domingo, 13 de octubre de 2024

¡BÉCQUER..! ¡ME HAS HECHO DAÑO, BÉCQUER!













 




Presentación en PREZI de Jonathan Vargas Romero y Carolina Bernal sobre G.A. BÉCQUER

RIMAS DE GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER


























 

El Monte de las Ánimas (Gustavo Adolfo Bécquer)


La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en efecto, lo hice.

Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

- I -
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla como solos la conquistaron.

»Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

»Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

»Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche».

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

- II -
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absortos en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-: pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo su carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada: mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país, una prenda recibida compromete la voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé...; en el monte acaso.

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-, ¡en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión imagen de la guerra todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas...; ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó, con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte, se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-¡Adiós Beatriz, adiós! Hasta... pronto.

-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso, o aparentó querer, detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho, que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor, que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

- III -
Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi no se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada, de raso azul, del lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros: muerta, ¡muerta de horror!

- IV -
Dicen que después de acaecido este suceso un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y caballeros sobre osamentas de corceles perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.


1-¿Se trata de una narración? ¿Por qué?
2-¿Qué tipo de narrador emplea?
3-¿Cuál es su estructura? ¿Por qué? ¿En qué partes se puede dividir? ¿Es la más usada? ¿Por qué?
4-¿Dirías que es una obra literaria? ¿Por qué? ¿A qué género literario pertenece?
5-¿A qué subgénero dirías que pertenece? ¿Por qué? ¿Podría pertenecer a algún otro?
6-¿Qué tipo de héroe es su protagonista: héroe clásico, héroe por accidente o antihéroe?
¿Es un personaje plano o redondo? ¿Por qué?
7-¿En qué tipo de espacio se desarrolla la acción? ¿Qué importancia tiene?
8-¿Esta historia contiene alguna enseñanza o moraleja? ¿Cuál es? ¿Está explícita -aparece- o implícita -se entiende-?
9-¿Aparece algún tópico literario? ¿Hay algún guiño metaliterario?
10-Recopilando la información anterior, redacta el comentario completo. 



CONTESTA A LAS PREGUNTAS QUE APARECEN A CONTINUACIÓN:

Recuerda que, en una reseña, lo más importante es que defiendas de forma convincente y argumentada tu opinión. Por eso, piensa primero si la película te ha divertido, entretenido o emocionado y cómo crees que lo ha conseguido (o en qué ha fallado). Intenta ir opinando en cada uno de los aspectos de la narración que desglosamos a continuación.
1-¿Quién narra la historia? ¿Qué tipo de narrador es? ¿Por qué?
2-Explica qué tipo de estructura narrativa utiliza y por qué.
3-¿Quién es el protagonista? ¿Cómo es? ¿Es un personaje plano o redondo? ¿Por qué? 
4-Explica el tipo de espacio utilizado y su importancia.
5-¿Cuál es el tiempo interno? ¿Y el externo? ¿Crees que se le da importancia al contexto histórico y cultural? Pon algún ejemplo y señala si crees que busca que empaticemos con el personaje, divertir o hacer un guiño al espectador...
6-¿Hay momentos cómicos? ¿Y trágicos? 
7-¿Qué tipo de texto es? ¿A qué género pertenece? ¿Y a qué subgénero?
8-¿En qué estilo literario se puede encuadrar? ¿Qué características del mismo aparecen reflejadas?



viernes, 11 de octubre de 2024

12 de octubre: CONQUISTADORES ADVENTUM y el Descubrimiento/colonización de América






CONQUISTADORES ADVENTUM es una magnífica serie de Israel Álamo para Movistar 0 que retrata el "descubrimiento" y posterior conquista de América de forma magistral y original, con crudeza y alejándose de toda idealización o épica.

Aunque te recomiendo que la veas entera y de forma legal, en este enlace tienes disponible el primer capítulo, que emplearemos exclusivamente con motivos educativos.

CONQUISTADORES ADVENTUM


1-¿Se trata de una narración? ¿Por qué? ¿Es una narración histórica, periodística o literaria? Justifica tu respuesta.


2-¿Quién es el narrador? ¿De qué tipo es? ¿Por qué? ¿Qué efecto crees que busca producir? ¿En tu opinión lo consigue? ¿Por qué?

3-¿Cómo está contada la historia? ¿Cómo se llama este tipo de estructura? ¿Hay algún salto temporal? ¿En tu opinión es un acierto o dificulta seguir la trama?

4-¿Qué tipo de héroe es su protagonista: héroe clásico, héroe por accidente o antihéroe? ¿Es un personaje plano o redondo? ¿Dirías que es moralmente complejo? ¿Por qué? ¿Qué personaje te ha resultado más interesante y por qué?

5-¿Quién presume de haber creado “el arma más poderosa”? ¿A quién se lo dice? ¿Qué recurso o recursos literarios está empleando? ¿Qué opinas de esa afirmación?

6-Las “CRÓNICAS DE INDIAS” eran un texto con el que los conquistadores tenían que informar (o, más bien, rendir cuentas) de sus viajes al Nuevo Mundo. Es decir, se esperaba que fueran informativos y objetivos. Sin embargo, al estar escritos en primera persona no podían dejar de transmitir un punto de vista subjetivo y personal. Además, como no había posibilidad de que los receptores lo contrastaran, eran frecuentes las justificaciones, exageraciones o directamente invenciones. Tuvieron tanto éxito que se fueron haciendo progresivamente más literarios (influidos también por la narrativa idealista de la época) y son un claro antecedente de la literatura de viajes o de las crónicas periodísticas, ya estudiadas y practicadas.
Sabiendo esto, ¿cómo clasificarías cualquiera de los fragmentos leídos por la voz en off? ¿Te ha recordado en su estilo a alguna obra estudiada en clase? ¿Por qué?

