domingo, 28 de agosto de 2016

Convocatoria extraordinaria: autoevaluación


Se cumplen dos años desde que llegué al IES Chaves Nogales después de haber sacado plaza en las oposiciones de 2014. Desde entonces, he aprendido muchísimo de la comunidad educativa, de los padres, de mis compañeros y, sobre todo, de muchos alumnos*1
Soy consciente, sin embargo, de que me quedan muchísimas cosas por mejorar, algo que espero seguir haciendo en el futuro: ahora, en este septiembre que cierra una etapa para abrir otra, parece un momento bastante bueno para hacer balance.

Y es que, en estos días, muchos alumnos tienen la oportunidad de aprovechar la convocatoria extraordinaria para demostrar haber adquirido los conocimientos que les faltaban y recuperar la o las asignaturas pendientes.  Y las oportunidades están ahí para que las aprovechemos, incluso cuando no llaman demasiado nuestra atención (¿y hay algo que llame menos nuestra atención que tener que tirarnos el verano estudiando?). Por ejemplo, aunque, como todos, he desaprovechado muchísimas oportunidades en esta vida, el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica que te permite dar clase después de haberte titulado en la carrera correspondiente y tiene fama entre los profes de ser una total pérdida de tiempo -y, ahora, además, de dinero-) a mí me sirvió para darme cuenta de que tenía vocación por enseñar.


También, para muchos, el periodo de prácticas está considerado como un estúpido trámite burocrático que solo tendría sentido para aquellos que aprueban la oposición sin haber trabajado anteriormente (no llevando uno, dos, tres o, como en mi caso, cuatro años de experiencia previa). A mí, por suerte, me sirvió directa o indirectamente para venirme a vivir a una ciudad maravillosa (bueno, más bien a su "sucursal" en el extrarradio), hacer grandes amigos, conocer un instituto fantástico con compañeros entregadísimos y alumnos, en general, tremendamente educados, motivados y motivadores. Luego, tuve la chiripa de quedarme otro año más.


En mi primer curso en el instituto tuve que adaptarme rápidamente a un cambio de ciudad (y comunidad autónoma), de forma de vida y de manera de enseñar (todo ello, aliñado con la presión, estúpida pero, me temo, inevitable, que supone ser un profesor en prácticas). Por suerte, conté con el apoyo de un equipo directivo que facilitaba la labor de todos, unos compañeros colaborativos y divertidos y, todo sea dicho, unos grupos de alumnos más que predispuestos a dejarse guiar aunque fuera dando tumbos por el temario y los proyectos educativos. Nunca se lo agradeceré lo suficiente a todos ellos.

Diría que, teniendo en cuenta todo lo anterior, en mi primer curso me quedaría un 6 de media, sobre todo por no haberme apuntado al periódico del instituto (ni, por tanto, haber valorado bien el trabajo de los alumnos de 3º que formaban parte de él), por haber podido/debido hacerlo mejor como tutor y por no haber sabido conectar bien con uno de mis grupos a pesar de estar formado por alumnos encantadores.


En el curso actual, que ahora termina, creo que he mejorado muchísimo en la organización de clases, exámenes y tareas, en mi labor tutorial, que he evaluado de forma mucho más justa, clara y global y, sobre todo, que he podido llevar a cabo más y mejores proyectos, tanto los diseñados por Nacho Gallardo (el “special One” de los Premios Educativos) como otros del Programa de Creatividad Literaria de la Junta de Andalucía y algunos que se me iban ocurriendo y colgaba en este blog. Me pondría un 7,5 o puede que hasta un 8, quizás porque (en general) suelo ser bastante blando evaluando.

