En 1944 tuvo lugar la primera edición del Premio Nadal, uno de los más importantes de la literatura en castellano. Para sorpresa de todos, "Nada" la novela galardonada, pertenecía a una autora de 23 años absolutamente desconocida: Carmen Laforet (biografía en Wikipedia).
La primera novela de Laforet, Nada, había sorprendido en 1945 por la franqueza con que piensa su protagonista, Andrea, una joven rebelde a las consignas y a los miedos de sus mayores que busca su propio camino de la mano de su mejor amiga, Ena, personaje inspirado en una amistad real de la joven Laforet, Linka Babecka. Ena es quien mueve los sentimientos de Andrea, quien tiene la llave de su felicidad. Nada es un relato escrito en clave existencialista mucho antes de que a España llegaran los primeros libros de Sartre o de Camus. Y tuvo un éxito arrollador, pero también ocasionó a la joven Laforet muchos quebraderos de cabeza porque su familia paterna se vio retratada en la novela y la imagen que se desprendía de ella no les gustó, no les podía gustar, lógicamente. De forma que a raíz de la publicación de esta primera novela surgió un distanciamiento en las relaciones con su sobrina, al verse retratados de una forma tan ácida y amarga. Las miserias íntimas y familiares, algunas propias de la inmediata posguerra, se convertían en una experiencia de dominio público y al alcance de cualquiera. Por otra parte, en Nada se sugerían sentimientos de difícil justificación en los años cuarenta. Podría decirse que la joven Laforet quedó aturdida, o mejor dicho, atrapada entre dos fuegos: el familiar y el suscitado por la lectura de la novela en torno a la sexualidad de su famosa protagonista, Andrea. (...)Años después seguía en estado de shock: ¿cómo escribir sin arruinarse la vida, sin hacer explícito lo más íntimo de su carácter, que era precisamente uno de los motores de su escritura? (...)
Álvarez le abrió los ojos a una nueva realidad. «Antes pensaba que esta confianza espiritual se debería tener solo con el marido. Ahora estoy totalmente segura de que ningún hombre la merece, ni la quiere, ni sabe qué hacer con ella» le escribirá unos meses después, cuando las dos mujeres se han convertido ya en inseparables. Se cartean diariamente si están lejos la una de la otra. Si se encuentran en Madrid, o se visitan o se llaman por teléfono, y Laforet disimula ante su familia la constancia telefónica de su amiga diciendo que habla con un editor que se llama Adolfo. Pero Adolfo no existe, es Lilí quien envuelve a Laforet en un afecto y una preocupación por ella tan continuos que se rinde a su apostolado. La escritora creyó firmemente que el nuevo sentimiento, su amor a Cristo, llenaría los vacíos de su vida, la insatisfacción, el deseo que no tenía nombre (...)
Yo vivo mi cariño por ti preparándome a despedirme de ti todos los días. No hay cosa más desgarradora... Poco te he contado de esto que por ti sufro, porque sería idiota hacerlo. Pero Dios lo sabe. He ido a Él con la cobardía de este sufrimiento muchísimas veces y le he dado mi carga. Así poco a poco has llegado a ser querida en mi alma, y lo que empezó por cobardía se va convirtiendo poco a poco en valor. Ahora me parece que soy capaz de intentar seguir a Cristo con mi Cruz a cuestas... Hablo en parábolas, como el Evangelio. Tal vez no me entiendas. Al principio quería apartarme de quererte para que todo me fuera más fácil. Esto es sabio, prudente y… cobarde. Ahora soy menos cobarde, menos prudente y... tan sabia como antes. Solo procuro superar esta sabiduría que me han dado treinta y un años de vida muy difícil sobre la tierra. (...)Laforet escribió una novela dando cuenta de ese cambio ideológico, titulada La mujer nueva, en la que una esposa de la edad de Laforet abandona a su marido y a su hijo en pos de una «vida nueva», solitaria y entregada a la oración. La novela, dedicada a su amiga Lilí, se publicó en 1955 y supuso un giro que a nadie pasó inadvertido. De nuevo se situaría en el ojo del huracán de todos los comentarios. La tercera novela que Laforet daba a conocer a sus lectores resultaba incomprensible para muchos incondicionales de Nada. De hecho, buena parte de la crítica reaccionó de forma adversa al echar de menos la voz de aquella narradora rebelde que les había cautivado. Que la audaz y joven escritora, admirada por su generación, terminara sometiéndose a la doctrina del catolicismo impuesta por el régimen franquista, no la favoreció. Las críticas y reacciones negativas mermaron su autoestima. (...)
