martes, 26 de diciembre de 2023

"YO NACÍ LIBRE": Marcela y el feminismo en DON QUIJOTE DE LA MANCHA

EL DISCURSO DE MARCELA (artículo de CRISTINA PERI ROSSI publicado en El Mundo el 23/04/2017)
A continuación, vamos a disfrutar del discurso de Marcela íntegro y a debatir sobre él: 


 

“El primer discurso feminista de la literatura española es la autodefensa de Marcela…”

…. extraordinario personaje que aparece en los capítulos XII, XIII y XIV de Don Quijote. El relato de Marcela descubre una posibilidad de mujer liberada, autónoma, independiente y que rechaza el matrimonio y a los hombres, prefiriendo estar con mujeres de condición social inferior (pastoras), ser ella misma una pastora, aunque sea de origen rico y tenga fortuna propia. Marcela es admirada y codiciada por los hombres, sin distinción de clase social, por su belleza, además de por ser rica, se convierte en el azote de ellos (Grisóstomo acaba de ahorcarse, víctima de despecho amoroso) porque no le interesan los hombres. El no de Marcela tiene el poder de revertir las relaciones tradicionales de poder entre los sexos: al renunciar al matrimonio, se convierte en fálica, ella detenta el poder, e inaugura, involuntariamente, una lucha de rivalidades entre ellos por su conquista.

Marcela reclama la libertad de ser como ella quiere ser. Busca la independencia, separándose de la vida social. No se ha convertido en pastora para jugar con una retórica, para someterse a los lugares comunes de un género literario, rechazando a los pretendientes, lo que realmente desea es encontrar un refugio para su independencia. Primero explicará que es libre de amar a quien quiera y no a aquél que la ame: «Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado a lo que es amado por hermoso amar a quien le ama». Después reclama su derecho a escoger libremente la soledad: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles de estas montañas son mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y mi hermosura».

En el capítulo XIII Marcela reivindica su libertad y se defiende de la acusación de mujer fatal subvirtiendo los roles tradicionales del género de la época. Igual que Helena, en La Eneida, de Virgilio, Marcela se rebela contra su belleza como único atributo. El discurso empieza con la frase: «Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa (…) a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aún queréis que esté yo obligada a amaros». He aquí una mujer hermosa que reniega de su belleza porque no ha hecho nada para merecerla, y que pretende ser querida por quién es. Aplicando una lógica implacable, Marcela reprocha a los hombres: «Si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?».

Marcela es uno de los primeros personajes femeninos de la literatura universal que desacraliza el mito de la belleza femenina; en lugar de ser un atributo, se convierte en una pesadilla, porque es perseguida por los hombres, deseada, cuando no desea, y zaherida, por su independencia. Los hombres la quieren poseer y dominar porque es hermosa (y rica); debe rebelarse contra esa condición, no entregando su belleza y renunciando a su condición social, transformándose en una pobre pastora. La histeria de Marcela (así hubiera sido calificada por la psicología tradicional, machista: una frígida histérica) es una forma deliberada de feminismo, de contestar a una sociedad patriarcal, donde las mujeres valen sólo por su físico.

«A los que he enamorado con la vista, he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna, bien se puede decir que les mata su profía y no mi crueldad (…) Mi intención es vivir en perpetua soledad y de que sólo la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura».

Marcela expone uno de los conflictos más comunes en la guerra de los sexos: si una mujer es hermosa, se convierte en un trofeo y los hombres disputan por ella; si no se entrega, los hombres la acusan de cruel y perversa, pero si se entregara a uno de ellos, perdería su libertad, se convertiría en una esclava más.

No existe en la literatura, hasta ese momento, un alegato más poderoso, más sombrío a la vez. Marcela descarta cualquier compañía humana: «Yo, como sabéis, tengo riquezas propias; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste ni solicitó a aquel; ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas y el cuidado de mis cabras me entretiene».

La bella Marcela ha elegido la soltería y la soledad como contestación al machismo dominante.

Podemos decir que con este discurso, Cervantes funda la hipótesis de la frigidez femenina como una reacción de la mujer a ser tratada como objeto, uno de los temas favoritos del feminismo de la segunda mitad del siglo XX, a partir de Simone de Beauvoir y del Segundo Sexo.
Discurso de Marcela: «Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?»

«Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito».

«El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.»
 La libertad llevó a configurar la mayoría de los personajes femeninos de Don Quijote. Los principios de independencia y libertad rigen las vidas de las mujeres que aparecen en la mayoría de los capítulos que aparecen en la historia.