7-Menciona los diferentes espacios en la narración y habla de su importancia narrativa y/o simbólica.


8-¿Cuál es el tiempo interno? ¿Y el externo? ¿Qué importancia tienen en la narración? ¿Qué importancia histórica tuvieron?


9-Usa el esquema estudiado para el comentario de este fragmento:
“800 años pasaron nuestras madres pariendo perros de la guerra. (...) La Marca, el palmo de tierra que tanto tiempo mantuvo separados a moros y cristianos, se había convertido en un secarral para huérfanos. Todos los que habíamos crecido allí habíamos comprendido lo importante que es cuidar la granja del vecino (por muy musulmán que fuere): le robabas los huevos, sí, pero no tocabas las gallinas no fuese que al día siguiente no tuvieras (...). En Castilla no quedaban ya ni huesos que roer para los perros de la guerra. (...)
Aquellas 3 calaveras no iban cargadas de reyes, curas ni soldados; aquellas calaveras iban repletas de desgraciados. (...)
En total 70 u 80 desgraciados a las órdenes de un tal Cristóbal Colón… Poco más puedo contar: solo lo que yo vi. (...)
Puede que hubiéramos completado uno de los mayores descubrimientos de la Humanidad, pero no pensábamos en ello: pensábamos en regresar. (...) 
El almirante Cristóbal Colón pensó que el mar le había mostrado un nuevo camino hacia Las Indias pero ese océano realmente conducía a un nuevo continente, un nuevo mundo que no estaba ni bautizado”.



*Escribe un breve texto argumentativo en el que ofrezcas una reseña, es decir, tu opinión de forma razonada, entretenida y convincente sobre este capítulo de la serie.






*Todos los años, por la conmemoración del 12 de Octubre, se desata una agria polémica entre quienes consideran que “es un hecho que cambió la historia del mundo en general y de España y América en particular” y quienes consideran “América no fue descubierta, sino conquistada y víctima de un genocidio”. 
Escribe un artículo de opinión en el que ofrezcas tu punto de vista sobre este asunto en particular. Evidentemente, puedes (y debes) buscar información y, entre otras cosas, usar el argumento de autoridad, con citas al respecto de autores como Elvira Roca (replicada por Patricia R. Blanco), Pérez-Reverte, Eduardo Galeano, Martín Caparrós…

¿Cristóbal Colón descubrió América en 1492? ¿O antes que él la descubrieron los vikingos? ¿Y antes que los vikingos? Los que allí vivían, ¿no existían?

Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio, desde una cumbre de Panamá, los dos océanos. Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate y a las montañas y a los ríos de América? ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro? Los que allí vivían, ¿eran 
mudos?

Nos han dicho, y nos siguen diciendo, que los peregrinos del Mayflower fueron a poblar América. ¿América estaba vacía?

Como Colón no entendía lo que decían, creyó que no sabían hablar.
Como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de razón.

Y como estaba seguro de haber entrado al Oriente por la puerta de atrás, creyó que eran indios de la India. Después, durante su segundo viaje, el almirante dictó un acta estableciendo que Cuba era 
parte del Asia. 

El documento del 14 de junio de 1494 dejó constancia de que los tripulantes de sus tres naves lo reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez 
mil maravedíes y se le cortaría la lengua. El notario, Hernán Pérez de Luna, dio fe. Y al pie firmaron los marinos que sabían firmar.

Los conquistadores exigían que América fuera lo que no era. No veían lo que veían, sino lo que querían ver:
La fuente de la juventud, la ciudad del oro, el reino de las esmeraldas, el país de la canela. Y retrataron a los americanos tal como antes habían imaginado a los paganos de Oriente.

Cristóbal Colón vio en las costas de Cuba sirenas con caras de hombre y plumas de gallo, y supo que no lejos de allí los hombres y las mujeres tenían rabos. En la Guayana, según sir Walter 
Raleigh, había gente con los ojos en los hombros y la boca en el pecho. En Venezuela, según fray Pedro Simón, había indios de orejas tan grandes que las arrastraban por los suelos. 

(...) El Código Negro prohibía la tortura de los esclavos en las colonias francesas. Pero no era por torturar, sino por educar, que los amos azotaban a sus negros y cuando huían les cortaban los 
tendones. Eran conmovedoras las leyes de Indias, que protegían a los indios en las colonias españolas. Pero más conmovedoras eran la picota y la horca clavadas en el centro de cada Plaza Mayor.

Muy convincente resultaba la lectura del Requerimiento, que en vísperas del asalto a cada aldea explicaba a los indios que Dios había venido al mundo y que había dejado en su lugar a San Pedro y 
que San Pedro tenía por sucesor al Santo Padre y que el Santo Padre había hecho merced a la reina de Castilla de toda esta tierra y que por eso debían irse de aquí o pagar tributo en oro y que en caso 
de negativa o demora se les haría la guerra y ellos serían convertidos en esclavos y también sus mujeres y sus hijos. Pero este Requerimiento de obediencia se leía en el monte, en plena noche, en 
lengua castellana y sin intérprete, en presencia del notario y de ningún indio, porque los indios dormían, a algunas leguas de distancia, y no tenían la menor idea de lo que se les venía encima.

Hasta no hace mucho, el 12 de octubre era el Día de la Raza. Pero, ¿acaso existe semejante cosa? 

¿Qué es la raza, además de una mentira útil para exprimir y exterminar al prójimo? (...)

Después, el Día de la Raza pasó a ser el Día del Encuentro. ¿Son encuentros las invasiones coloniales? ¿Las de ayer, y las de hoy, encuentros? ¿No habría que llamarlas, más bien, violaciones?