Algunos de los proyectos de cuya realización me he sentido especialmente orgulloso han sido los siguientes:

-Adaptación de actividades del Programa de Creatividad Literaria

-Blog de Creatividad Literaria del IES Chaves Nogales

-Creación del blog Hooligans Ilustrados (y las tareas del itinerario de lectura de 3º)

-Proyecto Final de ICO: Entrevistas 3x3x3 (diseñado por Nacho Gallardo)

-Participación en El País de los Estudiantes con "El Heraldo del IESChN" y "El PeriódICO Andar y contar"

-Poesía social en Memes (proyecto diseñado por Nacho Gallardo para la Semana Cultural del Instituto)

-Carta abierta al futuro/pasado

-Preparación, realización, maquetación y publicación de una entrevista a Antonio Agredano con los alumnos de ICO

-Charla con Antonio Agredano dentro del Ciclo "Conferencias para el futuro" de 1º de Bachillerato (organizado por mis compis Jara y Marta):


-Realización de la actividad "Del revés y la inteligencia emocional" para las tutorías

-Reflexión de los alumnos sobre la relación entre internet y la prensa

-Participación en la elaboración del Proyecto Re-Generación del 98



-Participación en el Proyecto Telemedievo (diseñado por Nacho Gallardo)

-Colaboración en el Proyecto Editoriales (y los Libros que no existen)

-Donde vive la gente (reportaje sobre Sevilla Este partiendo de un artículo de Pablo García Casado)



En junio, poco después de haber hecho las medias de los alumnos, hice la mía. Muchos de esos alumnos ahora tienen que recuperar mi asignatura (de nuevo, mucha suerte). Ahora me doy cuenta de que, igual que a cada alumno se le entregó un informe detallado de lo que debía recuperar y cómo hacerlo, debería haberme hecho uno similar que me permitiera seguir mejorando. En fin, es lo que decía al principio: queda mucho por aprender y mejorar.
Ahora toca intentarlo en otro sitio. Gracias a todos por la colaboración, el apoyo, la comprensión, el respeto y la buena disposición incluso en los momentos malos, que alguno hemos tenido. Y por las risas, que también ha habido. Por cierto: que no falten.



*1 Por especificar un poco, lo que más me ha sorprendido es la madurez de muchos alumnos que, a pesar de haber tenido unas notas, seguramente, decepcionantes conmigo (incluso suspensos) han mantenido la amabilidad y el agradecimiento (¿?) mucho más allá de lo estrictamente necesario. También, muchos me han enseñado que, cuando quieres algo, estás dispuesto a cualquier sacrificio por conseguirlo y, otros, que, cuando no se tiene ni idea de lo que se quiere y, por tanto, se hacen algunas tonterías, nunca es tarde para darse cuenta, rectificar y cambiar: lección muy valiosa que espero no olvidar nunca.


sábado, 2 de julio de 2016

"El tesoro de la isla": una lectura recomendada (para el verano y para el resto de la vida)


El tesoro de la isla, de Juan Ramón Santos, es mucho más que una novela juvenil entretenida y actual que sirve como homenaje a, ya lo habréis adivinado, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.
Cuenta la historia de Santi Alcón, su encuentro con Juan Plata "El Largo" y, por tanto, su descubrimiento de la literatura "grande" o "de mayores", y todo lo que ello supone en su vida. Es decir, una novela de aventuras metaliteraria que te entretendrá y te llevará, seguro, a otros libros, a otros autores, a otras aventuras en el infinito hilo que supone la lectura que, como diría Homer J. Simpson, es la "causa y solución de (casi) todos los problemas del mundo".

Aquí os dejo una entrevista con el autor en el periódico de un instituto por parte de los alumnos.

