lunes, 26 de septiembre de 2016

Variedades de la lengua (registro lingüístico)

Nos entendemos porque todos hablamos la misma lengua. 

Sin embargo, como todos sabéis, no todos hablamos exactamente igual y ni siquiera todos hablamos igual todo el tiempo, sino que vamos cambiando nuestro repertorio lingüístico.
Eso es porque somos inteligentes y sabemos que debemos adaptarnos al contexto, al receptor, a nuestro estado de ánimo y a nuestra intención comunicativa...


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Esta adaptación continua es lo que se conoce como registro lingüístico: la adecuación de nuestra lengua a la situación comunicativa. Se verá más claro en el siguiente esquema:

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Es muy frecuente en el humor jugar con la mezcla de registros lingüísticos... como en este divertido sketch de los conocidos El Culebra y El "Cabesa"... que vamos a utilizar para que busquéis y apuntéis rasgos propios del registro formal e informal, así como incorrecciones propias de personas con poca cultura.
Clasifícalos en tu cuaderno según la división del cuadro anterior.


Estos dos "cuñaos" sevillanos también incurren en errores similares.

(Esto es lo que se conoce como una parodia, un recurso muy habitual en literatura desde La Celestina y D. Quijote de la Mancha y cuyo uso en artículos de opinión vamos a recordar en en esta entrada de mi blog )

Por último, hay que recordar la diferencia entre un discurso oral planificado (una exposición oral, un debate, una charla, una conferencia, algunas entrevistas o clases...) y la comunicación oral espontánea (charlas, conversaciones, encuentros, discusiones...)

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Funciones del lenguaje (y problemas con el referente)

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Desde el principio de su existencia, el ser humano tiene la capacidad y la necesidad de comunicarse.

Podemos definir la COMUNICACIÓN como la transmisión de un mensaje de un emisor a un receptor a través de un canal que funciona.

Sin embargo, para que, de verdad, se produzca comunicación, emisor y receptor deben compartir el mismo código en el que está cifrado el mensaje.

Y, para que la comunicación sea efectiva, emisor y receptor deben compartir el mismo referente y atender al contexto en que se está produciendo su acto comunicativo (tienes esta información más y mejor desarrollada en las páginas 12, 13 y 14 del libro de texto de Algaida)


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Como hemos dicho, todos esos elementos son necesarios para que se produzca una comunicación real y satisfactoria. 
Sin embargo, esos elementos pueden tener más o menos importancia. Según qué elementos sean los principales en la comunicación, tendremos diferentes FUNCIONES DEL LENGUAJE.

El lingüista Roman Jakobson ha sido quien mejor ha estudiado las funciones del lenguaje y su esquema nos ayudará a entenderlas:


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Ya hemos definido los elementos que intervienen en la comunicación y, después, hemos aprendido  a identificar las funciones del lenguaje que predominan en diferentes situaciones (algo que, en el caso de que tú tengas dudas individuales deberás seguir practicando por tu cuenta con las actividades 1, 2 y 3 de la página 14, la 4 de la página 16 y la 7 de la página 17).



Uno de los elementos que más cuesta asimilar es el referente

Podemos definirlo como el tema sobre el que trata una comunicación o aquello a lo que hace referencia el mensaje (política, deportes, estudios, sentimientos, climatología...)

Para que una comunicación sea fluida, el emisor y el receptor deben compartir el mismo referente y, si este cambia, debe quedar claro durante la conversación ("cambiando de tema", "oye, aunque no tiene nada que ver con lo que estábamos hablando"...).

Sin embargo, la existencia de diferentes referentes en conversaciones puede dar pie a confusiones o, como en estos casos, a chistes más o menos divertidos:


 


domingo, 25 de septiembre de 2016

Crea tu propia historia

Este curso vamos a aprovechar que tenemos libros de texto muy buenos para, en general, explicar los contenidos y seguir la clase.

De hecho, esta entrada solo sirve para recordar que mis alumnos de 3º de ESO hagáis los ejercicios 6 y 7 de la página 25.

Sin embargo, este blog a veces nos servirá para complementar la información, dar instrucciones de las actividades de Creatividad Literaria y colgar algunos de vuestros trabajos.

Por eso, como quizás os ayude, os facilito un par de entradas:

-Cuéntame un cuento (donde aparecen los distintos tipos de narrador y de narración)

-Espacios en una narración

domingo, 18 de septiembre de 2016

Actividad inicial: El buscador

Todos sabemos que los inicios de curso son complicados y muchas veces dan la impresión de no servir para más que dar vueltas en torno a lo mismo...

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Así que, aunque utilicemos esta actividad para medir vuestro nivel de lectura comprensiva, expresión escrita y demás...  vamos a intentar hacerlo con una historia que espero que os guste, despierte vuestra creatividad y, a ser posible, os transmita una enseñanza... Comenzamos:

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EL BUSCADOR
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Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como un “buscador” (como su mismo nombre indica, un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando, simplemente es alguien que se comporta sabiendo que su vida es una búsqueda). Un día, el buscador de nuestra historia sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir  y, como había aprendido a dejarse guiar por esas sensaciones que surgen de un lugar desconocido de uno mismo, lo dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos. Sin embargo, un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero: estaba tapizada de un verde precioso y había un montón de árboles, pájaros y flores de gran belleza. Además, la colina estaba rodeaba por completo por una especie de pequeña valla de madera lustrada, como si fuera un lazo envolviendo un regalo. Por último una portezuela de bronce parecía invitarle a entrar. De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquél lugar. El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor… Pero sus ojos eran los de un buscador y, quizá por eso, descubrió enseguida aquella inscripción sobre una de las piedras:
Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella piedra era, en realidad, una lápida y sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en aquel lugar. Entonces, se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción y se acercó a leerla. Decía:
Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas
El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Aquel, en apariencia, hermoso lugar era un cementerio y cada piedra era una tumba. Una por una, empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que de verdad le aterró fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años…  Entonces, conmocionado, se sentó y se puso a llorar.
El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó. Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
-No, por ningún familiar —dijo el buscador—. Pero, ¿qué pasa en este pueblo?¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Por qué iba a ser nadie tan sádico o morboso como para construir un cementerio de niños?
El anciano sonrió y dijo:
- Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que… 
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1-¿Esta historia se puede resumir como la vida de un hombre que viaja mucho? ¿Por qué?

2-Haz un resumen breve pero completo de la historia CON TUS PALABRAS

3-¿Quién es el protagonista? ¿Cómo es? 

4-¿Cómo es la ciudad de Kammir? 

5-¿Qué tipo de texto crees que es? ¿Es un texto expositivo, es decir, que busca dar información de forma objetiva? ¿Es un texto argumentativo, es decir, que pretende convencer de una opinión o un punto de vista? ¿O es un texto literario, que busca, sobre todo, entretener, divertir o enseñar mediante las palabras? 

6-¿Qué tipos de géneros literarios conoces? ¿A qué género literario crees que corresponde esta historia?

7-Inventa un final para esta historia incompleta.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Cómo hacer, mantener y cuidar un blog

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Este curso, si la tecnología nos lo permite, todos vais a tener que crear, mantener y actualizar un blog individual relacionado con la asignatura.
Me gustaría que fuera un espacio en el que desarrolléis vuestra creatividad.

En esta entrada vienen un par de tutoriales para aprender a hacerlo, aunque también os daré unas "clases particulares". Las primeras, serán gratis ;)

jueves, 8 de septiembre de 2016

Palabras que nos gustan 2016


En este enlace vamos a poder acceder a toda la información para realizar una actividad de Creatividad Literaria muy sencilla y, si queréis, divertida que, además, nos ayude a conocernos un poco mejor.

Ah, por cierto, esta actividad también la hicimos todos los profesores del IES Gerena en el primer Claustro, y éste de aquí fue el resultado:

Palabras más, palabras menos...

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SPOILER! Os lo adelanto: Vamos a discutir muchas veces a lo largo del curso sobre las palabras: que si "quito" mucho por faltas de ortografía, que si "profe, en esta pregunta me has puesto muy poco", que si "bueno, vale pero se entiende"...

Pero lo único que de verdad es nuestro y nadie nos puede quitar son las palabras que utilizamos y que van a servir para definirnos como alguien culto (o inculto), amable (o borde), generoso (o interesado), humilde (o presumido)...

Y es cierto que TODOS (yo el primero) podemos cometer errores al expresarnos oralmente: dejar oraciones a medias, utilizar expresiones malsonantes o inadecuadas, tener lapsus, no decir exactamente lo que queríamos expresar... 

Esto provoca malentendidos que, normalmente, se arreglan "hablándolo" (es decir, con más -y mejores- palabras).

Por eso hay que ser más exigente con las palabras que utilicemos por escrito: nuestros mensajes deben ser correctos, claros, sin faltas de ortografía y, sobre todo, deben expresar exactamente lo que queremos (o necesitamos) expresar en cada momento.

"Si nos acostumbramos a ser inconformistas con las palabras, acabaremos siendo inconformistas con los hechos".
(Emilio Lledó)

Y es que todos vuestros trabajos y exámenes se tienen que defender solos: no vais a estar detrás de cada profesor cuando, normalmente en su casa o en la sala de profesores, corrija vuestros ejercicios. Por eso no vale lo de "bueno, sí, pero lo que quería decir es que..."

Expresarse correctamente se aprende practicándolo. Por eso, cuando mande ejercicios, aprovechad para "entrenar" y no me hagáis el típico truco de hacer una respuesta mínima que luego ampliaréis improvisando cuando os pregunte: primero, porque se nota MUCHO. Segundo, porque en el examen os saldrá peor.

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De momento, el único plan que tengo es escribir. Sé escribir, porque escribir (a diferencia de la coreografía, la arquitectura o conquistar reinos) es algo que puedes hacer aunque seas pobre y estés solo y no tengas infraestructura (una compañía de ballet o unos cañones, por ejemplo). Los pobres pueden escribir. Es de las pocas cosas que la pobreza, y la falta de contactos, no puede impedirte hacer.
Cómo se hace una chica.
Caitlin Moran.


Palabras más o menos, ayer me decías,
palabras más o menos, que no me quieres.
Palabras más o menos me estás dejando en cueros.
¡Palabras más, palabras menos! 

Palabras más, palabras más, palabras menos:
es lo que menos te puedo dar, es lo de siempre
palabras nuevas, palabras llenas de remordimiento
palabras que se lleva el viento
palabras menos, palabras más.
Palabras más, palabras más, palabras menos
es lo que más te puedo dar, es lo de siempre
palabras viejas, palabras sólo como pasatiempo,
palabras que soplan en el viento
palabras fáciles de olvidar.

 
Palabras más o menos, las que hoy me duelen
Palabras más o menos, sentimientos ajenos.
palabras más o menos.
palabras que pueden ...lastimar
palabras menos, palabras más...
 