Entre las damas cultivadas y seguras de sí mismas, en donde se cumple de una forma más radical el pensamiento de un Cervantes anticipado a su tiempo, está el personaje de Marcela, que encabeza su manifiesto con el famoso grito: «Yo nací libre».

Marcela reivindica el privilegio de vivir sin trabas, sea soltera, casada u holgando a su antojo de lo que llama su libre condición.

Este que sigue es un fragmento de su discurso a los amigos del fallecido Crisóstomo, que se suicidó porque ella no lo aceptaba como futuro marido: «El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. (…) Yo como sabéis tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme (…) Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte».

Cuando los amigos de Grisóstomo responsabilizaron a Marcela del suicidio del primero, que tomó la decisión de quitarse la vida por los desdenes de la resuelta doncella, Marcela, en la cima de una peña realiza un precioso discurso defendiendo su inocencia en aquella muerte y su libertad frente a la tiranía del amor.

Se trata de una perfecta pieza de oratoria en la que se efectúa una defensa de los derechos de la mujer en una época en la que esta se encontraba sometida, primero a su padre y, después, a su marido, que, casi siempre, se lo elegían sin su consentimiento.

Y es que según José Miguel Lorenzo Arribas “El discurso feminista de la pastora Marcela termina de una manera incomprensible en un contexto patriarcal: «tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni solicito aquel, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro».

Marcela no tiene al varón como medida del mundo; ni siquiera se opone a él, como pretenden los machos que tratan de ridiculizar y zaherir las propuestas feministas. Simplemente, no reconoce como interlocutores a quienes solo ven en ella un buen partido, por sus riquezas, hermosura, y sexo.

Sólo don Quijote estuvo a la altura de las circunstancias. Si la liberación del galeote le ha valido fama de libertario, el episodio de la pastora bastaría para sumarle el calificativo de feminista.” 


 


 