Y, a continuación, un capítulo representativo del libro:

10. De polizón a grumete

Nada más entrar en el colegio palpé el bulto de la navaja sobre la tela del bolsillo para asegurarme de que estaba en su sitio, dispuesta para el combate. Los verdes ojos de bronce de don Cipriano Gruñón me observaron indolentes mientras, con los cinco sentidos alerta, atravesaba el claustro y entraba en la biblioteca. No había rastro del guardián de San Cipriano, pero no quería que el tipo pensase que pretendía robarle. Por eso me aguanté las ganas de curiosear entre los libros y comencé a buscarlo asomándome a las aulas, vacías, arrasadas, gritando a cada paso con cautela:
–¡Oiga, oiga!
Pero sólo me respondía el eco débil y amortiguado de mi propia voz.
Había recorrido en vano toda la planta baja y me disponía a subir a la primera cuando escuché la voz ronca a mi espalda preguntándome:
–¿Usas navaja, polizón?
Me di la vuelta sobresaltado, echando mano al bolsillo, y me encontré de frente con él. Sonreía relajado, con las manos apoyadas en la cintura, y su rostro afable me inspiró confianza. A la luz del día me pareció algo más joven que la tarde anterior, aunque tampoco fui capaz de acertar con la edad. Calculé que sería algo mayor que mi padre. Hoy diría que tenía entre 45 y 50 años. Por el pelo castaño alborotado y la hilera de dientes, blanquísima salvo por un brillante colmillo de oro, me pareció en ese momento una suerte de Burt Lancaster venido a menos, maltratado por la vida, algo más delgado y bastante menos musculoso. Vestía una camisa a cuadros amplia, vieja y arremangada que mostraba sin tapujos la interminable y extraña palabra tatuada en el antebrazo –Yoknapatowpha, alcancé a leer, que no a comprender, ese día– y llevaba los vaqueros bastante caídos a pesar del ancho cinturón. Me llamó la atención que caminase descalzo. Quizá por eso se deslizaba con tanto sigilo, cogiéndome siempre a traición. Los pies, más que sucios, los tenía renegridos, y no dejé de darme cuenta, al primer vistazo, de que el izquierdo asomaba acartonado, marchito, sin vida, por la pernera sucia y deshilachada del pantalón.
Sin saber muy bien qué responder, le conté atropelladamente y sin querer dar muchos detalles que mis padres tenían un bar, que a menudo me tocaba servir en la barra, que la navaja era un instrumento de suma utilidad para el camarero común, que me gustaba tenerla a mano y que se me había olvidado dejarla en la cocina al salir.
–Está bien, muchacho. En la vida es bueno ir bien armado. Pero te digo por experiencia que las armas no son siempre las mejores armas, que ni las blancas ni las de fuego... –comenzó a divagar en tono altisonante, pero al momento optó por abortar el discurso y, cambiando de tema, me susurró–: Anda, ven conmigo, que te voy a enseñar mi rincón de lectura.
Lo acompañé por los polvorientos pasillos de la planta baja, bajamos al pequeño patio del parvulario y, antes de salir, abrió una puerta semioculta bajo las escaleras y entré detrás de él en un pasillo lóbrego y estrecho que parecía no tener fin. Por un momento pensé que me conducía a alguna oscura trampa, a algún lugar subterráneo desde el que nadie podría oír mis gritos de dolor, e instintivamente arrimé de nuevo la mano derecha a la navaja, pero justo en ese momento, sin volver la cara, como si fuese capaz de averiguar mis intenciones, me advirtió:
–No tengas miedo, polizón. No voy a hacerte daño. Y no te preocupes, que ya hemos llegado.
Y de un empujón abrió una portezuela metálica, salpicada de herrumbre, que chirriando nos dejó entrar en una sala amplia, abovedada y razonablemente limpia. Tenía a la altura de las vigas sendas hileras de ventanas por las que se filtraba una luz clara y densa que parecía inundarlo todo sin alterar la agradable frescura que flotaba en el ambiente. El lugar estaba vacío salvo por un jergón tirado en una esquina, dos o tres pilas de libros y una silla de playa descolorida y surcada de jirones por los que asomaba una espuma sucia y sutil.