Palabras más, palabras más, palabras menos
es lo que menos te puedo dar, es lo de siempre
palabras nuevas, palabras llenas de remordimiento
palabras que se lleva el viento, palabras menos,
palabras más, palabras más, palabras menos
es lo que más te puedo dar, es lo de siempre
palabras viejas palabras sólo como pasatiempo
palabras que soplan en el viento,

palabras menos, palabras más...
 
¡Palabras más!  
Palabras menos...
¡Palabras más!
Palabras menos...

lunes, 5 de septiembre de 2016

ACTIVIDAD INICIAL: ¿Quién eres?: dilo con un selfie

Todos sabéis perfectamente lo que es un selfie...
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...pero, como ocurre con tantas cosas, lo importante es que sepas explicarlo....
No olvides que estamos en clase de Lengua y una de las actividades que más vamos a practicar (entre otras cosas, para que os salgan bien los exámenes -de cualquier asignatura-) es explicar a los demás (una definición, un concepto, una opinión...).


A) Cómo escribir un texto expositivo

A.1. Entraréis en la web de la Fundación del Español Urgente, buscaréis información sobre el término selfie y responderéis a estas preguntas:
¿Cuál es tu definición de selfi? (¡No vale copiarla!)¿De qué lengua viene esta palabra?¿Cómo debe escribirse en español, selfi o selfie?¿En su lengua de origen, qué tipo de palabra es, derivada o compuesta? ¿Cuáles son sus componentes? (Puedes consultar a tu profe de inglés)¿Qué palabra castellana crees que es más apropiada para referirse a este concepto?
A.2. Una vez tengas toda la información redactarás un texto expositivo. Es decir, un texto que presenta información de forma objetiva, sin opiniones personales. 
Como su intención es informar, debe ser breve, claro y sin errores de expresión.



B) Cómo escribir un texto argumentativo

A diferencia del texto expositivo, el texto argumentativo es un texto escrito para convencer al lector de una opinión personal defendida por el autor mediante razones o argumentos.

B.1. Buscar información y formar una opinión:
Hace un momento no has podido incluir tu opinión para poder hacer un texto expositivo correcto pero... ¿qué opinas de los selfies? ¿Sabes qué opinas? ¿Es tu opinión interesante? ¿Puede llegar a serlo?

Estos artículos puede que te ayuden a saber cómo piensan otros, saber lo que piensas tú y formarte una opinión más razonada.

La historia completa de los selfies
Selfies extremos que llevan a la muerte
Niño indignó al mundo con un selfie al lado de su abuelo muerto
"Selfie" sonriendo en Auschwitz
Importante: esto nos va a pasar bastantes veces a lo largo del curso... Os costará saber de entrada qué pensáis de un tema y os vendrá bien escucharme a mí o a vuestros compañeros para conocer más opiniones o formas de pensar. También puede que tengáis que leer algo y decidáis usarlo. Eso sí, siempre que usemos descaradamente la idea de otra persona, tendremos que citarle. Si no lo haces descaradamente, se llama "parafrasear" y es expresar la opinión de otra persona con TUS palabras (es decir, lo que te pedimos en los resúmenes, reseñas, exámenes...)
B.2. Organizar y escribir un texto argumentativo

Escribe en tu blog un texto argumentativo, es decir, un texto que pretende convencer al lector de un punto de vista determinado mediante razones o argumentos.
Deberá ser un artículo de unas 300 palabras que muestre tu opinión ante esta moda, los usos que consideras adecuados y los límites que, a tu parecer, no se deben traspasar.

Si quieres, puedes usar esta plantilla.

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TRUCO: El truco para "estirar" un artículo de opinión es ampliar nuestra opinión con la de otras personas, aunque sea diferente a la nuestra. Nos permitirá hacer un texto más largo, más completo y mejor y a veces nuestra idea saldrá reforzada (por ejemplo, es otro truco BUENÍSIMO para ganar discusiones).

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Autoretrato de Robert Cornelius
(Probablemente el primer selfie de la historia en sentido estricto)

C) Cómo hacerse un selfie
No vale cualquier fotografía, sino que debes introducir en tu selfie objetos, lugares, ropa, accesorios, gestos o actitudes que puedan ayudar a definirte como persona.
De modo que piensa en ello, busca esos objetos, prepara el lugar adecuado y dispara.

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Te pueden valer de orientación los consejos y los ejemplos que encontrarás en estos enlaces:
Diez consejos para conseguir magníficos autorretratos
Cinco consejos para lograr un buen autorretrato (y no arrepentirse)


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D) Cómo hacerse un selfie o autorretrato literario

Aquí tenemos varios ejemplos de Autorretratos de grandes escritores...

Te pueden servir de modelo o, mejor, de inspiración, pero lo importante es que seas creativo, original... y que tu texto sirva para que te conozcamos mejor y pasemos un buen rato, claro.

Como has podido ver, la ironía, autocrítica o autoflagelación a veces es un recurso efectivo... También en esta canción.

Por supuesto, puedes ampliarlo hablando de cómo eres y cuáles son tus gustos...


Tipos de espacios en la narración

Como hemos estudiado, en la narración existen tres tipos principales de espacios.

1-Espacio real: 
Son aquellas historias muy, poco o nada basadas en la realidad, que suceden en espacios verdaderos, es decir, que existen y son localizables en un mapa... aunque los personajes que los protagonizan no existan o los autores se inventen más o menos detalles sobre ellos, la historia o, incluso, el espacio.
Este es el espacio más habitual en la inmensa mayoría de obras literarias o cinematográficas: lógicamente, es el que se usa siempre en obras históricas pero, también, normalmente, en obras literarias (es decir, inventadas).