Quizás el episodio más revelador de la historia de América ocurrió en el año 1563, en Chile. El fortín de Arauco estaba sitiado por los indios, sin agua ni comida, pero el capitán Lorenzo Bernal se 
negó a rendirse. Desde la empalizada, gritó:
-¡Nosotros seremos cada vez más!
-¿Con qué mujeres? -preguntó el jefe indio.
-Con las vuestras. Nosotros les haremos hijos que serán vuestros amos.

Los invasores llamaron caníbales a los antiguos americanos, pero más caníbal era el Cerro Rico de Potosí, cuyas bocas comían carne de indios para alimentar el desarrollo capitalista de Europa.

Y los llamaron idólatras, porque creían que la naturaleza es sagrada y que somos hermanos de todo lo que tiene piernas, patas, alas o raíces. Y los llamaron salvajes. En eso, al menos, no se equivocaron. Tan brutos eran los indios que ignoraban que debían exigir visa, certificado de buena conducta y permiso de trabajo a Colón, 
Cabral, Cortés, Alvarado, Pizarro y los peregrinos del Mayflower.
Eduardo Galeano







lunes, 7 de octubre de 2024

La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?

 




SONATINA
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa  de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».


COMENTARIO LITERARIO:
Nos encontramos ante un texto literario, concretamente perteneciente al género lírico, ya que se trata de un poema formado por ocho sextetos paralelos (estrofas de seis versos cada uno). Los versos son alejandrinos, verso muy usado durante el Modernismo, y emplea rima consonante (característica de la poesía culta). El esquema métrico sería el siguiente AABCCB DDEFFE GGHIIH JJKLLK MMNÑÑN OOPQQR SSTUUT GGWVVW.

A pesar de que, en una primera lectura, parece tratar una descripción o, incluso, una narración (muy breve y simple), en realidad se trata de un poema absolutamente lírico, ya que su tema o idea principal es la metaliteratura: el texto es una exhibición formal de musicalidad, dominio retórico y continua plasmación de recursos literarios. O. por decirlo con otras palabras, es un perfecto ejmplo de modernismo literario llevado a la práctica.
Como ya hemos estudiado, el Modernismo es un movimiento literario desarrollado entre los años 1880 y 1917 fundamentalmente en el ámbito de la poesía. Se caracterizó por una búsqueda del refinamiento, continuo empleo de referencias culturalistas y una profunda renovación estética del lenguaje y la métrica. 
En parte, puede considerarse como una recapitulación y una mezcla de tres corrientes europeas: el romanticismo, el simbolismo y especialmente el parnasianismo. Este último estilo está expresado mediante una continua musicalidad y estelización, algo que se puede percibir perfectamente en el poema.

El máximo exponente del Modernismo fue el nicaragüense Rubén Darío, artífice del libro de cuentos y poemas Azul..., publicado en el año 1888 y considerado el punto de partida del modernismo en Hispanoamérica. Y a este mismo autor, fundacional y fundamental, pertenece este poema, como una clara síntesis de todo lo expuesto anteriormente.
Concretamente, El poema “Sonatina” procede del libro Prosas profanas (Buenos Aires, 1896). Este libro es el segundo gran título de los poemarios de Rubén Darío. Se trata de una poesía técnicamente perfecta, temáticamente novedosa y muy atenta a los efectos musicales y cromáticos del poema, es decir, a los componentes sensoriales. Asuntos mitológicos, de la clasicidad grecolatina, de la Francia versallesca del siglo XVII y XVIII, etc., usados como texto o como pretexto para comunicar los propios sentimientos, son los predominantes. Estas características se manifiestan claramente en el poema que vamos a analizar.

Sería imposible señalar todos los recursos literarios pues, repetimos, el poema es un catálogo de musicalidad, retórica, ingenio y búsqueda de la belleza.
Por citar algunos, podemos mencionar la anáfora en los versos 1, 38, 15 a 18 y 10 a 11; la anadiplosis en el verso 1; el encabalgamiento en diversos versos del poema como los versos 11 a 12 y 44 a 45; el hipérbaton en el verso 41; el paralelismo en el verso 37 y 15 a 18; el polisíndeton en los versos 16 a 18 y 26 a 27...


El poema cuenta una historia completa, fijándose en los aspectos subjetivos e íntimos de la protagonista, una princesa que está triste; en este sentido, estamos ante un poema narrativo, pero con un fuerte contenido emocional. La primera estrofa presenta a la protagonista, una princesa triste que ya no sonríe; ha perdido la risa, el color y el deseo de tocar su clave (instrumento musical de teclado y cuerdas pinzadas). En solidaridad con ella, una flor se marchita en un vaso, olvidada, como la propia princesa. Esta escena es interior.
La segunda estrofa ofrece una visión exterior: un jardín por el que se pasean pavos reales. A la princesa hacen compañía una dueña habladora y un bufón malabarista que no logran sacarla de su tristeza porque tiene una ilusión difusa que no logra concretar.
En la tercera estrofa, el yo poético –en el papel de narrador— se pregunta si la princesa piensa en un joven guapo, elegante y rico. Plantea hasta seis hipótesis sobre la persona que provoca su tristeza: el príncipe de Golconda (célebre y rica ciudad de la antigua India), el de China, el que para su carroza delante de ella, el rey de unas islas hermosas, el soberano poseedor de diamantes y, finalmente, el propietario de perlas de Ormuz. Todos ellos son ricos, poderosos y apuestos.
La cuarta estrofa nos deja ver los anhelos más profundos del alma de la princesa: se siente como en una prisión y quiere volar lejos, como una golondrina, para ir al sol, saludar a las flores o perderse en una tormenta marítima.
La quinta estrofa es negativa. Aclara lo que la princesa ya detesta: el lugar donde vive, un palacio, su entretenimiento, una rueca, su mascota, un halcón, su acompañante servidor, un bufón, ni la contemplación de los cisnes, todos iguales, que pueblan el lago. La tristeza de la princesa ahora la comparten las flores, los jazmines, los nelumbos (flores acuáticas perennes), las dalias y las rosas.
La sexta estrofa tiene un tono conclusivo. Después de todo lo dicho, es fácil deducir que la princesa está triste porque se siente cautiva en su riqueza, en su belleza y en su esplendor, dentro del palacio. Allí la vigilan cien vigías, un perro lebrel y un dragón gigante, de modo que no puede huir.
La séptima estrofa se concentra en los deseos de la princesa triste y pálida: ser una mariposa para volar al lugar donde la espera un hermoso príncipe.
La octava y última estrofa deja paso a un nuevo personaje, el hada madrina de la princesa, que, por descontado, conoce los sentimientos y deseos de su protegida. Interviene para informarle que se dirige a su encuentro un muchacho, montado en un caballo alado, enamorado de ella, para vivir una historia de amor, aun sin conocerse de antes. En realidad, si bien se mira, el poema equivale a un cuento de hadas clásico, solo que en verso. El ambiente refinado, un tiempo vago y los protagonistas así lo confirman.