–Son mis últimas adquisiciones. Están pendientes de lectura –me aclaró al descubrir mis ojos clavados en las torres de libros, y con el orgullo y la suficiencia de un terrateniente comenzó a contarme–: Por las mañanas me gusta leer en la biblioteca, porque de la calle entra una luz muy agradable, pero por las tardes, en verano, se está mucho mejor aquí. Hay mucha claridad y se está muy fresco. Lo único malo es que tengo que andar para arriba y para abajo con la silla. Voy a tener que comprarme otra, aunque no sé si encontraré otra tan cómoda como ésta –fue contándome deprisa, sin hacer pausa ni tomar aire, hasta que se le acabó el resuello y después de una honda carraspera concluyó–: ¿A que es un sitio estupendo?
Pero sin darme tiempo a opinar ni a recrearme en la dudosa maravilla del lugar, me urgió:
–Ahora vamos a lo nuestro, a lo que nos interesa. Sígueme, polizón. Vamos a la biblioteca.
Y echó a andar por el lóbrego pasillo de regreso a la primera planta. Como ya he contado, con la pierna izquierda dibujaba al caminar una extraña figura parecida al salto del caballo de ajedrez, pero sus andares eran tan rápidos y ágiles que, lejos de constituir una tara o un obstáculo, aquello más parecía un capricho, una gracia, una manía adquirida a lo largo de los años que, además, parecía servirle para tomar impulso y ganar velocidad en sus desplazamientos. Con ello quiero decir, en definitiva, que me costó un enorme esfuerzo –en aquella y en otras ocasiones en las que se echó a andar arrebatado– mantenerme a su altura, y que casi tuve que correr detrás de él para no perderlo. Por eso no pude concentrarme en la entusiasmada homilía que, de camino, fue desgranando entre dientes, aunque tampoco estoy seguro de que hablase conmigo, pues, como con el tiempo pude comprobar, no era raro que, a la primera de cambio y en medio de cualquier conversación, se enfrascase en extraños diálogos, cuando no en encendidas discusiones consigo mismo, sin importarle lo más mínimo la opinión o la mera presencia de interlocutores o testigos.
No paró de hablar, como digo, en todo el camino, pero al llegar a la biblioteca se calló de repente, dejando que aquella maravilla, la joya de su corona, hablase por sí sola, y se limitó a hacer de nuevo el amplio y seductor gesto con el brazo derecho que yo ya conocía de la tarde anterior, con el que parecía querer abarcar y al mismo tiempo ofrecerme su magnífica librería. Sea como fuera, la puesta en escena tuvo su efecto y, hechizado y boquiabierto, como si me acercase a ellos por primera vez, eché a andar hacia los estantes mientras el tipo me acompañaba orgulloso con la mirada.
–Tampoco te engañes, polizón. Hay mucha purrela –me advirtió, y para demostrar que no había falsa modestia en ello, me explicó–: La mitad son viejas enciclopedias, catecismos, misales, vidas de santos, cosas que quedaron abandonadas en el colegio, aunque también hay anuarios, manuales, novelas de amor y libros escolares que me he ido encontrando en la basura y que rescaté y puse a buen recaudo porque, me interesen o no, no puedo soportar ver libros tirados por ahí, y es que, como decía Sansón Carrasco, «no hay libro tan malo que no tenga algo de bueno»… Aunque en realidad eso ya lo había dicho muchos siglos antes Plinio el Joven... –recapacitó, y se enredó en un discurso descabellado que primero dejé de entender, luego, de escuchar, y que al final tan sólo reverberaba en mi mente como el agua cantarina de un arroyo mientras, arrodillado delante de las estanterías, iba leyendo uno por uno los títulos de los libros.