Big Bang (Serie de TV)     Narcos (Serie de TV)   Downton Abbey (Serie de TV) 

 

2-Espacio inventado:
Son aquellas narraciones que suceden en espacios creados por el autor, es decir, que no se pueden localizar en ningún mapa. Estos espacios pueden ser completamente fantasiosos o, más bien, estar basados en otros reales.

Es lo que encontramos en obras como El señor de los anillos, Juego de Tronos, Las crónicas de Narnia...



A veces es complicado establecer fronteras claras. Por ejemplo, La Regenta de Clarín es una novela que sucede en Vetusta, una ciudad provinciana que parece representar a Oviedo... Ahora bien, ¿es simplemente Oviedo con otro nombre? ¿O representa a todas las ciudades medianas de provincias con cuchicheos, rumores y una vida que parece no cambiar nunca... hasta que cambia?

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.
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3-Espacios simbólicos
Son lugares que no existen pero que no han sido inventados basados en lugares reales, sino que sirven para REPRESENTAR sentimientos, sensaciones, etapas de la vida, etcétera.


Por ejemplo, Fantasía en La historia interminable, representa la imaginación, la ilusión y la capacidad de soñar que, normalmente, tenemos durante la infancia y, en gran parte, gracias a la literatura. En cuanto a "La Nada" que, poco a poco, va "comiéndose" Fantasía representa la falta de imaginación o la incapacidad de soñar que se impone, principalmente, en el mundo de los adultos y, normalmente, por dejar de leer.

Algo parecido sucede con Nunca Jamás, el espacio simbólico donde viven Peter Pan y sus amigos y donde viajan los niños que son capaces de "volar".


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A veces, se mezclan espacios reales o imaginarios con espacios simbólicos...

Por ejemplo, La colmena es una novela de Camilo José Cela que transcurre en el Madrid de la posguerra pero esa comparación con una colmena (en la que todos están atrapados pero hay clases sociales claramente diferenciadas e inamovibles) tiene bastante de simbólica.

O cuando Fermín de Pas, el Mayoral de La Regenta, sube a las alturas es un símbolo de su ambición:
Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. (...) En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión, aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor, sabía que era de poderosa atracción. (...) No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.
Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no aplicaba el escalpelo sino el trinchante.
También es un espacio simbólico la idea mental que se hacen de Australia en esta escena de Los lunes al sol.

O en esta otra de El Rey León.

O son espacios simbólicos los utilizados en estas canciones:






domingo, 28 de agosto de 2016

Convocatoria extraordinaria: autoevaluación


Se cumplen dos años desde que llegué al IES Chaves Nogales después de haber sacado plaza en las oposiciones de 2014. Desde entonces, he aprendido muchísimo de la comunidad educativa, de los padres, de mis compañeros y, sobre todo, de muchos alumnos*1
Soy consciente, sin embargo, de que me quedan muchísimas cosas por mejorar, algo que espero seguir haciendo en el futuro: ahora, en este septiembre que cierra una etapa para abrir otra, parece un momento bastante bueno para hacer balance.

Y es que, en estos días, muchos alumnos tienen la oportunidad de aprovechar la convocatoria extraordinaria para demostrar haber adquirido los conocimientos que les faltaban y recuperar la o las asignaturas pendientes.  Y las oportunidades están ahí para que las aprovechemos, incluso cuando no llaman demasiado nuestra atención (¿y hay algo que llame menos nuestra atención que tener que tirarnos el verano estudiando?). Por ejemplo, aunque, como todos, he desaprovechado muchísimas oportunidades en esta vida, el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica que te permite dar clase después de haberte titulado en la carrera correspondiente y tiene fama entre los profes de ser una total pérdida de tiempo -y, ahora, además, de dinero-) a mí me sirvió para darme cuenta de que tenía vocación por enseñar.


También, para muchos, el periodo de prácticas está considerado como un estúpido trámite burocrático que solo tendría sentido para aquellos que aprueban la oposición sin haber trabajado anteriormente (no llevando uno, dos, tres o, como en mi caso, cuatro años de experiencia previa). A mí, por suerte, me sirvió directa o indirectamente para venirme a vivir a una ciudad maravillosa (bueno, más bien a su "sucursal" en el extrarradio), hacer grandes amigos, conocer un instituto fantástico con compañeros entregadísimos y alumnos, en general, tremendamente educados, motivados y motivadores. Luego, tuve la chiripa de quedarme otro año más.


En mi primer curso en el instituto hube de que adaptarme rápidamente a un cambio de ciudad (y comunidad autónoma), de forma de vida y a una nueva (y mejor) manera de enseñar (todo ello, aliñado con la presión, estúpida pero, me temo, inevitable, que supone ser un profesor en prácticas). Por suerte, conté con el apoyo de un equipo directivo que facilitaba la labor de todos, unos compañeros colaborativos y divertidos y, todo sea dicho, unos grupos de alumnos más que predispuestos a dejarse guiar aunque fuera dando tumbos por el temario y los proyectos educativos. Nunca se lo agradeceré lo suficiente a todos ellos.

Diría que, teniendo en cuenta todo lo anterior, en mi primer curso me quedaría un 6 de media, sobre todo por no haberme apuntado al periódico del instituto (ni, por tanto, haber valorado bien el trabajo de los alumnos de 3º que formaban parte de él), por haber podido/debido hacerlo mejor como tutor y por no haber sabido conectar bien con uno de mis grupos a pesar de estar formado por alumnos encantadores.


