicar en España está la riqueza de lenguas y, por qué no, de hablas y acentos. No hay nada más bonito y enriquecedor que escuchar el acento manchego de la cantautora Rozalén; las comparecencias de la ministra María Jesús Montero; las crónicas con deje canario de Nicolás Castellano en la Cadena SER; notar el murciano del cómico Miguel Maldonado; ver los vídeos de la gallega @grtamara en TikTok y los del escritor y traductor extremeño Aníbal Martín, que reivindica en Twitter el patrimonio lingüístico extremeño. Y no solo los españoles. ¿Hay alguien que lea las columnas de Leila Guerriero con acento neutro? Guerriero escribe con su forma de hablar, escribe en español argentino. Ese patrimonio hay que valorarlo como merece. 

Este miércoles, Aníbal Martín, tuiteó un ejemplo de glotofobia que viven los que hablan un español que suena diferente: “Uno de los clichés lingüísticos sobre los extremeños (y andaluces) es que ‘nos comemos letras’, referido normalmente a la d intervocálica. Pero con la misma lógica podría afirmar que otras hablas ‘se comen’ la h aspirada de higu o mohu, la b de lombu o lambel, o la i de quiciás. Es una chorrada como una casa, pero la llevo oyendo toda la vida”. “Tú sabes por qué a mí se me entendió en todo el mundo, ¿no? Por el acento”, decía el deepfake de Lola Flores en un anuncio de cerveza de hace unos años. Defendámoslos. 

José Nicolás en Anatomía de Twitter, Fuente: El País

Contesta a las siguientes preguntas: 

-¿Qué es la glotofobia y cómo se relaciona con las variedades diatópicas del español? 


-Según el texto, ¿qué críticas recibió el youtuber TheGrefg por su acento? 


-¿Cuál es el mensaje que el autor del texto quiere transmitir sobre las variedades diatópicas del español? 


-¿Qué experiencia personal compartió el usuario @juanluisdaza82 relacionada con su acento andaluz? 


-¿Qué ejemplo de glotofobia menciona el escritor Aníbal Martín en su tuit sobre los extremeños y andaluces? 


-¿Por qué es importante valorar y celebrar la diversidad de acentos y hablas en España y en otros lugares? 


-Menciona dos ejemplos de personalidades mencionadas en el texto que defienden su forma de hablar y promueven la diversidad lingüística. - ¿Cuál es la crítica que se hace en el texto sobre la expectativa de hablar en un español "neutro"? 


-¿Cómo puede cambiar la forma de hablar de una persona cuando se muda y se rodea de personas con diferentes acentos? 


-¿Cuál es la conclusión del texto y qué se insta a hacer en relación con las variedades diatópicas del español? 


-¿Qué lenguas oficiales hay en España? ¿Cuáles son los principales dialectos?



-Estes es un examen trampa. Se trata de que aprendas a organizarte. Realiza solo un esquema de la pregunta anterior.



-¿Alguna vez te has sentido discriminado por tu acento? 




LENGUAJE Y DISCRIMINACIÓN RACIAL


El lenguaje cotidiano refleja, como la vida misma, los valores culturales y morales de nuestra sociedad. Pero también los transmite y refuerza, de ahí el enorme poder de la palabra. Los prejuicios contra cualquier minoría o grupo social que se siente desfavorecido, perseguido o proscrito en algún momento de la historia, por razón de su sexo, etnia, o cualquier otro factor, enseguida afloran en el lenguaje cargando de connotaciones negativas los términos empleados para designarlos. Y como reacción, para contrarrestar o mitigar sus efectos y ocultar una realidad que se percibe como ingrata e indeseable, los hablantes a veces rehúyen o edulcoran la expresión por medio de eufemismos o bellas palabras.

De lo que antecede es un buen botón de muestra la serie de apelativos empleados para referirse a los homosexuales. Tanto el término invertido (sexual) (calco del inglés sexual inverted), puesto en circulación a fines del pasado siglo en los medios científicos, como el tradicional y popular marica (en inglés queer, pansy, etc.), así como otros sinónimos del mismo jaez, resultaban claramente despectivos. En tales circunstancias, el término homosexual con el tiempo se convirtió en el más adecuado para el lenguaje científico y general, por la asepsia y neutralidad de sus connotaciones y su carácter altamente descriptivo, a lo que se uniría la fuerza de la analogía de otras expresiones igualmente inequívocas como heterosexual, bisexual, etc. Pero ni siquiera el término homosexual dejó contento a los propios homosexuales hasta que descubrieron la palabra gay, que en inglés significa `alegre' y es portadora de connotaciones más positivas y agradables, tanto en inglés como en español.

El ejemplo es bien ilustrativo y puede ayudar a comprender el sentido de las connotaciones y los vaivenes a que se han visto sometidas las designaciones referentes a los negros, otro de los grupos que injustamente llevan la impronta del estigma social. Y esto se hace patente sobre todo en América, tanto la hispana como la inglesa, donde el contraste de la población negra es más visible y los prejuicios resultan, por tanto, más evidentes.