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Hoy, gracias al epistolario cruzado con Lilí Álvarez podemos comprender mejor que nunca las coordenadas vitales y literarias al escribir La mujer nueva. Ambas mujeres se ayudaban mutuamente, proyectando asimismo viajes y planes sobre su inmediato futuro. Se tenían la una a la otra, pero en diferentes dosis. La escritora era una mujer casada y con cuatro hijos; sus compromisos familiares eran muchos, y su temor a las habladurías aumentaban día a día, mientras que Lilí se había enamorado de Laforet y parecía dispuesta a asumir los riesgos. (...)
El enfriamiento definitivo se produce a raíz de la noticia del último embarazo de la escritora, en verano de 1956, un hecho que nos era desconocido al publicar la primera edición de Una mujer en fuga. Cuando se lo comunica a Lilí, desde Raxó (Pontevedra), esta no puede evitar el enfado y, furiosa por los celos que siente de la vida conyugal de su amiga, la considera una «bárbara inconsciente» que pone a prueba su amistad. Laforet muestra una gran sensatez y le pregunta si esa actitud es cristiana: «¿Sería cristiano que yo ahora que comulgo todos los días limitase la natalidad de mis hijos por miedo a todos los inconvenientes prácticos y afectivos? Dime, querida mía, ¿cuál es la lógica de nuestra conducta?». Y añade: «Yo sé —me parece— que me tienes que seguir queriendo, aunque siga mi camino de Cristo, con todos sus inconvenientes, con todas sus espinas, con todos sus tormentos físicos... y, añado, espirituales». Lilí contesta con una carta en la que, de nuevo, dice sentirse herida y desgraciada, y agrega que ya nunca podrá volver a creer en ella.
La respuesta de Laforet es estremecedora: «Yo, en cambio, te espero con los brazos tendidos... pero tengo que esperarte. O bien tirarme al surco y marcharme contigo todo recto, caminito del infierno, cosa que tú eres la primera en prohibir... como es natural. Pero que no sería tan difícil algunas veces. Porque todos estamos siempre al borde de un pozo, y solo la Providencia, cuando se lo pedimos con tan buena voluntad como lo hacemos tú y yo, nos sostiene». Laforet intenta enfrentar a su amiga con la verdad, despojada de misticismos: «No, niña mía. Aunque tú te obstines en creerlo y en disfrazarlo, en tu sufrimiento no hay nada espiritual (como nada espiritual hay en el mío, cuando sufro también) y hay que saberlo, y hay que querer purificarse». Por una vez, la escritora no ejerce sobre sí misma la violencia acostumbrada, no se refugia en la autocensura, sincerándose acerca de la raíz carnal de sus sentimientos y de su deseo de sublimarlos a través de la oración. Impresionante carta, que de poco podía servir ya porque la situación era insostenible para ambas mujeres, cada una enquistada en su propio dolor y en sus propias resistencias a un deseo imposible. El fin de su amistad llegó en octubre de 1958 (...).