Es cierto que había varias enciclopedias viejas y obsoletas, de tiempos del Imperio Austrohúngaro, pero no por eso menos interesantes. En unos casos estaban completas, en otros, seriamente diezmadas, reducidas a la breve colección de unos pocos tomos desperdigados. También había bastantes libros de la congregación religiosa que regentaba antiguamente el colegio, así como novelas de amor, libros escolares de geografía, de gramática, de historia, de lengua, de matemáticas o de todo a la vez y otros ejemplares de lo más variopinto, ocupando cerca de la mitad del espacio. Era en la otra mitad donde se amontonaban, sin aparente orden ni concierto, los auténticos libros del guardián de San Cipriano, muchos en otras lenguas, inglés, francés, alemán, portugués y algunas otras que no logré identificar. Había muchas novelas, pero también relatos, poesía, ensayos, atlas y libros de arte, aunque juraría que entre tanto libro no fui capaz de encontrar ni un solo autor, ni un solo título –aparte, claro, de Moby Dick– que me resultase conocido.
El tipo siguió hablando solo durante un buen rato, pero luego se calló y permaneció callado mientras yo agotaba mi ronda de reconocimiento. Al terminar me volví y lo encontré en cuclillas en el suelo, observándome satisfecho, con una sonrisa de oreja a oreja.
–Vamos, muchacho, dime, ¿qué te apetece leer?
–No lo sé. La verdad, no me suena ningún título–le respondí con toda franqueza.
Se rascó entonces la barbilla y, aún en cuclillas, me preguntó:
–Vamos a ver: ¿tú qué lees, muchacho?
–No sé. Libros de los Cinco, de los Hollister, de los Tres Investigadores, de los Siete Secretos...
–¡Mucha gente es esa para un solo libro! –me interrumpió entonces con sorna.
–Son libros diferentes –le aclaré con toda inocencia, pero, sin atender mis explicaciones, me preguntó:
–Dime, ¿qué edad tienes?
–Trece años.
–¡Trece años! –exclamó echándose exageradamente las manos a la cabeza– ¿Y no has leído a Chesterton, a Edgar Allan Poe, a Robert Louis Stevenson?
–No, señor –contesté instintiva, ridículamente marcial.
–¡Por las orejas de Belcebú! ¿Ni siquiera has leído La isla del tesoro?
–Sí, La isla del tesoro me la regalaron cuando era pequeño, tenía unos dibujos…
–¿Y a Emilio Salgari? ¿Y a Julio Verne? –me interrumpió de nuevo.
–A Salgari, no, pero he visto las películas de Sandokán. De Julio Verne sí he leído algo. Tengo Los hijos del capitán Grant y Cinco semanas en globo en unos libros muy pequeñitos...
–¡Demonios! Todo esto me huele a esas malditas adaptaciones infantiles... –masculló meneando al cabeza– ¿Y Alicia en el país de las maravillas?
–El cuento de Alicia sí que lo he leído.
Pero mis respuestas no debieron de convencerle demasiado porque, sin dejar de menear la cabeza ni de rascarse la barbilla, repitió varias veces como pensando en voz alta:
–Algo es algo, algo es algo… Pero no es demasiado. No es suficiente, no –y al cabo de un rato, después de pasear la vista por el techo de la biblioteca sin decir palabra, se incorporó de un salto y, poniéndome su ardiente mano en el hombro, me advirtió–: Tenemos mucho trabajo por delante, muchacho.
Y echándose a caminar en espiral a mi alrededor dibujando círculos cada vez más amplios en el vasto espacio vacío de la biblioteca, fue dictando su diagnóstico:
–Vas a tener que irte olvidando de misterios, investigadores y aventuras de esas, polizón. A ti lo que te va haciendo falta es un poquito de Aujourd’hui mamam est morte, algo de Steppenwolf, un poco de... Aunque quizá sea demasiado intenso, así, tan de pronto. Además, no creo que tenga por aquí nada de eso en castellano. ¿Qué podría yo dejarte que tengamos a mano y que puedas entender? ¿Qué podrías tú leer que… –comenzó a decir sin llegar a cerrar el signo de interrogación, pues antes exclamó entusiasmado– ¡Ya lo sé!, ¡ya lo tengo! –pero no debía de tenerlo tan claro porque al momento, sin dejar de caminar, dándose suaves golpes en la cabeza, se preguntó– ¿Estás loco? ¿Cómo quieres que el muchacho entienda eso si no ha pasado de los cinco investigadores? Este polizón es un chico listo, te lo digo yo –se contradijo defendiendo su aún desconocida propuesta–, a éste no se le pone nada por delante… ¡Tú verás lo que haces! –claudicó, y frenando en seco, cuando ya se había alejado de mí, en su paseo en espiral, unos seis o siete metros, me preguntó desde lejos en voz alta–: ¿Tú confías en mí, muchacho?
–Sí –le contesté de inmediato, aunque cada vez confiaba menos en él, y no porque lo considerase peligroso, sino porque cada vez tenía más claro que estaba loco.
–Pues, verás, te voy a prestar un libro muy especial, pero me tienes que prometer que lo vas a leer con mucha atención y que te lo vas a acabar aunque te cueste algo de trabajo –me dijo mirándome muy fijamente a los ojos, y después de rebuscar entre los libros me tendió un ejemplar pequeño, delgado, amarillento, de aspecto frágil y quebradizo.
La portada era sencilla. Su único adorno era un recuadro marcado por una línea doble, con un símbolo extraño en el medio dibujado a plumilla detrás del cual se insinuaban una mano abierta, una esfera luminosa, un reloj de arena. Debajo del extraño símbolo podía leerse Editorial Losada, S.A, Buenos Aires, y por encima, el nombre de un autor y un título de los que no había oído hablar en mi vida: Jorge Luis Borges, El Aleph.
Tomé el libro de sus manos sin mostrar demasiado entusiasmo. Lo abrí con cuidado y comencé a hojearlo. Olía a viejo. Parecía una colección de cuentos. Ninguna de las dos cosas, ni lo viejo ni los cuentos, me entusiasmaban, pero aun así, me dio, más que miedo, reparo llevarle la contraria y, al cerrarlo, sujeté el libro con decisión contra mi pecho y le di las gracias.
–¿Quieres llevarte alguno más? –me preguntó entonces.
–No, gracias. Creo que con este tengo bastante –le contesté.
–No sabes bien hasta qué punto –me advirtió. Aunque te parezca breve, es de esos libros que se pueden leer tantas veces que acaban pareciendo infinitos, y no veas si le gustaba a Borges lo infinito...
Pero para entonces yo no tenía ya demasiadas ganas de conversación. Aquel raro libro de cuentos no era lo que yo iba buscando para matar el rato el fin de semana, pero no me atrevía a contradecirlo, y me sentía algo decepcionado. Quizá por eso su inagotable letanía me empezó a resultar insoportable y, tratando de cortar en seco, le pedí la hora, y, para no resultar demasiado brusco, le conté lo sucedido la noche anterior, que estaba castigado y que no me convenía regresar tarde para no enfadar de nuevo a mis padres
Entonces el tipo comenzó a doblarse, a estirarse, a realizar extraños movimientos, a jadear, a resoplar, y lo miré atónito, sin saber muy bien qué le sucedía, hasta que, por fin, logró sacar de un ajustado bolsillo del vaquero un reloj de cadena.
–El tiempo hay que cuidarlo bien, grumete: al final es lo único que tenemos –me dijo como para justificar tanta contorsión antes de abrir la tapa plateada del reloj, en cuyo interior me pareció ver la fotografía en blanco y negro de una mujer, antes de oírle decir–: Las nueve menos diez.
–¿Ya son las nueve menos diez? –exclamé sinceramente sorprendido de que hubiesen pasado ya dos horas–. Lo siento, pero me tengo que ir… ¡La que me va a caer!
–No te preocupes, muchacho. Cuando termines de leer el libro, si ya te han levantado el castigo, vuelves y charlamos un rato.
–Hasta otro día –le dije por fin, echándome a correr hacia la puerta.
–¡Corre, grumete, corre! ¡No llegues tarde! –le oí todavía gritar mientras atravesaba a toda velocidad el claustro.