Sin embargo, como ya he dicho anteriormente, en mi opinión el poema es, ante todo, más que una descripción o una narración, una plasmación metaliteraria del "arte por el arte", una puesta en escena de la maestría lírica de Rubén Darío y, en conclusión, una perfecta aplicación práctica de la teoría del Modernismo, con continuas referencias a los símbolos por antonomasia de esta corriente literaria (simbolismo, exostismo, culturalismo...) e incluso guiños a la propia obra del mismo Darío (azul, uso de puntos suspensivos y, ante todo, una especie de imitación del estilo más frívolo de su primer libro pero buscando una carga de profundidad y melancolía mayor, propia de su evolución poética).



viernes, 4 de octubre de 2024

PARONOMASIAS

 

DOS NUEVOS VIEJOS AMIGOS
TAN DE MUTUO DESACUERDO
PSEUDOCATETOS DE CIUDAD
HIPOTEMUSAS DE PUEBLO...

CHATARRIEROS CYBERGÜENZAS
APP PRENDIENDO A PERDOMAR
NO SISES QUE LLEVO CHAKRAS
Y TENGO OJERAS DE SAN JUAN

Y PAISAJEROS AL TREN
INCONTINERCIA VERBAL
ALGO SE MUEVE EN EL ALBA
CUANDO UNA MIGA SE DA

AFECTIVO Y CON TARJETA
REACCIÓN Y MEDIAS REACCIONES
A TU ORDEN DE ALOJAMIENTO
MI HOJA DE ACLAMACIONES

Y ATENTO A TUS TONTEORÍAS
VOY CON MI POZO EN UN GOZO
ACÉPTAME EN ESTA STORY
COMO LEGÍTIMO ESBOZO

NI ERES MÍA SODOMÍA
NI SE NOS PASA EL HARD ROCK
ME MATAS NO, LO SIGUIENTE…
TE QUIERO NO, LO ANTERIOR

YO TAN DE MI SOFÁ KARMA
MI VAPERCITO DEL PUERTO
AYUNOS INTERMITONTOS
LA ALEGORÍA DEL HUERTO

INSEGURO A TODO RIESGO
ARQUITEXTO ENREVERSADO
NO POR MUCHO MADURAR
SE AMANECE MÁS CENTRADO

TU LA NIÑA DE MI SOJA
MI GYOZA AFRODITA
CON ESE INSTINTO FELLINI
AUTOCRÍPTICA EN PIJAMITA

MI PIRATA BARBIRROJA
CAZA TESORORIDAD
CONTRA LA FILTROTERAPIA
VA TU NATURREALIDAD

ADIOS CABALLA BONITO
QUE TAL COMO ESTÁN LAS COCES
HASTA LA PÓCIMA FLIPO
TENIENDO DERECHO A ARROCES

Y A NAUFREGAR CON ESMERO
PUZLE QUE EN PIEZA GERMINA
A CORONARSE DE AFLORES
DELIRIOS Y CLAVELINAS

…NI ERES MÍA SODOMÍA
NI SE ME PASA EL HARD ROCK
ME MATAS, NO, LO SIGUIENTE…
TE QUIERO NO, LO ANTERIOR







jueves, 3 de octubre de 2024

"EL INDULTO" de Emilia Pardo Bazán. "CARTA ABIERTA DE UNA VÍCTIMA DE VIOLACIÓN".