En La insolación, Laforet escribiría, transformada y aun tratando de escapar de lo autobiográfico, su propia y desoladora historia con Lilí Álvarez y con tantas otras amigas a través de Martín Soto. De Andrea a Martín Soto, siempre la misma preocupación, ese «desencanto» que tan bien describe Gonzalo Sobejano en su crítica literaria sobre la obra de Laforet en su Novela española de nuestro tiempo. (...)Su relación con Lilí Álvarez formaba parte de un mundo cerrado a cal y canto en los años cincuenta, conflictivo, imposible. En otra larga carta dirigida a su amigo y gran admirador Ramón J. Sender, escrita desde Gijón, el 11 de septiembre de 1973, Laforet le ofrecía la siguiente versión sobre su propia vida sentimental y amorosa: Personalmente te diré que físicamente solo he conocido un amante y ha sido mi marido, y fue bien en ese aspecto; pero mi fuerza va por otra parte de mi ser, y en ese asunto soy completamente objetiva y comprensiva…, aunque en cambio las cosas de tipo sentimiento, espíritu o lo que quieras llamarle, pueden ponerme en peligro continuamente (en peligro de mi independencia dichosa, que parece que es lo que me arrastra más…). (...)«Mi fuerza va por otra parte», reconoce Laforet. Pero las fuerzas del medio circundante tuvieron un peso directo sobre su personalidad y su futuro como novelista. (...)la conferencia que debía dar en la UIMP aquel verano. La había titulado «Vivir y escribir»,2 y estaba decidida a abordar en ella, una vez más, la espinosa cuestión de la vida del escritor en relación a su literatura. Una cuestión que preocupaba mucho, que obsesionaba, a Laforet y que quiso resolver.3
Philiph Roth lo ha expuesto con notable claridad: un escritor no es tal si carece de la fuerza necesaria para enfrentarse a este conflicto insoluble y seguir adelante. Pero esa fuerza de la que habla Roth como de algo necesario ¿cuánta fuerza es?, ¿cómo se consigue? En todo caso, no deja de ser una paradoja que la negación constante que hizo Laforet de la importancia de la biografía en su obra debiera enfrentarse a un hecho que esperamos poder probar aquí, y es que lo más valioso de ella es una destilación de su memoria personal, una escritura urdida por hechos y sentimientos que son inseparables de su vocación literaria. Laforet no pudo admitirlo porque, como veremos, se jugaba demasiado, y entonces cayó en la trampa de pensar que una literatura hondamente autobiográfica, como la suya, era, precisamente por ello, de naturaleza inferior a la verdadera creación. Esa trampa, que podemos denominar como de la «verdadera creación», ha asociado tradicionalmente la experiencia artística a un determinado modo de escribir, que no era el suyo. Y Laforet no tuvo el coraje suficiente, en su momento, para seguir su certero instinto, su más honda necesidad, de escribir sobre sí misma y sobre sus demonios, como había hecho en sus primeras novelas, lo mejor de su obra. (...)
El encuentro con un mundo extraño, en la Barcelona de la inmediata posguerra, se convirtió en un encuentro consigo misma y también en un ajuste de cuentas familiar, y de ahí nació Nada a los veintitrés años. Un comienzo deslumbrante, como todo el mundo (excepto algún envidiosillo) se apresuró a señalar. Ese camino de exigente y modernísimo autoanálisis lo recorrería de nuevo en La isla y los demonios, una novela que confirmó además su maestría paisajística. ¿Qué pasó después? Hubo un excelente libro de relatos, La llamada, y dos novelas más en las que tentaría nuevos caminos expresivos. Ella quería luchar contra la pulsión autobiográfica que se hallaba en el origen de su escritura y que tantos problemas le ocasionaría y se forzó a ubicarse en una ficción ajena a su vocación y a sus intereses. (...)Ya en 1956, poco después de la publicación de La mujer nueva, con treinta y cinco años, escribía: «La vocación de novelista se esfuma».5 De hecho, sus primeras declaraciones al saberse ganadora del premio Nadal —«puede que no vuelva a escribir para el público»— pueden leerse como un apunte de que en su presumible vocación de escritora estaba sucediendo algo