JORDI GRACIA EN CERVANTES: LA CONQUISTA DE LA IRONÍA, un interesantísimo ensayo, hace estas brillantes apreciaciones:
En este loco irremediable alienta de forma todavía tímida algo que lo redime o absuelve de la mera locura, que lo aparta de ser sólo una cabriola ambulante y risible.
Cervantes está vistiendo a don Quijote con el estereotipo chistoso del loco delirante y desvistiéndolo a la vez con evidentes muestras de cordura y buen corazón, sin dejar de insistir una y otra vez sobre la falta de juicio de su personaje: es un engranaje irónico insoluble. Sigue siendo verdad que don Quijote se tiene a sí mismo como el que tiene «más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir» y «más maña en el derribar». Pero el discurso de la edad dorada no tiene atisbo de mentecatez, desvarío ni sospecha de disparate porque va tan en su punto que pudiera parecer sacado de una escuela de letras.El mejor y más justo valedor de las calumnias contra Marcela es don Quijote porque ella ha
mostrado nada menos, según él, que «con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes». Por esa causa evidente, «es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo». Esta vez Cervantes no menciona ni falta de juicio, ni mala
cabeza ni insensatez alguna de don Quijote porque está ya en la conciencia del lector la evidente locura del personaje y, sin embargo, en la misma conciencia del lector está la veracidad valiente de la defensa de Marcela.
El sortilegio está en marcha y no hay ya vuelta atrás. Este Quijote está dejando de ser sólo un chiflado gracioso porque lleva dentro también una cordura insólita. Esta invasiva duplicidad irónica contagia la novela entera, y don Quijote es víctima de su mala cabeza y de sus múltiples calamidades como el lector es víctima a la vez de la inextricable sensación de que reírse es a la vez admirarle, de que escuchar su desvarío caballeresco es el requisito para respetarlo. El mundo ha dejado de ser en esta novela un mapa de verdades excluyentes y absolutas porque en el corazón de la novela se ha instalado una ironía esencial que no va a dejar de estimular la inteligencia narrativa de Cervantes para suspender o incluso socavar las convicciones dogmáticas y apodícticas de la tradición idealista donde las cosas son lo que son y no pueden ser otra cosa.
Está prestando con la ficción la voladura latente del sistema de creencias y de principios de un mundo que todavía está muy lejos del nuestro, que todavía vive bajo principios y jerarquías inamovibles, donde las cosas son de una vez y no pueden ser a la vez la contraria. Cervantes encadena en la novela múltiples episodios que una y otra vez desafían esa ley, aun cuando los juicios y criterios de Cervantes sean firmes
y seguros y quizá incluso irreductibles: no es un escéptico ni un relativista en absoluto pero la novela fragua una conciencia irónica del mundo más allá de las creencias del propio Cervantes. En su quehacer natural y rutinario, en su charla peregrina y apacible, don Quijote no es ni héroe ni orate, sino héroe y orate a la vez.
No va a desaparecer desde aquí. Cervantes acaba de empezar una aventura perturbadora porque la conformidad del lector con la sensatez del caballero choca una y otra vez con la evidencia tronchante del desvarío del caballero, o de la corriente alterna entre desvarío y lucidez: es ya una y otra vez loco y cuerdo, ridículo y admirable. Es ya el dispositivo interior de una novela donde el lector deja de vivir en
la pacífica certidumbre de un mundo estable y fijado para divisarlo desde una obra que integra a la vez la cordura y la locura. Cervantes sabotea a través de una novela cómica (es decir, inteligente) la visión tradicional y binaria, como si hubiese dejado de regir el principio de no contradicción que gobierna la comprensión clásica del mundo y, al menos en esa novela, las cosas encuentran un estadio nuevo en el que a la vez son y no son cosas incompatibles.
Cervantes ha encontrado lo fundamental sin buscarlo y entre manos tiene un loco y un bobo entreverados de cosas diversas a su condición y contradictorias con ella.
Don Quijote y Sancho han dejado de obedecer al patrón tipificado del cuento primitivo para ir creciendo por su cuenta y con sus debilidades mientras charlan con su habla retórica y encendida o sus coloquialismos disparados, como seres de carne y hueso que se alteran y enfadan y se admiran de las respectivas rarezas. Esa libertad de que se ha dotado Cervantes, cada vez más suelto y más desacomplejado, arrastra con ella solecismos, banalidades chistosas y juegos de palabras, cosas fútiles y callejeras, mientras se descubren como personajes trabados a la oralidad conversada, piensan a pie y a caballo, sentados a la mesa de la venta o a la sombra de un alcornoque sobre las cosas de la vida, sobre los tiempos pasados, sobre el afán de justicia, sobre el amor como bien o sobre el dolor de amor.
Cervantes despliega para Sancho una personalidad más allá del gracioso marginal que actuaba como escudero de Bernardo del Carpio en La casa de los celos y lo hace suspicaz ante el trato con los demás, receloso de los beneficios que incautamente creyó inmediatos, débil con las adversidades que encadenan y pronto tentado una y otra vez a volver a casa para evitar males mayores, codicioso sin reservas e impaciente con la rigidez del código de honor del caballero, embustero y oportunista cuando conviene. No esconde un alma de golfo como la de cualquiera porque miente, inventa, finge y gestiona a su conveniencia, contagiado cada vez más de una duplicidad a escala menor. Como hermanos de sangre los ve el cura, con un Sancho que tiene encajados «en la fantasía los mismos disparates de su amo», mientras repite Cervantes que don Quijote «discurre razones» con «un entendimiento claro y apacible en todo», fuera de la locura caballeresca. Incluso Rocinante cobra vida humana, y también a él se le acelera el corazón cuando vive un encuentro tan delicado y hermoso que sólo cabe deducir que Cervantes ama, como poco, a los caballos, a la vista de la empatía indisimulada con que hace a Rocinante tontear con
unas yeguas reticentes en otra escena sentimental e intimista, quizá sólo comparable con la que vivieron en el jardín de Agi Morato el capitán cautivo y la cabeza fingidamente desmayada de Zoraida sobre su pecho.
Los mejores libros lo tienen todo y el suyo ha de tenerlo todo también porque todo ha de caber ahí, sin resignarse a que sea sólo pastoril o caballeresco o aventurero o amoroso o poético o heroico, sino todos a la vez y sin desdeñar a ninguno. Así en el suyo habrá héroes y villanos, pastores y cabreros, damas y caballeros, cultos e ignorantes, humor y solemnidad. Ese es su libro ya, o lo es al menos el experimento
revolucionario que está en marcha, sin género clásico y sin modelo noble que lo acoja, como explicó Edward Riley hace muchos años, sin teoría ni filosofía poética que lo ampare, sin preceptista antiguo o moderno al que acogerse, sin filósofo que cuente bien lo que se le ha ocurrido y lo que de hecho ha puesto en marcha sin pensar en ellos y sin pensar en nadie.

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