En el curso actual, que ahora termina, creo que he mejorado muchísimo en la organización de clases, exámenes y tareas, en mi labor tutorial, que he evaluado de forma mucho más justa, clara y global y, sobre todo, que he podido llevar a cabo más y mejores proyectos, tanto los diseñados por Nacho Gallardo (el “special One” de los Premios Educativos) como otros del Programa de Creatividad Literaria de la Junta de Andalucía y algunos que se me iban ocurriendo y colgaba en este blog. Me pondría un 7,5 o puede que hasta un 8, quizás porque (en general, aunque habrá quien no piense lo mismo) suelo ser bastante blando evaluando.

Además de, ante todo, haber aprendido la importancia de la enseñanza cooperativa y de la VERDADERA y auténtica atención a la diversidad, algunos de los proyectos de cuya realización me he sentido especialmente orgulloso han sido los siguientes:

-Cualquier mínima ayuda que haya podido prestar al (premiado) Proyecto EcoEscuela del IES Chaves Nogales.

-Toda colaboración con el Departamento de Orientación para solucionar conflictos en mi tutoría, en mis cursos o, sencillamente, en el centro.

-Adaptación de actividades del Programa de Creatividad Literaria

-Blog de Creatividad Literaria del IES Chaves Nogales

-Creación del blog Hooligans Ilustrados (y las tareas del itinerario de lectura de 3º)

-Proyecto Final de ICO: Entrevistas 3x3x3 (diseñado por Nacho Gallardo)

-Participación en El País de los Estudiantes con "El Heraldo del IESChN" (dirigido por José Luis Fernández, Paqui Izquierdo y los voluntarísimos alumnos-periodistas voluntarios) y "El PeriódICO Andar y contar"(con los alumnicos de 3º de Información y Comunicación)

-Poesía social en Memes (proyecto diseñado por Nacho Gallardo para la Semana Cultural del Instituto)

-Carta abierta al futuro/pasado

-Preparación, realización, maquetación y publicación de una entrevista a Antonio Agredano con los alumnos de ICO

-Charla con Antonio Agredano dentro del Ciclo "Conferencias para el futuro" de 1º de Bachillerato (organizado por mis compis Jara y Marta):


-Realización de la actividad "Del revés y la inteligencia emocional" para las tutorías

-Reflexión de los alumnos sobre la relación entre internet y la prensa

-Participación en la elaboración del (premiado) Proyecto Re-Generación del 98



-Participación en el Proyecto Telemedievo (diseñado por Nacho Gallardo)

-Colaboración en el Proyecto Editoriales (y los Libros que no existen), también de Nacho Gallardo.

-Cualquier colaboración que hayan podido tener mis alumnos en los blogs de Chlengua, en el Ágora del IESChN o con sus reseñas en Lectores.

-Donde vive la gente (reportaje sobre Sevilla Este partiendo de un artículo de Pablo García Casado)


En junio, poco después de haber hecho las medias de los alumnos, hice la mía. Muchos de esos alumnos ahora tienen que recuperar mi asignatura (de nuevo, mucha suerte). Ahora me doy cuenta de que, igual que a cada alumno se le entregó un informe detallado de lo que debía recuperar y cómo hacerlo, debería haberme hecho uno similar que me permitiera seguir puliendo fallos. En fin, es lo que decía al principio: queda mucho por aprender y mejorar.

Ahora toca intentarlo en otro sitio. Gracias a todos por la colaboración, el apoyo, la comprensión, el respeto y la buena disposición incluso en los momentos malos, que alguno hemos tenido. Y por las risas, que también ha habido. Por cierto: que no falten.



*1 Por especificar un poco, lo que más me ha sorprendido es la madurez de muchos alumnos que, a pesar de haber tenido unas notas, seguramente, decepcionantes conmigo (incluso suspensos) han mantenido la amabilidad y el agradecimiento (¿?) mucho más allá de lo estrictamente necesario. 
También, muchos me han enseñado que, cuando quieres algo, estás dispuesto a cualquier sacrificio por conseguirlo y, otros, que, cuando no se tiene ni idea de lo que se quiere y, por tanto, se cometen algunas tonterías, nunca es tarde para darse cuenta, rectificar y cambiar: lección muy valiosa que espero no olvidar nunca.


Por último, no sé si habré influido algo a que tantos alumnos hayan mostrado su talento literario pero sí sé que ha sido un placer leer a gente como Laura Morillo, Álvaro Salgado, Lorena Monfort, F.J. Cavero, Daniel Jiménez, Laura Rubio, Patricia Morgaz, Manuel Mateo, Alba Carrasco, Alba Naranjo, Óscar Borrallo, Nerea Navarro, F.J. Bravo y un largo etcétera, además de muchos otros alumnos que no tuvieron la mala suerte de tenerme como profe.
Espero que todos sigan escribiendo porque tienen facilidad para hacerlo bien o muy bien y, si se esfuerzan, lo harán incluso mejor: ojalá pueda volver a leer algo suyo que no sea un trabajo de clase.

sábado, 2 de julio de 2016

"El tesoro de la isla": una lectura recomendada (para el verano y para el resto de la vida)


El tesoro de la isla, de Juan Ramón Santos, es mucho más que una novela juvenil entretenida y actual que sirve como homenaje a, ya lo habréis adivinado, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.
Cuenta la historia de Santi Alcón, su encuentro con Juan Plata "El Largo" y, por tanto, su descubrimiento de la literatura "grande" o "de mayores", y todo lo que ello supone en su vida. Es decir, una novela de aventuras metaliteraria que te entretendrá y te llevará, seguro, a otros libros, a otros autores, a otras aventuras en el infinito hilo que supone la lectura que, como diría Homer J. Simpson, es la "causa y solución de (casi) todos los problemas del mundo".