profundamente anómalo desde el principio. Laforet se vio impotente y abrumada, una y otra vez, para producir los textos que constantemente se le solicitaban y finalmente la situación desembocaría en un rechazo completo y definitivo de su profesión. A ese rechazo lo llamaría grafofobia —ella misma se lo diagnosticó y se aplicó el remedio: no volver a escribir siquiera la firma en un talón bancario—. Y así la propia Laforet, insistiendo en que no era nadie y que nada tenía que decir, pondría el punto final a una historia que siempre ha sido demasiado confusa y ha estado demasiado protegida. (...)Prefería no hablar de libros, ni de escritores, ni de las ideas que sustentaban su obra. No quería saber nada del mundo literario español, y temía sus andanadas. Y es que Laforet sufría un cierto complejo de inferioridad: por una parte era una novelista célebre a los veinticinco años, por la otra se sentía profundamente insegura ante el mundo intelectual. Disponía de la intuición y la imaginación del verdadero novelista para captar una atmósfera en dos trazos maestros, y de una aguda capacidad de penetración psicológica, pero su anhelo de una vida nómada era más fuerte. Ella lo sabía. En todo caso, ¿qué importaba si la materia prima estaba de su lado? Hablamos de una mujer, y en las mujeres la vida personal y el destino que les ha sido asociado siempre se han cruzado más de la cuenta. No hay entrevista de los años cuarenta o cincuenta que no pondere el hermoso rostro de la escritora, su melena rubio oscuro, su expresiva mirada, su belleza singular y modernísima. No hay periodista que no diga con un toque paternalista «señorita Laforet» antes de casarse la escritora, o se admire de cómo lleva su casa o lo educados que son sus hijos, después. Son libertades que nadie se tomaba con Cela o con Ignacio Agustí, por citar a dos novelistas contemporáneos. (...)
Porque Laforet casándose y siendo madre de cinco hijos liberaba su ansia de realización familiar: aquello —unos padres y unos hijos queriéndose mutuamente— era una aspiración constante desde la infancia. Ella creció en medio de un ambiente familiar hostil, de modo que la raíz más profunda de su alma necesitaba superar esa falta de afecto y para ello la literatura no era suficiente, no podía serlo. Es más, podía ser una presión y de hecho lo sería. Como escribiría mientras redactaba La isla y los demonios: «Mi vida y mi vocación están horriblemente enredadas». (...)
la localización de las cartas cruzadas con Ramón J. Sender —de las que nadie, excepto la familia, sabía una palabra— fueron una conmoción.7 No tanto por su contenido, que también, como por las posibilidades que abrían: el mero hecho de ser unas cartas, las primeras que se leían de la escritora, la revivían, suministrándole nuevos y, por fin, precisos contornos biográficos. En ellas se dice mucho —en todo caso, algo más de lo que se sabía— acerca del tramo que va desde la publicación de Nada hasta la nada, primero literaria y después personal, a la que se abandonó la escritora en algún momento de su vida, como ya veremos. Y se dice, como sucede siempre en las cartas, no de manera antológica sino genealógica. Es decir, conocemos el origen de las cosas y cómo fueron evolucionando, no la resolución (que es la obra). Mi percepción de Laforet, leyendo su correspondencia con Sender, cambió por completo. En tan inesperadas cartas latía el pulso de una mujer que, paradójicamente, se muestra tan amante de la familia como de su propia libertad. Un espíritu angustiado que lucha terriblemente por sacar adelante su desfalleciente vocación. En sus cartas cobran forma las muchas dudas de la escritora y su pánico a la opinión pública y a la vida literaria española a las que ya se ha hecho referencia. Pero es que en los años sesenta ya había aparecido el fantasma de la depresión que acabaría por engullirla. En todo caso, ya poco tiene que ver la mujer que se desprende de la lectura de las cartas con aquella que había explotado el periodismo franquista, una perfecta ama de casa católica rodeada de críos y en un hogar feliz. (...)