El indulto
[Cuento - Texto completo.]
Emilia Pardo Bazán

De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento. A veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.
Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, a media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios. Nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de Antonia y a los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro. Nadie, tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según esta misma declaraba, añadiendo que desde tiempo atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos o tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fue tan indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató a la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como las que los matachines dan a los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenzó a infundir sagrado terror cuando fue esparciéndose el rumor de que su marido «se la había jurado» para el día en que saliese del presidio, por acusarle. La desdichada quedaba encinta, y el asesino la dejó avisada de que, a su vuelta, se contase entre los difuntos.
Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo, tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el crimen la aquejaban. Y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho dieron de mamar por turno a la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.
¡Veinte años de cadena! En veinte años -pensaba ella para sus adentros-, él se puede morir o me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía.
La hipótesis de la muerte natural no la asustaba, pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, o, como decían ellas, «se volviese de mejor idea». Meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:
-¿Eso él? ¿De mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro…
Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.
En fin: veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele a Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, o que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no le devolvería jamás; o que aquella ley que al cabo supo castigar el primer crimen sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora; mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que a sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.
¡Singular enlace el de los acontecimientos!
No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y con el pecho cargado de condecoraciones daba la mano ante el ara a una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuenta a una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:
-Mi madre… ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!
El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó a Antonia. Algunas se dedicaron a arreglar la comida del niño; otras animaban a la madre del mejor modo que sabían. ¡Era bien tonta en afligirse así! ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había Gobierno, gracias a Dios, y Audiencia y serenos; se podía acudir a los celadores, al alcalde…
-¡Qué alcalde! -decía ella con hosca mirada y apagado acento.
-O al gobernador, o al regente, o al jefe de municipales. Había que ir a un abogado, saber lo que dispone la ley…
Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar a su marido para que le «metiese un miedo» al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó a quedarse todas las noches a dormir en casa de la asistenta. En suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió a intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse consultar a un jurisperito, a ver qué recetaba.
Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo a preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba a la hija de la víctima a vivir bajo el mismo techo, maritalmente con el asesino!
-¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran! -clamaba indignado el coro-. ¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
-Dice que nos podemos separar… después de una cosa que le llaman divorcio.
-¿Y qué es divorcio, mujer?
-Un pleito muy largo.
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acaban nunca, y peor aún si se acaban, porque los pierde siempre el inocente y el pobre.
-Y para eso -añadió la asistenta- tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.
-¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado a la madre? ¿Eso no era mal trato? ¿Eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?
-Pero como nadie lo oyó… Dice el abogado que se quieren pruebas claras…
Se armó una especie de motín. Había mujeres determinadas a hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contraindulto. Y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fue la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.
Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada a sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo creyó hacer un favor a aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole como la reina iba a parir, y habría indulto, de fijo.
Fregaba la asistenta los pisos, y al oír tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas a la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. A los recados que le enviaban de las casas respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos a labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó a esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿Por qué le había de coger el indulto a su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; ¡matar a la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía a presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pie del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! Si habían de matarla, mejor era dejarse morir!
Solo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.
-Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó a andar camino del lavadero. A las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida e iba a retirarse? ¿Inventóla alguien con fin caritativo, o fue uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos, o los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oírlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.
-Pero ¿de veras murió? -preguntaban las madrugadoras a las recién llegadas.
-Si, mujer…
-Yo lo oí en el mercado…
-Yo, en la tienda…,
-¿A ti quién te lo dijo?
-A mí, mi marido.
-¿Y a tu marido?
-El asistente del capitán.
-¿Y al asistente?
-Su amo…
Aquí ya la autoridad pareció suficiente y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en víspera de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la asistenta alzó la cabeza y por primera vez se tiñeron sus mejillas de un sano color y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría, justa. Las lágrimas se agolpaban a sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen se había «quedado cortada», es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido que a la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.
Aquella noche, Antonia se retiró a su cama más tarde que de costumbre, porque fue a buscar a su hijo a la escuela de párvulos, y le compró rosquillas de «jinete», con otras golosinas que el chico deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver a tomar posesión de ella.
Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía a los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.
Era él. Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que, aterrado, se le cogió a las faldas. El marido habló.
-¡Mal contabas conmigo ahora! -murmuró con acento ronco, pero tranquilo.
Y al sonido de aquella voz donde Antonia creía oír vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo a su hijo en brazos, echó a correr hacia la puerta.
El hombre se interpuso.
-¡Eh…, chst! ¿Adónde vamos, patrona? -silabeó con su ironía de presidiario-. ¿A alborotar el barrio a estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!
Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente: ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía; pero, al fin, era su padre! Levantóle en alto y le acercó a la luz.
-¿Ese es el chiquillo? -murmuró el presidiario, y descolgando el candil llególo al rostro del chico.
Éste guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara, como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase a su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.
-¡Qué chiquillo tan feo! -gruñó el padre, colgando de nuevo el candil-. Parece que lo chuparon las brujas.
Antonia sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor, y veía lucecitas azules en el aire.
-A ver: ¿No hay nada de comer aquí? -pronunció el marido.
Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó a dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas. Sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentóse el presidiario y empezó a comer con voracidad, menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pie, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y seco que relucía con este barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más y la convidó.
-No tengo voluntad… -balbució Antonia: y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.
Él lo despachó encogiéndose de hombros, y se puso en el plato más bacalao, que engulló ávidamente, ayudándose con los dedos y mascando grandes cortezas de pan. Su mujer le miraba hartarse, y una esperanza sutil se introducía en su espíritu. Así que comiese, se marcharía sin matarla. Ella, después, cerraría a cal y canto la puerta, y si quería matarla entonces, el vecindario estaba despierto y oiría sus gritos. ¡Solo que, probablemente, le sería imposible a ella gritar! Y carraspeó para afianzar la voz. El marido, apenas se vio saciado de comida, sacó del cinto un cigarro, lo picó con la uña y encendió sosegadamente el pitillo en el candil.
-¡Chst!… ¿Adónde vamos? -gritó viendo que su mujer hacía un movimiento disimulado hacia la puerta-. Tengamos la fiesta en paz.
-A acostar al pequeño -contestó ella sin saber lo que decía. Y refugióse en la habitación contigua llevando a su hijo en brazos. De seguro que el asesino no entraría allí. ¿Cómo había de tener valor para tanto? Era la habitación en que había cometido el crimen, el cuarto de su madre. Pared por medio dormía antes el matrimonio; pero la miseria que siguió a la muerte de la vieja obligó a Antonia a vender la cama matrimonial y usar la de la difunta. Creyéndose en salvo, empezaba a desnudar al niño, que ahora se atrevía a sollozar más fuerte, apoyado en su seno; pero se abrió la puerta y entró el presidiario.
Antonia le vio echar una mirada oblicua en torno suyo, descalzarse con suma tranquilidad, quitarse la faja, y, por último, acostarse en el lecho de la víctima. La asistenta creía soñar. Si su marido abriese una navaja, la asustaría menos quizá que mostrando tan horrible sosiego. El se estiraba y revolvía en las sábanas, apurando la colilla y suspirando de gusto, como hombre cansado que encuentra una cama blanda y limpia.
-¿Y tú? -exclamó dirigiéndose a Antonia-. ¿Qué haces ahí quieta como un poste? ¿No te acuestas?
-Yo… no tengo sueño -tartamudeó ella, dando diente con diente.
-¿Qué falta hace tener sueño? ¡Si irás a pasar la noche de centinela!
-Ahí… ahí…, no… cabemos… Duerme tú… Yo aquí, de cualquier modo…
Él soltó dos o tres palabras gordas.
-¿Me tienes miedo o asco, o qué rayo es esto? A ver como te acuestas, o si no…
Incorporóse el marido, y extendiendo las manos, mostró querer saltar de la cama al suelo. Mas ya Antonia, con la docilidad fatalista de la esclava, empezaba a desnudarse. Sus dedos apresurados rompían las cintas, arrancaban violentamente los corchetes, desgarraban las enaguas. En un rincón del cuarto se oían los ahogados sollozos del niño…
Y el niño fue quien, gritando desesperadamente llamó al amanecer a las vecinas que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta. El médico vino aprisa, y declaró que vivía, y la sangró, y no logró sacarle gota de sangre. Falleció a las veinticuatro horas, de muerte natural, pues no tenía lesión alguna. El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía echó a correr como un loco.