Aquí os dejo una entrevista con el autor en el periódico de un instituto por parte de los alumnos.

Y, a continuación, un capítulo representativo del libro:

10. De polizón a grumete

Nada más entrar en el colegio palpé el bulto de la navaja sobre la tela del bolsillo para asegurarme de que estaba en su sitio, dispuesta para el combate. Los verdes ojos de bronce de don Cipriano Gruñón me observaron indolentes mientras, con los cinco sentidos alerta, atravesaba el claustro y entraba en la biblioteca. No había rastro del guardián de San Cipriano, pero no quería que el tipo pensase que pretendía robarle. Por eso me aguanté las ganas de curiosear entre los libros y comencé a buscarlo asomándome a las aulas, vacías, arrasadas, gritando a cada paso con cautela:
–¡Oiga, oiga!
Pero sólo me respondía el eco débil y amortiguado de mi propia voz.
Había recorrido en vano toda la planta baja y me disponía a subir a la primera cuando escuché la voz ronca a mi espalda preguntándome:
–¿Usas navaja, polizón?
Me di la vuelta sobresaltado, echando mano al bolsillo, y me encontré de frente con él. Sonreía relajado, con las manos apoyadas en la cintura, y su rostro afable me inspiró confianza. A la luz del día me pareció algo más joven que la tarde anterior, aunque tampoco fui capaz de acertar con la edad. Calculé que sería algo mayor que mi padre. Hoy diría que tenía entre 45 y 50 años. Por el pelo castaño alborotado y la hilera de dientes, blanquísima salvo por un brillante colmillo de oro, me pareció en ese momento una suerte de Burt Lancaster venido a menos, maltratado por la vida, algo más delgado y bastante menos musculoso. Vestía una camisa a cuadros amplia, vieja y arremangada que mostraba sin tapujos la interminable y extraña palabra tatuada en el antebrazo –Yoknapatowpha, alcancé a leer, que no a comprender, ese día– y llevaba los vaqueros bastante caídos a pesar del ancho cinturón. Me llamó la atención que caminase descalzo. Quizá por eso se deslizaba con tanto sigilo, cogiéndome siempre a traición. Los pies, más que sucios, los tenía renegridos, y no dejé de darme cuenta, al primer vistazo, de que el izquierdo asomaba acartonado, marchito, sin vida, por la pernera sucia y deshilachada del pantalón.
Sin saber muy bien qué responder, le conté atropelladamente y sin querer dar muchos detalles que mis padres tenían un bar, que a menudo me tocaba servir en la barra, que la navaja era un instrumento de suma utilidad para el camarero común, que me gustaba tenerla a mano y que se me había olvidado dejarla en la cocina al salir.
–Está bien, muchacho. En la vida es bueno ir bien armado. Pero te digo por experiencia que las armas no son siempre las mejores armas, que ni las blancas ni las de fuego... –comenzó a divagar en tono altisonante, pero al momento optó por abortar el discurso y, cambiando de tema, me susurró–: Anda, ven conmigo, que te voy a enseñar mi rincón de lectura.
Lo acompañé por los polvorientos pasillos de la planta baja, bajamos al pequeño patio del parvulario y, antes de salir, abrió una puerta semioculta bajo las escaleras y entré detrás de él en un pasillo lóbrego y estrecho que parecía no tener fin. Por un momento pensé que me conducía a alguna oscura trampa, a algún lugar subterráneo desde el que nadie podría oír mis gritos de dolor, e instintivamente arrimé de nuevo la mano derecha a la navaja, pero justo en ese momento, sin volver la cara, como si fuese capaz de averiguar mis intenciones, me advirtió:
–No tengas miedo, polizón. No voy a hacerte daño. Y no te preocupes, que ya hemos llegado.
Y de un empujón abrió una portezuela metálica, salpicada de herrumbre, que chirriando nos dejó entrar en una sala amplia, abovedada y razonablemente limpia. Tenía a la altura de las vigas sendas hileras de ventanas por las que se filtraba una luz clara y densa que parecía inundarlo todo sin alterar la agradable frescura que flotaba en el ambiente. El lugar estaba vacío salvo por un jergón tirado en una esquina, dos o tres pilas de libros y una silla de playa descolorida y surcada de jirones por los que asomaba una espuma sucia y sutil.
–Son mis últimas adquisiciones. Están pendientes de lectura –me aclaró al descubrir mis ojos clavados en las torres de libros, y con el orgullo y la suficiencia de un terrateniente comenzó a contarme–: Por las mañanas me gusta leer en la biblioteca, porque de la calle entra una luz muy agradable, pero por las tardes, en verano, se está mucho mejor aquí. Hay mucha claridad y se está muy fresco. Lo único malo es que tengo que andar para arriba y para abajo con la silla. Voy a tener que comprarme otra, aunque no sé si encontraré otra tan cómoda como ésta –fue contándome deprisa, sin hacer pausa ni tomar aire, hasta que se le acabó el resuello y después de una honda carraspera concluyó–: ¿A que es un sitio estupendo?
Pero sin darme tiempo a opinar ni a recrearme en la dudosa maravilla del lugar, me urgió:
–Ahora vamos a lo nuestro, a lo que nos interesa. Sígueme, polizón. Vamos a la biblioteca.