Juan Ramón Santos, 
El tesoro de la isla

viernes, 1 de julio de 2016

Destino(s)

Es ponerme a rellenar la petición de centros para el año que viene y pensar, automáticamente, en los versos de esta canción:
(...)
"Quiero elegir del mapa 
un lugar sin nombre adónde ir: 
será el lugar donde viva 
lo que quede por vivir
(¡eso es mucho tiempo!)"


martes, 28 de junio de 2016

Tenemos que seguir vivos: no importa cuántos cielos se hayan desplomado

«Nuestra época es fundamentalmente trágica, por eso nos negamos a tomárnosla trágicamente. La catástrofe ya ha sucedido; estamos entre las ruinas, intentando construir pequeños y nuevos espacios habitables, creando pequeñas y nuevas esperanzas. Se trata de un trabajo arduo: ya no quedan caminos llanos hacia el futuro y sorteamos y superamos los obstáculos con dificultad. Tenemos que seguir vivos, no importa cuántos cielos se hayan desplomado»

D.H. Lawrence.
El amante de Lady Chatterly.

martes, 21 de junio de 2016

Enhorabuena


Álvaro Salgado resume nuestro Taller de Haikus 2016

A lo largo de la historia ha habido grandes poetas que han conseguido cambiar el mundo con sus pensamientos y sentimientos transformados en palabras.
Lope de Vega, William Shakespeare, Walt Whitman o Pablo Neruda son famosos  poetas (entre otras cosas) que siempre nos han deleitado con sus creaciones, algunas con muchos versos y otras con pocos. Hoy vamos a centrarnos en el segundo grupo y vamos a descubrir un nuevo tipo de poema, diferente a los que estamos acostumbrados.
Estos poemas se llaman “Haikus” y (como algunos pueden haber adivinado por su nombre) son de origen japonés. Sus principales características son que solo tienen tres versos, los cuales tienen un esquema métrico (número de sílabas de cada verso) de 5,7,5. Normalmente no tienen rima y están basados sobre una reflexión que se “obtiene” al observar diferentes aspectos de la naturaleza.
Debido a que son poemas bastante “curiosos” (pues no son los “tradicionales”), los alumnos de 2º de ESO los han estudiado en clase de literatura, y cada alumno ha debido crear algunos haikus. Se han creado una gran variedad de ellos, de los más divertidos y extraños hasta los más hermosos y tristes. Aquí tenemos algunos ejemplos:

Patricia Morgaz (2 G)           Manuel F. Mateo (2G)         Ángel Ruiz (2A)
Pasó el tiempo:                      Un pato feo:                      Con el bolígrafo
se marchitan las rosas             en la charca nadaba            me dedico a dibujar
y el amor se va.                      ¡Qué pena daba!                mi porvenir.

Alba Guerra (2A)                        José Manuel Murillo (2A)         Álvaro Salgado (2A)
Hoy me despierto,                     La oscura noche,                         Muerte soñada,
pienso en lo que me espera         algo está escondiendo:               guerra de luz y luna,
y retrocedo.                              como el día.                               vida temida.

Aunque algunos están más trabajados que otros, lo importante es que los alumnos han aprendido más acerca de la cultura japonesa, han fomentado su creatividad literaria y, sobre todo, se han divertido aprendiendo.
 Álvaro Salgado Vega informando para EL Heraldo del IESChN 

miércoles, 15 de junio de 2016

Milhouse somos todos


Refranes sin afanes

¿Qué es un "refrán"?

Los refranes son frases o sentencias que recopilan el saber popular, normalmente basándose en la experiencia.

En cierto modo, tienen (relativa) relación con la poesía en su intento de sintetizar la verdad de una forma pegadiza, con una estructura determinada y muchas veces con ritmo o recursos literarios como el doble sentido o la metáfora (por ejemplo: "para hacer una tortilla, hace falta romper unos huevos").

Pero, además, en esta actividad de "refranes son afanes" vamos a entablar más relación con la poesía buscando la originalidad, como hicimos con los pies de foto en "Pies en polvorosa".