"CARTA ABIERTA DE UNA VÍCTIMA DE VIOLACIÓN".


CARTA DE UNA VÍCTIMA DE VIOLACIÓN

Eres una de esas personas a las que necesito escribirle una carta, porque es la forma que tengo de poder expresarme abriéndome sin bloquearme.

Me siento muy afortunada por haber podido terminar esto de tu mano. No voy a mentir, la primera vez que fui a tu despacho estaba bastante preocupada o incluso asustada, porque para mí ha sido tan traumático el proceso que me angustiaba pensar que iba a ser defendida por alguien que tuviera una actitud hostil hacia mí o distante. Sin embargo, me encontré con alguien que me ha hecho sentir comprendida, acompañada, protegida, cuidada y, sobre todo, alguien que me creía.


No sé cómo saldrá finalmente todo esto, pero independientemente del resultado te agradezco que hayas hecho todo lo posible por mí, porque eso es más que suficiente. Al final esto no depende de mí ni de ti, sino de otras personas que están por encima de todo el esfuerzo que se le ponga a esta lucha. He de decir que en ninguno de los casos me sentiré ganadora porque yo lo perdí todo cuando me robaron la vida que estoy intentando recuperar con mucho esfuerzo y ganas, porque he peleado mucho por dejar de intentar sobrevivir y empezar a querer vivir, y no pienso dejar que nadie más me robe mi vida, ni mi voz.


Quizá no se termine de entender el porqué he decidido ir hasta el final aún a sabiendas de que es muy probable que en absoluto salga favorable para mí, pero es que esto no va de ganar o perder, y tampoco se trata de dinero, porque el dinero no importa cuando sientes que estás muerta por dentro. Esto va de que le seguiría dando el poder a él de controlar mis decisiones, mi pasado y mi futuro, y para cerrar este círculo necesito hacerlo de esta forma.


Soy consciente de cuánto me juego, pero cuando empiezas leyendo un libro nunca sabes qué va a ocurrir en los capítulos posteriores, y eso es la vida. Probablemente no esté de acuerdo con la sentencia, pero estaré en paz conmigo misma y eso es lo único que me importa. Lo relevante aquí es sentir que lo intenté, que pude hablar, que fui valiente y que jamás me quedaré con la duda de qué habría pasado si lo hubiera intentado, porque la decepción con el sistema yo la tengo de todos modos.


Jamás me he sentido víctima, no porque objetivamente no lo sea, porque sería incoherente e hipócrita no considerármelo en lo que a los hechos de febrero del 2020 se refiere, pero no me gusta utilizar ese término porque me duele, porque me hace sentir vulnerable y porque sería condenarme a rendirme. Soy mucho más que una chica que estaba en el sitio erróneo en el momento equivocado, o quizá no. Creo en el destino, y me ayuda a sobrellevar esto y no preguntarme constantemente "por qué yo", ya que considero que eso haría que me revictimizara constantemente. De igual manera, hay una frase que descubrí hace un tiempo que me ha ayudado en ocasiones a disminuir el dolor, que dice: "Hoy decidí perdonarte. No lo hice porque te disculpaste, ni porque reconociste el dolor que me causaste, sino porque mi alma merece estar en paz".