Es como si el título de su primera novela se transformara en un dictum que pesó sobre su cabeza como una sentencia de muerte. Nada. Lo cierto es que en las más de seiscientas cartas escritas por Laforet (las dirigidas a Sender fueron solo el comienzo), obtenidas gracias a la colaboración desinteresada de mucha gente que la trató y la quiso, está el origen de la sacudida que nos movió a desautomatizar su congelada imagen literaria, a aceptar el mudo ruego que Laforet hace a todos sus corresponsales de que la comprendan. Es como si en vida hubiera dejado un caminillo de migas de pan que pacientemente hemos recogido pensando en este libro. Quién sabe si así lo concibió ella misma, diseminando a través de sus múltiples misivas a los amigos y a lo largo del tiempo las claves de su persistente y hasta ahora enigmático silencio. (...)Ella, en fuga permanente, no hizo más que acrecentar su leyenda de mujer enigmática. Así la consideraba Josep Vergés y así se lo dijo al periodista Lluís Permanyer cuando este le pidió su dirección para remitirle el «Cuestionario Proust» que publicaba semanalmente en la revista Destino: «Ni lo intentes, es una mujer muy rara. A todo dice que no». Quizá lo fundamental sea dónde ubicar a una escritora que renunció a su profesión. Que no queriendo ser escritora porque no estaba en condiciones de asumir las exigencias que comporta, lo fue de una forma indiscutible. Es posible que su propio deseo de vivir, fatigado de ir de un lugar a otro huyendo en realidad de sus propios demonios interiores, se refugiara finalmente en una imagen interior y extraña a todo, una «música blanca» como la define su hija Cristina. Una imagen ausente. Porque la ausencia, el silencio de sus últimos años no fue más que una forma radical de la huida que Laforet vino practicando desde su primera fuga de Las Palmas, a los diecisiete años, en busca de la felicidad.
En todo caso, aquel primer curso en Barcelona no estaba siendo fácil. Disponemos de un documento único sobre su experiencia. Una carta que años después escribiría a su hijo Manuel evocando sus primeros meses de estancia en Barcelona: «Antes de poder ir a la universidad pasé unos meses terribles. Me había quedado el latín18 de séptimo curso (eran siete años los de mi bachillerato y una reválida en la universidad). Llegué a aquella casa tristísima y además llena de hambre después de la guerra y me encerraron. Eso no te lo he contado, ¿verdad? Por el hecho de ser una mujer joven yo tenía que estar encerrada y no salir nunca. Fue espantoso para mí. Estaba debilitada por el régimen de comidas, hinchada (malta con sacarina y un poco de pan del que se caía al suelo y se partía, para desayunar), frío húmedo. Peleas familiares alrededor. De comida: verdura hervida sin nada más que sal o sopa sintética muy aguada, y pescado hervido sin chispa de grasa y una vez cada 15 días un huevo que era como una maravilla. Leche que era un compuesto nauseabundo de almidón y sebo, etcétera, etcétera. Cena, igual... Un día, otro día. Estudiaba sola mi latín. Pero no podía estudiar. Escuchaba las palpitaciones de aquella casa. Me decía “estoy perdiendo este año, mi año, mis dieciocho años”. Qué terrible aquel final de 1939, encerrada. Pero llegó enero y aprobé el latín. Y entonces me entró ilusión y estudié la reválida y aprobé en junio. Y mi vida cambió de manera radical». (...)
Laforet seleccionará siempre cuidadosamente lo que está dispuesta a decir de sí misma, que siempre es muy poco y que coincide en presentarse ante los demás como un ser puro, no deseante. Como si perteneciera a una estirpe cátara que pudiera vivir del aire, que apenas nada posee, nada desea, más que su libertad y su horror a una existencia «interesada». (...)