¿Cuántos refranes conoces? ¿Quién te lo has enseñado? ¿Dónde los has oído? Por parejas, haced una recopilación de TODOS LOS REFRANES QUE PODÁIS, a ser posible con la estructura (habitual de dos partes) Ejemplos:

A quien madruga Dios le ayuda.
No por mucho madrugar amanece más temprano
Dime con quien andas y te diré quien eres.
Quien mal anda mal acaba.

AHORA ES VUESTRO TURNO. ¡TIEMPO!

-Debate: ¿son verdad los refranes? ¿Todos? ¿Son infalibles? ¿Se contradicen?

-Monólogo sobre refranes:




ESTO ES EXACTAMENTE LO QUE TIENES QUE HACER TÚ. 

Podéis hacerlos en pareja y comenzando con los que habéis escrito hace un rato.

Finalmente, deberéis entregarlo en forma de presentación.

Recuerda que lo más importante de la actividad es la originalidad y creatividad.

6-Otro ejemplo que puede servirte es CREAR TUS PROPIAS COMPOSICIONES POÉTICAS A PARTIR DE JUGAR A TRANSFORMAR REFRANES.


Si no salta liebre,
a la olla con el gato,
con su sofrito y sus cosas buenas.
Luego pondré velas, cenamos,
acto seguido nos amamos
y contamos, una a una,
las estrellas ¡todas ellas!

Un, dos, un, dos, tres,
cuatro, cinco, seis,
siete, ocho, nueve y diez...

Que me dices si te digo:
"tanto tiempo mirando a las moscas...
que cuando me miras
con esos ojitos de rana,
no sé, uno se acojona."

Y hay más príncipes, princesa,
y peces en el río...
Pero el río baja tan contaminado...
que no es echarle la culpa al pescado,
tal vez prefiero carne
o no me mojo... o soy de secano.

Hay que tener un corazón
que se te salga del pecho
aunque a veces pareciera
que se te revienta el tórax.

Si te vas,
lloraré como una niña tonta;
si te vas de verdad,
no me dejes por medio tus cosas:
puerta y mucha mierda.

Tizas de colores, zapatos nuevos,
agüita de mayo...
¿dónde coño puse el chubasquero?

Tizas de colores, zapatos nuevos...
no me gasto ni un duro en suelas
desde que ando a dos palmos del suelo
y tarareo

shalala, lalalalala, lalala.

O esta otra canción de Gabinete Caligari "Malditos refranes".
Me levanté temprano
pero Dios no me ayudó.
Anduve muy caliente y la gente se rió.

No le miré los dientes y qué poco me duró.
Dejé correr el agua y la sed me consumió.
Pero al fin algo sí se cumplió: quien bien me quiso sí que me hizo llorar.

¡Malditos refranes! El último reí, pero no reí mejor. Le puse buena cara al mal tiempo y continuó Me arrimé a un buen árbol y me sigue dando el sol.
Hice de Viridiana y un pobre me la jugó. Pero al fin algo sí se cumplió: quien bien me quiso sí que me hizo llorar
¡Malditos refranes! No quiero escuchar más. Malditos refranes: acude al refranero si quieres encontrar antídoto o veneno para tu voluntad.

Aunque ya sabrás si eres buen entendedor que pocas palabras bastarán entre tú y yo.

Sin olvidar esta de  Manolo García:




...o esta de Los Rodríguez, "100 pájaros volando":




Ahora, dado que estamos en un centro bilingüe, vamos a practicar la misma actividad en inglés, es decir, a trabajar la creatividad con los IDIOMS, gracias a esta presentación tan currada que realizó el profesor David en colaboración con nuestra compañera Deme.


También hay varias canciones en inglés hechas a partir de este sistema.




lunes, 13 de junio de 2016

No habré vivido en vano.


Si yo puedo evitar que un corazón se rompa,
no habré vivido en vano.
Si puedo mitigar un sufrimiento,
o calmar un dolor,
o siquiera ayudar a un desvalido pájaro
a que vuelva a su nido,
no habré vivido en vano.
(Carta al mundo,
Emily Dickinson)

Un día nos vamos a morir