Ya no me importa que me juzguen o me pongan en duda, he aprendido que no se puede forzar nado y que no depende de ti lo que los demás decidan, lo único que está en tus manos es lo que puedes hacer con ello, y lo que permites que te afecte. Por eso, no me preocupo de lo misma forma que lo hacía hasta hace poco lo que una persona con una toga y a la que no conozco y sobretodo que no me conoce considere que es verídico o lo que merezco. Me importa lo que yo sé que es real y lo que siento. No necesito la aprobación de nadie, ni tampoco necesito dejarme la piel en convencer a nadie de absolutamente nada, porque las personas que necesito que me crean ya lo hacen y me apoyan. No lo necesito porque nadie me va a ayudar, de hecho, las personas que se supone que deberían haberlo hecho como presunta víctima, me dejaron sola. Nadie se imagina lo difícil y doloroso que resulta ingresar en un hospital psiquiátrico porque se supone que te van a proteger de ti misma cuando quieres hacerte daño, y que precisamente en un lugar seguro te maten emocionalmente. Tienes solo veinte años, estás sola, confías y te roban la vida. Seguimos, te hacen creer que lo mejor es contarlo, porque es éticamente lo que debes hacer para proteger o otras mujeres de estos hechos, pero te abandonan. El sistema te deja desnuda ante lobos sedientos que solo te hacen sentir aún más miedo, sin darle ningún tipo de soporte, tienes que cuidarte sola y defenderte de quienes desde su posición privilegiada se hacen llamar justicia.

Siento tristeza cuando recuerdo a esa chica perdida, destruida y sola. Siento tristeza cuando pienso en cuantas más se han sentido, se sienten y se sentirán así. Siento tristeza cuando veo que todos esperan que te defiendas de alguien que te agrede cuando eres vulnerable, cuando estás en desventaja, cuando es tan traumático que te bloqueas y no eres capaz de reaccionar como los demás dicen que deberías haberlo hecho, cuando si te defiendes quizá no puedas sentarte delante de un tribunal para ser cuestionada porque probablemente te hayan matado. Siento tristeza cuando escucho que es tu culpa porque te has expuesto, porque has provocado por tu forma de vestir, por no desconfiar, por no saber reaccionar, por sonreír, por ser amable, por ser joven, atractiva, por decir que no quieres, pero “no”, no es suficiente. Nada es suficiente cuando se trata de estar existiendo en una sociedad que está podrida y destinada al fracaso.

C. Granero

LA CARTA ABIERTA EN MI BLOG DE CLASE



Me dijeron:
"No te pongas ese vestido tan corto".
Y después violaron a una mujer 
cuando llevaba sus vaqueros favoritos.
Me dijeron:
"No te quedes hasta muy tarde".
Después arrancaron la ropa y tocaron los pechos 
de una chica a plena luz del día en unas fiestas populares.
Me dijeron:
"No viajes sola por la noche".
Y después violaron y mataron de día a dos mujeres, 
cuando descubrían el mundo, 
acompañadas la una de la otra.
Me dijeron:
"No cojas el transporte público por la noche".
Luego manosearon a una chica en el metro, 
sin que nadie hiciera nada, 
de camino a la universidad.
Me dijeron:
"Pídele a algún amigo que te acompañe a casa".
Y luego señalaron y llamaron calientapollas 
a una chica cuando lo hizo.
Me dijeron:
"No sonrías a extraños".
Y luego gritaron borde, puta y quiéntecreesqueeres a una mujer por pasar de largo.
Me dijeron:
"No bebas mucho".
Y después pusieron droga a una chica en su bebida.
Me dijeron:
"Ten siempre el teléfono a mano".
Y luego una mujer recibió en ese mismo teléfono un vídeo de todas las cosas que le habían hecho la noche anterior.
Me dijeron:
"No te vayas con desconocidos".
Y luego una mujer fue violada por un amigo. Una pareja. O un familiar.
Me dijeron:
"Denuncia".
Y después le preguntaron qué llevaba puesto, cuánto bebió y por qué se fue con él.
Me dijeron. Me dijeron. Me dijeron.
Ten cuidado, ten cuidado, ten cuidado.
Lo tuve. Lo tengo. Lo tendré.
Hice todo lo que me dijeron.
Ahora explícame qué es lo que hice mal.
Estoy de acuerdo: no todos los hombres sois así.
Pero entiéndelo tú.
A todas las mujeres nos pasa. A todas nosotras.
A mi madre. A mí. A mi hija. A mi amiga. Y a mi compañera de trabajo.
A tu madre. A tu mujer. A tu hija.
A todas las mujeres.
¿Lo empiezas a entender?
No me digas a mí lo que tengo que hacer.
Díselo a ellos.
Enséñales consentimiento.
Enséñales que NO significa NO.
Enséñales respeto.
Enséñales que las mujeres no somos un juguete, ni un objeto, ni una propiedad.
Enséñales a ser responsables.
Enséñales a no violar.
Vitika Roy




 "Gisèle Pélicot, la nueva Marianne"

En Francia tienen la hermosa tradición de, además de en la bandera y el himno, simbolizar las esencias de la patria en una mujer que podría ser todas y todos los franceses. La llaman Marianne, y encarna los valores de libertad, igualdad y fraternidad que inspiran al pueblo desde la Revolución de 1879. Aún hoy, con esa grandeur de los galos, la página oficial del Elíseo describe a Marianne como alegoría de “la belleza y la vitalidad de la República eterna”. En dos siglos largos, artistas de todo rango y gusto han aceptado el desafío de recrear la idea de Marianne para esculpirla en los bustos que presiden los Ayuntamientos y estampar su efigie en los sellos de Correos. Pero, desde 1972, para hacerla más humana, alcaldes de todo el país y el mismísimo presidente eligen como modelo a mujeres reales, vivas, con sangre en las venas, y las van renovando cada equis para que encarnen el espíritu de los tiempos. Catherine Deneuve, Brigitte Bardot y Laetitia Casta, mujeres hermosas, carnales y libres, han sido algunas de las más célebres y celebradas. La última, escogida por Emmanuel Macron en 2017, sin embargo, ni siente ni padece. Es una idealización, bellísima, sí, pero sin alma, pintada por una artista urbana en un mural callejero. Macron, a quien le llovieron críticas por aquello, tiene hoy mismo la oportunidad de desquitarse y hacer historia cambiando de Marianne sin hacer de menos a otras.