Una actitud muy distinta, y alejada, de la que experimentan sus heroínas adolescentes, que viven de forma intensa, incluso devastadora, su anhelo amoroso y su deseo de compartirlo, no necesariamente con un hombre. (...)
la joven con más éxito y popularidad del curso era Linka Babecka, inequívoca inspiración del personaje de Ena en Nada, y de Anita Corsi en Al volver la esquina. Linka era una joven polaca precozmente despierta, de gran y exótica belleza («todos andábamos medio enamorados de ella», recordaría en cierta ocasión Antonio Vilanova),6 morena, de ojos verdes, muy estilosa en el vestir y absolutamente impermeable a los principios morales, hecho que la distinguía de sus azorados compañeros de curso. (...)
la Carmen Laforet nuestra, que a sus amigos se nos perdía en sí misma, hurtada en dignidad y entereza admirables». Porque Goicoechea ya plantea la cuestión: el hecho, que no dejaba de causar extrañeza entre sus amigos, de que una joven tan cordial y tan dotada para la relación humana como era Laforet fuera, sin embargo, tan reservada en su relación social, como si el hecho de vivir permanentemente sumida en sus secretos impusiera una barrera infranqueable. (...)
puntualizaría otras cuestiones dando por descontada la correspondencia entre el personaje construido por Laforet, Gaspar de Iturdiaga, y su propia identidad, Ramón Eugenio de Goicoechea y reprochándole a la escritora el haber desestimado la posibilidad de contar las cosas fielmente: «No creyendo en la gracia de ciertas caricaturas —a veces es más valiente y más arriesgado hacer un retrato fiel—, me veo en la necesidad de precisar dichos o circunstancias», escribe el autor de Dinero para morir. Como si Laforet tuviera el deber en su novela de dar fiel testimonio de los hechos de su amigo. El artículo fue escrito por Goicoechea seis años después de la publicación de Nada, al hilo del nuevo tirón publicitario generado por la publicación de La isla y los demonios y ya casado él con Ana María Matute. Y como ya se ha dicho, es un artículo importante, a pesar de su irritante paternalismo, porque clarifica el periodo laforetiano de 1940-1941, los dos años en que sucede la acción principal de Nada y confirma, por si hiciera falta, la experiencia autobiográfica en que se funda la narración. (...)
Nada quedaría en su primera novela de los excesos sentimentales a lo Maurois (que podía dar lugar a una literatura excesivamente femenina según los cánones de la época) que se aprecian en sus cartas de la época: Nada es sobria, eficaz, directa y sincera como un puñetazo en la boca del estómago. Es decir, la primera muestra de su radical cambio de estilo será una obra maestra, su primera novela. Una novela llena de rigor, de pureza y de fuerza. (...)
Podía decirse que empezaban ya a perfilarse los finalistas cuando el 30 de noviembre (el día antes de que se cerrara el plazo de presentación de originales) llegó de Madrid un paquete, el último, que alteraría el curso de los acontecimientos. Llevaba todos los sellos de urgencia posibles y quedó depositado en la redacción a última hora de la tarde: «Lo abrí yo mismo —recuerda Agustí— y, por curiosidad, leí ante mis compañeros las dos o tres primeras páginas de la novela. No sabía lo que vendría después, pero me aventuré a decir que era así como se empezaba una novela. Me la llevé a casa. Al día siguiente la devolvía, ya leída. Me había entusiasmado». La novela se titulaba Nada, título inspirado en un romance de Juan Ramón Jiménez del que se citaban algunos versos24 relacionados con la capacidad que a veces tienen los pequeños detalles para revelar una verdad insospechada, y tenía sobre todas las demás presentadas una actualidad y una novedad indiscutibles. El argumento es de sobra conocido: una muchacha, Andrea, llega a Barcelona para hospedarse en casa de su abuela y proseguir sus estudios en la universidad. El ambiente de la casa es muy diferente al que ella pensaba encontrar: sórdido, de una mugre aplastante, mezquino en las relaciones de quienes habitan en ella: tres hijos de la abuela y tíos de la protagonista (Angustias, Román y Juan) a los que hay que añadir la mujer de Juan, Gloria, el bebé fruto de su matrimonio y una perezosa y embrutecida criada, Antonia, cuya intervención, en un momento crítico declarando a favor de Román durante la guerra, la ha convertido en una intocable que los desafía a todos con su turbia actitud. Todos están marcados por la guerra, de una manera o de otra. También Andrea quedará marcada por ella, o por algunas de sus consecuencias inmediatas: por ejemplo, el hambre que sufre permanentemente la joven, porque en casa de sus parientes apenas se come, y que le sirve a Laforet para enraizar su relato en la firme e influyente tradición de la picaresca española que ella conocía bien. (...)