Y echó a andar por el lóbrego pasillo de regreso a la primera planta. Como ya he contado, con la pierna izquierda dibujaba al caminar una extraña figura parecida al salto del caballo de ajedrez, pero sus andares eran tan rápidos y ágiles que, lejos de constituir una tara o un obstáculo, aquello más parecía un capricho, una gracia, una manía adquirida a lo largo de los años que, además, parecía servirle para tomar impulso y ganar velocidad en sus desplazamientos. Con ello quiero decir, en definitiva, que me costó un enorme esfuerzo –en aquella y en otras ocasiones en las que se echó a andar arrebatado– mantenerme a su altura, y que casi tuve que correr detrás de él para no perderlo. Por eso no pude concentrarme en la entusiasmada homilía que, de camino, fue desgranando entre dientes, aunque tampoco estoy seguro de que hablase conmigo, pues, como con el tiempo pude comprobar, no era raro que, a la primera de cambio y en medio de cualquier conversación, se enfrascase en extraños diálogos, cuando no en encendidas discusiones consigo mismo, sin importarle lo más mínimo la opinión o la mera presencia de interlocutores o testigos.
No paró de hablar, como digo, en todo el camino, pero al llegar a la biblioteca se calló de repente, dejando que aquella maravilla, la joya de su corona, hablase por sí sola, y se limitó a hacer de nuevo el amplio y seductor gesto con el brazo derecho que yo ya conocía de la tarde anterior, con el que parecía querer abarcar y al mismo tiempo ofrecerme su magnífica librería. Sea como fuera, la puesta en escena tuvo su efecto y, hechizado y boquiabierto, como si me acercase a ellos por primera vez, eché a andar hacia los estantes mientras el tipo me acompañaba orgulloso con la mirada.
–Tampoco te engañes, polizón. Hay mucha purrela –me advirtió, y para demostrar que no había falsa modestia en ello, me explicó–: La mitad son viejas enciclopedias, catecismos, misales, vidas de santos, cosas que quedaron abandonadas en el colegio, aunque también hay anuarios, manuales, novelas de amor y libros escolares que me he ido encontrando en la basura y que rescaté y puse a buen recaudo porque, me interesen o no, no puedo soportar ver libros tirados por ahí, y es que, como decía Sansón Carrasco, «no hay libro tan malo que no tenga algo de bueno»… Aunque en realidad eso ya lo había dicho muchos siglos antes Plinio el Joven... –recapacitó, y se enredó en un discurso descabellado que primero dejé de entender, luego, de escuchar, y que al final tan sólo reverberaba en mi mente como el agua cantarina de un arroyo mientras, arrodillado delante de las estanterías, iba leyendo uno por uno los títulos de los libros.
Es cierto que había varias enciclopedias viejas y obsoletas, de tiempos del Imperio Austrohúngaro, pero no por eso menos interesantes. En unos casos estaban completas, en otros, seriamente diezmadas, reducidas a la breve colección de unos pocos tomos desperdigados. También había bastantes libros de la congregación religiosa que regentaba antiguamente el colegio, así como novelas de amor, libros escolares de geografía, de gramática, de historia, de lengua, de matemáticas o de todo a la vez y otros ejemplares de lo más variopinto, ocupando cerca de la mitad del espacio. Era en la otra mitad donde se amontonaban, sin aparente orden ni concierto, los auténticos libros del guardián de San Cipriano, muchos en otras lenguas, inglés, francés, alemán, portugués y algunas otras que no logré identificar. Había muchas novelas, pero también relatos, poesía, ensayos, atlas y libros de arte, aunque juraría que entre tanto libro no fui capaz de encontrar ni un solo autor, ni un solo título –aparte, claro, de Moby Dick– que me resultase conocido.
El tipo siguió hablando solo durante un buen rato, pero luego se calló y permaneció callado mientras yo agotaba mi ronda de reconocimiento. Al terminar me volví y lo encontré en cuclillas en el suelo, observándome satisfecho, con una sonrisa de oreja a oreja.
–Vamos, muchacho, dime, ¿qué te apetece leer?
–No lo sé. La verdad, no me suena ningún título–le respondí con toda franqueza.
Se rascó entonces la barbilla y, aún en cuclillas, me preguntó:
–Vamos a ver: ¿tú qué lees, muchacho?
–No sé. Libros de los Cinco, de los Hollister, de los Tres Investigadores, de los Siete Secretos...
–¡Mucha gente es esa para un solo libro! –me interrumpió entonces con sorna.
–Son libros diferentes –le aclaré con toda inocencia, pero, sin atender mis explicaciones, me preguntó:
–Dime, ¿qué edad tienes?
–Trece años.
–¡Trece años! –exclamó echándose exageradamente las manos a la cabeza– ¿Y no has leído a Chesterton, a Edgar Allan Poe, a Robert Louis Stevenson?
–No, señor –contesté instintiva, ridículamente marcial.
–¡Por las orejas de Belcebú! ¿Ni siquiera has leído La isla del tesoro?
–Sí, La isla del tesoro me la regalaron cuando era pequeño, tenía unos dibujos…
–¿Y a Emilio Salgari? ¿Y a Julio Verne? –me interrumpió de nuevo.
–A Salgari, no, pero he visto las películas de Sandokán. De Julio Verne sí he leído algo. Tengo Los hijos del capitán Grant y Cinco semanas en globo en unos libros muy pequeñitos...