Curiosamente, en uno y otro idioma se emplea la voz negro, y en ambos tiene una connotación negativa que enlaza con una larga tradición cultural. El símil “trabaja como un negro” (lo mismo que su equivalente “como un esclavo”) es un fiel testimonio de la servidumbre y sumisión de los negros llevados al continente americano.

Debido a esta fuerte asociación, en español el término negro se ha metaforizado pasando a designar al escritor anónimo que realiza un trabajo, muchas veces ingrato, para una persona destacada en el campo del saber (escritor, investigador, etc.) sin que se le reconozca su autoría. Cuando esta persona es muy prolífica a veces se piensa, no sin cierta malevolencia o envidia, que “tiene un negro” detrás. También se aplica a quien escribe las memorias de algún personaje que, bien por su incompetencia o múltiples quehaceres, opta por esta fórmula. Los ingleses, haciendo uso de una mayor delicadeza, lo llaman ghost-writer, esto es, un “escritor fantasma”.

Pero no es sólo trabajo duro lo que podemos leer en las metáforas que tienen por base el color. Algunas contienen referencias más denigrantes. Al negro se le ve como una persona carente de orden y anárquica, pronta a saltarse las reglas que rigen nuestra sociedad. La imagen queda bien plasmada en el modismo español “una merienda de negros”, empleado en sentido figurado como sinónimo de confusión y desorden, y que tampoco encontramos en inglés (free-for-all y bedlam son algunas de las traducciones utilizadas).

Estos comentarios pueden resultar halagadores para el público anglosajón, pero no por ello queda exento de culpa. De hecho, en inglés, la voz negro tiene un matiz más despectivo que en español desde su mismo nacimiento. Su aparición en la lengua se remonta al siglo XVI (concretamente al año 1555, según el Shorter Oxford English Dictionary), y su origen español y portugués apunta claramente a unas referencias históricas y culturales que muchos tratan de olvidar. Es la historia de la esclavitud negra con largas jornadas de trabajo, trabajos forzados, latigazos y otras vejaciones a manos del todopoderoso amo blanco. Con estos antecedentes se comprende que en el siglo XIX, coincidiendo con unos aires más democráticos y liberadores, se propiciara el uso y posterior difusión de black, que es el término usual para referirse a negro de un modo general, pero que hasta entonces no se había aplicado en el sentido de raza. Con el tiempo esta voz serviría para arrinconar y teñir de una fuerte carga negativa a negro, así como a nigger, creado sobre un modelo inglés pero mucho más peyorativo.

Como sucediera con homosexual en inglés, black tiene una connotación más neutra, desprovista de reminiscencias coloniales, pero que no todos encuentran agradable. La misma lengua ampara este particular sentido, pues las connotaciones de que son portadores el blanco y el negro en el habla diaria son bien diferentes. En el entorno cultural que conocemos la blancura es sinónimo de muchos atributos de carácter positivo: puro, honesto, bello; por el contrario, lo negro es impuro, atemorizante, malévolo, oscuro, difícil. Lo blanco es salvífico, tal es la cualidad del alma; lo negro es generador de mala suerte.

En inglés, Ossie Davis (1969: 74) ha comparado los sinónimos de white `blanco' y black `negro' (y los sustantivos abstractos whiteness `blancura' y blackness `negrura, obscuridad') que aparecen en el conocido diccionario de sinónimos de Roget (Thesaurus of the English Language), llegando a los siguientes resultados: whiteness tiene 134 sinónimos, de los cuales 44 tienen una connotación favorable y sólo 10 tienen un matiz ligeramente negativo; y blackness tiene 120 sinónimos, de los cuales 60 son claramente desfavorables, y ninguno de ellos es ni siquiera ligeramente positivo.

En la lengua española existen montones de expresiones idiomáticas que reproducen también esta visión maniquea. Hay una “suerte negra” (“tener la negra”, “un día negro”, etc.) que con actitud supersticiosa algunos tratan de inculpar a los gatos de ese color; hay una “mano negra” que corroe muchas instituciones, una mano invisible pero bien fuerte, extendida por personas y grupos con “negras intenciones”; un “mercado negro” y un “dinero negro”, así llamados por su ilegalidad; y un “garbanzo negro”, una “oveja negra”, un “pozo negro” ... Todo en negativo. En ninguna de estas expresiones el blanco está presente, y cuando lo está, el contraste es bien significativo: existe una “magia negra” pero, al contrario que la blanca, implica a poderes maléficos e infernales. No es casual tampoco que en el juego del ajedrez las piezas blancas sean las primeras en moverse.

Heredado de una tradición cultural, este esquema tiene una firme raigambre, y por tanto no puede cambiar de la noche a la mañana, lo que sirve muy bien a los propósitos racistas. Ahora bien, aunque parezca paradójico, los prejuicios raciales de supremacía de los blancos se hacen más patentes en el rosario de términos existentes en el idioma para referirse al concepto de negritud. Cuando lo negro se refiere a la raza, en abstracto, no parece dudarse en adjetivarse de tal modo, y con toda normalidad decimos “la raza negra”, o black people en inglés. El problema surge cuando la referencia es al individuo, al objeto concreto de nuestra xenofobia, en cuyo caso se acude a procedimientos más o menos indirectos.