Andrea, sin embargo, quedará abducida por el tenso ambiente familiar, dominado por el secretismo y por la figura de Román, un artista fracasado. Juan es otro artista fracasado mientras que Gloria, su mujer, «la mujer serpiente», es aficionada al juego y en ocasiones hay que rescatarla del Barrio Chino. Todos son seres decrépitos que chapotean en su existencia como en un lodazal. El enfrentamiento de Andrea con su tutora, la tía Angustias, es inmediato: «Me di cuenta de que podía soportarlo todo: el frío que calaba mis ropas gastadas, la tristeza de mi absoluta miseria, el sordo horror de aquella casa sucia. Todo menos su autoridad sobre mí».25 Sin embargo, la marcha de la tía Angustias (con la que concluye la primera parte de la novela) no traerá consigo el cúmulo de experiencias excitantes que Andrea esperaba gracias a su nueva libertad de movimientos. Su vida simplemente será más errática, y no por administrar ella misma desde entonces su pensión dejará de pasar hambre, porque nunca tendrá la paciencia o el cálculo suficientes para distribuir su dinero sensatamente. Pero Andrea ha establecido algunas relaciones con sus compañeros de universidad, y principalmente con la seductora Ena (el único personaje de la novela por el que Andrea siente verdadera fascinación y amor), que la lleva a su casa y la hace partícipe de su vida sentimental, hasta que decide seducir al tío de Andrea, Román, para vengarse de un viejo romance de este último con su madre. Ahí Andrea se verá marginada y sufrirá de unos celos que la desconciertan. Porque ella tiene también sus pretendientes: Gerardo, por ejemplo, es un compañero de curso que la trata con el paternalismo habitual en las relaciones de aquella época. Andrea lo encuentra «necio y feo» y tiene comentarios implacables: «Entonces era lo suficientemente atontada para no darme cuenta de que aquel era uno de los infinitos hombres que nacen solo para sementales». O bien Pons, quien genera la única experiencia de Andrea con la alta sociedad barcelonesa. Otra relación fallida. (...)
En la tercera y última parte, la del desenlace, Andrea se convierte en la receptora de las confesiones de Margarita, la madre de Ena, y de su propia amiga, en relación a Román. Este se descubre, lo descubren, como un personaje miserable, con «un espíritu de pocilga» (en la línea de los machos que solo buscan el sucio placer sexual) y que acaba siendo víctima de su propia trampa. Andrea se alejará de la casa, de Barcelona, reclamada por su amiga Ena, y cuando el suicidio de Román hace imposible otra solución para ella que no sea la partida. De nuevo, en otra parte, irá en busca de lo que espera encontrar: «la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor». (...)
El mundo que trataba la novela era inédito, vivo, crudo, amargo, ferozmente próximo. Apenas se hablaba de la angustia y la sordidez cotidianas de la inmediata posguerra y desde una perspectiva femenina además, tan consciente de su juventud y de las diferencias generacionales: «Solo aquellos seres de mi misma generación y de mis mismos gustos podían respaldarme y ampararme contra el mundo un poco fantasmal de las personas maduras», escribe Andrea cuando, por fin, consigue contactar en la universidad con muchachos y muchachas de su edad. Unas líneas, sin embargo, que pueden leerse, y se leyeron, como el manifiesto de una nueva generación que aspiraba a distanciarse del tenebrismo y temor en que permanecía atrapado el mundo adulto reivindicando su derecho a la felicidad. Pero lo más sorprendente de todo era la mirada de Andrea, profunda, precisa, rotundamente femenina, al enfrentarse con su propia subjetividad. De ser pintora, se diría que Laforet estaba pintando al óleo con una transparencia de acuarela. (...)