–¡Demonios! Todo esto me huele a esas malditas adaptaciones infantiles... –masculló meneando al cabeza– ¿Y Alicia en el país de las maravillas?
–El cuento de Alicia sí que lo he leído.
Pero mis respuestas no debieron de convencerle demasiado porque, sin dejar de menear la cabeza ni de rascarse la barbilla, repitió varias veces como pensando en voz alta:
–Algo es algo, algo es algo… Pero no es demasiado. No es suficiente, no –y al cabo de un rato, después de pasear la vista por el techo de la biblioteca sin decir palabra, se incorporó de un salto y, poniéndome su ardiente mano en el hombro, me advirtió–: Tenemos mucho trabajo por delante, muchacho.
Y echándose a caminar en espiral a mi alrededor dibujando círculos cada vez más amplios en el vasto espacio vacío de la biblioteca, fue dictando su diagnóstico:
–Vas a tener que irte olvidando de misterios, investigadores y aventuras de esas, polizón. A ti lo que te va haciendo falta es un poquito de Aujourd’hui mamam est morte, algo de Steppenwolf, un poco de... Aunque quizá sea demasiado intenso, así, tan de pronto. Además, no creo que tenga por aquí nada de eso en castellano. ¿Qué podría yo dejarte que tengamos a mano y que puedas entender? ¿Qué podrías tú leer que… –comenzó a decir sin llegar a cerrar el signo de interrogación, pues antes exclamó entusiasmado– ¡Ya lo sé!, ¡ya lo tengo! –pero no debía de tenerlo tan claro porque al momento, sin dejar de caminar, dándose suaves golpes en la cabeza, se preguntó– ¿Estás loco? ¿Cómo quieres que el muchacho entienda eso si no ha pasado de los cinco investigadores? Este polizón es un chico listo, te lo digo yo –se contradijo defendiendo su aún desconocida propuesta–, a éste no se le pone nada por delante… ¡Tú verás lo que haces! –claudicó, y frenando en seco, cuando ya se había alejado de mí, en su paseo en espiral, unos seis o siete metros, me preguntó desde lejos en voz alta–: ¿Tú confías en mí, muchacho?
–Sí –le contesté de inmediato, aunque cada vez confiaba menos en él, y no porque lo considerase peligroso, sino porque cada vez tenía más claro que estaba loco.
–Pues, verás, te voy a prestar un libro muy especial, pero me tienes que prometer que lo vas a leer con mucha atención y que te lo vas a acabar aunque te cueste algo de trabajo –me dijo mirándome muy fijamente a los ojos, y después de rebuscar entre los libros me tendió un ejemplar pequeño, delgado, amarillento, de aspecto frágil y quebradizo.
La portada era sencilla. Su único adorno era un recuadro marcado por una línea doble, con un símbolo extraño en el medio dibujado a plumilla detrás del cual se insinuaban una mano abierta, una esfera luminosa, un reloj de arena. Debajo del extraño símbolo podía leerse Editorial Losada, S.A, Buenos Aires, y por encima, el nombre de un autor y un título de los que no había oído hablar en mi vida: Jorge Luis Borges, El Aleph.
Tomé el libro de sus manos sin mostrar demasiado entusiasmo. Lo abrí con cuidado y comencé a hojearlo. Olía a viejo. Parecía una colección de cuentos. Ninguna de las dos cosas, ni lo viejo ni los cuentos, me entusiasmaban, pero aun así, me dio, más que miedo, reparo llevarle la contraria y, al cerrarlo, sujeté el libro con decisión contra mi pecho y le di las gracias.
–¿Quieres llevarte alguno más? –me preguntó entonces.
–No, gracias. Creo que con este tengo bastante –le contesté.
–No sabes bien hasta qué punto –me advirtió. Aunque te parezca breve, es de esos libros que se pueden leer tantas veces que acaban pareciendo infinitos, y no veas si le gustaba a Borges lo infinito...
Pero para entonces yo no tenía ya demasiadas ganas de conversación. Aquel raro libro de cuentos no era lo que yo iba buscando para matar el rato el fin de semana, pero no me atrevía a contradecirlo, y me sentía algo decepcionado. Quizá por eso su inagotable letanía me empezó a resultar insoportable y, tratando de cortar en seco, le pedí la hora, y, para no resultar demasiado brusco, le conté lo sucedido la noche anterior, que estaba castigado y que no me convenía regresar tarde para no enfadar de nuevo a mis padres
Entonces el tipo comenzó a doblarse, a estirarse, a realizar extraños movimientos, a jadear, a resoplar, y lo miré atónito, sin saber muy bien qué le sucedía, hasta que, por fin, logró sacar de un ajustado bolsillo del vaquero un reloj de cadena.
–El tiempo hay que cuidarlo bien, grumete: al final es lo único que tenemos –me dijo como para justificar tanta contorsión antes de abrir la tapa plateada del reloj, en cuyo interior me pareció ver la fotografía en blanco y negro de una mujer, antes de oírle decir–: Las nueve menos diez.
–¿Ya son las nueve menos diez? –exclamé sinceramente sorprendido de que hubiesen pasado ya dos horas–. Lo siento, pero me tengo que ir… ¡La que me va a caer!
–No te preocupes, muchacho. Cuando termines de leer el libro, si ya te han levantado el castigo, vuelves y charlamos un rato.
–Hasta otro día –le dije por fin, echándome a correr hacia la puerta.
–¡Corre, grumete, corre! ¡No llegues tarde! –le oí todavía gritar mientras atravesaba a toda velocidad el claustro.

Juan Ramón Santos, 
El tesoro de la isla