Cuando el 5 de enero Vázquez Zamora llegó ansioso a la redacción de la revista, después de un lentísimo viaje en tren desde Madrid, para asistir al día siguiente a la reunión del jurado, lo hizo dispuesto a votar Nada. Su opinión coincidía con la de Agustí y Teixidor: era la mejor novela que se había presentado y una novedad absoluta respecto a lo que se estaba escribiendo en España. A ello, comentaría el crítico más adelante, se añadía el hecho de que su autor fuera una mujer: «En España, al margen del precedente de Emilia Pardo Bazán y después de Concha Espina, las mujeres habían cultivado casi exclusivamente el género rosa. Nada tenía indudables trazos femeninos, pero en este juego absorbente de imaginar cómo son los autores de los manuscritos que nos llegan cada año puntualmente, confieso que me equivoqué. Supuse que su autor era una mujer madura y por tanto pensé que la novela estaba basada en personajes y atmósferas reales ubicados, sin embargo, en una trama inventada. Pero me equivoqué al suponer que tal maestría en el manejo de la intriga, en la presentación y en la fluidez de la acción podían solo venir de una mujer mayor que recordaba tranquilamente su vida pasada y la convertía en una narración ficcionalizada gracias a la alquimia del arte. No. Ocurrió que la autora tenía veintidós años». (...)
el espaldarazo importante vendría poco después con un artículo excepcionalmente retórico del maestro, Azorín, donde este mostraba su enorme sorpresa al tiempo que su admiración por la joven escritora: «¿Usted cree que a esa edad se puede hacer lo que usted ha hecho? ¿Cómo se entiende esa novela en una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas, ensayos? ¿Por qué no ha nacido usted en 1900?».7 El artículo debió de levantar algunas ampollas entre los colegas varones. Por ejemplo, el siguiente pasaje: «No se puede publicar un bello libro; no es posible dar a las prensas una novela que viene a renovar la novelística, como la renuevan otras novelas de otros novelistas; no quiero nombrarlos porque quiero que estos momentos sean todos para usted». Azorín había puesto el dedo en la llaga al expresar públicamente su estupor ante la juventud de la escritora para avalar una obra de factura tan solvente. Pocos días después escribía un segundo artículo sobre la novela. Laforet, decía, había sabido aprovechar todas las posibilidades estéticas de su tiempo: ¿adónde llegaría? (...)
Laforet deslumbra con su rotunda manera de ver y de contar, tal vez no quiere decir nada, pero lo dice todo. Y la esperada vida en la gran ciudad (amigos, experiencias, aventuras) se centrará en las tiranteces sufridas en el sórdido piso de la calle Aribau, de modo que su marcha a Madrid al final del libro, en busca de Ena, de su familia y de un trabajo que le permita recuperar un ansiado bienestar, cierra el negro paréntesis que ha supuesto la vida en Barcelona. Un año perdido, nada. Los lectores quedaron atrapados en esta atmósfera sombría y de corte naturalista descrita con una sorprendente autenticidad por la protagonista. Era muy fácil además ver en esta familia moralmente derruida el desgraciado vivir de tantas familias en 1939. Y así se vio. Pero el coste personal del libro fue elevadísimo, porque la lectura que hizo su familia, decíamos, no fue tan admirativa. Se sintieron ofendidos por el duro retrato que de sí mismos descubrieron en el libro. Y puede entenderse el pánico de una muchacha rebelde e inteligente, acostumbrada ya a vivir su vida, dispuesta a dejarse llevar por las ondulaciones de su naturaleza impulsiva y vital, verse de pronto enfrentada al vacío familiar (...).
Por todo lo dicho anteriormente, Carmen Laforet es una de las principales narradoras españolas del siglo XX, y una de las grandes pioneras del subgénero de la autoficción, que estudiaremos desde EL CUARTO DE ATRÁS y observaremos convertido en fenómeno literario en los últimos tiempos.
En este enlace podemos leer su precioso cuento "AL COLEGIO".
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