Sin ser yo francesa ni nada de eso me atrevo a proponer a la candidata perfecta. Gisèle Pélicot, la mujer que fue sistemáticamente drogada, violada y ofrecida por su marido a otros 50 hombres para que abusaran de ella durante 10 años. Pudiendo haberse refugiado en el anonimato y el amor de sus hijos para sobrevivir a la barbarie, ha querido enfrentarse al juicio a cuerpo y rostro gentil para que, por una vez, y ojalá que por todas, quienes se avergüencen sean los verdugos y no las víctimas. Qué mujer, Gisèle. No puedo dejar de mirarla. Una señora de 72 años, con los arañazos del tiempo y el sufrimiento en el cutis, pero primorosamente vestida, peinada y maquillada para presentarse al mundo mientras sus violadores, cobardes, se cubren el rostro. A Gisèle no le hace falta ni el gorro frigio para ser una Marianne súbita y vitalicia. No se puede ser más bella ni más valiente ni más digna.

Luz Sánchez-Mellado

martes, 17 de septiembre de 2024

#enamoradosdELAvida

 












ENFERMERDADES ELA
Los enfermos de ELA ponen voz al consenso de los grupos en el Congreso para sacar su ley

Madrid, 18 sep (EFE).- Los enfermos de ELA han sido este miércoles los protagonistas del Congreso de los Diputados al dar voz a sus años de lucha y esfuerzo para poder conseguir lo que han hecho en las últimas horas, el consenso de todos los partidos para sacar adelante una ley de pacientes con esclerosis lateral amiotrófica.

Los grupos parlamentarios del PSOE, Sumar, PP, ERC, Junts, Bildu, PNV y el Grupo Mixto han firmado en esta jornada el texto común acordado este martes para la proposición de ley para mejorar la calidad de vida de personas con ELA y otras enfermedades o procesos neurológicos de alta complejidad y curso irreversible. 

Pero en el acto de la firma las palabras han salido de ellos, de los pacientes, como la de José Luis Capitán, al que conocen como 'Capi', una de las caras visibles de esta enfermedad y quien desde su diagnóstico ha luchado por visibilizarla.

Lo hace en una silla de ruedas, desde donde esta mañana ha querido incidir en el "hito" de este consenso que, como ha comentado, es "una tarea muy compleja en estos tiempos convulsos para la política".

Un consenso que, como ha dicho en el texto que ha preparado y que la tecnología le ha permitido reproducir, "debería servir de ejemplo para otras decisiones de relevancia tomar en España, Europa o en el mundo". 

Por ello, ha pedido a los medios que no hagan partidismo de este logro porque, como ha argumentado, " hoy no hay vencedores y vencidos. Hoy ganamos todos". 

Hoy, como ha señalado el presidente de la Confederación Nacional de Entidades de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ConELA), Fernando Martín, los enfermos están más cerca de conseguir "una vida digna".

Por eso, se han querido acordar de todos los enfermos que, como Francisco Luzón, lucharon en su día por estar en este momento tras muchas reuniones con los grupos políticos, cuyos portavoces se han puesto, según Martín, "el mono de trabajo" para llegar al acuerdo.

Pero la ley se tiene que aprobar "cuanto antes" -lo ha recalcado el presidente- porque los enfermos "no pueden esperar más".

En principio, el pleno del Congreso está previsto que apruebe la ley el 10 de octubre, según las previsiones de los grupos del Congreso, cuya presidenta, Francina Armengol, les ha recibido previamente y ha estado saludándoles y charlando con los enfermos.

A partir de su aprobación, las 4.000 personas con ELA en España contarán con una normaque incorpora las tres aportaciones de la asociación ConELA, entre las que está la atención 24 horas de la situación de estos enfermos mediante un sistema coordinado sociosanitario.

También la agilización de los trámites de revisión de los pacientes y la revisión del baremo de dependencia (que recoge la imposibilidad de movilidad del enfermo). EFE

bec.scr/aam


LA RAMPA
Javier Gómez Santander. 08/05/2016. El Mundo

Era agosto o septiembre de 1997 y a mis padres les habían dicho que mi hermano se moría. Llevaba toda la vida en silla de ruedas y a los 16 le había brotado un cáncer en la garganta. Tiroides. Le quedaban semanas. No pudo suceder en un momento más raro. Nosotros vivíamos en una casa que habían ido construyendo mis padres mientras vivíamos en ella. Y una de las pocas cosas que quedaba por hacerse era la rampa. La rampa que le iba a permitir a mi hermano salir y entrar de casa sin ayuda se iba a construir cuando los médicos lo habían desahuciado. Imagino a mis padres en su dormitorio aquellos días en un qué hacemos que no se atreverían ni a preguntarse. Los imagino mirándose a los ojos y decidiendo, al fin y al cabo, si se rendían. Si asumían que no tenía sentido construir aquella rampa enorme que rodeaba la terraza. Entonces hicieron algo absurdo, algo hermoso, algo de padres: decidieron construirla. Fue un sábado, un sábado de verano en el que la hormigonera, vieja, verde, de hierro y de gasoil, empezó a sonar muy temprano. Mi hermano se moría en el hospital, pero mi padre, el Chichi, que nunca faltaba, mis tíos y yo, con 14 años y una camiseta de Pryca, estábamos allí. Sin hablar. Oyendo la hormigonera. Paladas. Arena. Piedras. Y algún gemido mío al levantar los sacos de cemento. Entonces, ocurrió. Eran las ocho de la mañana y empezaron a salir hombres de todas las casas. Acudían al sonido de la hormigonera. Hombres de 40, de 50, 60 y 70 años bajando con ropa de trabajo. Los recuerdo poniéndose guantes, incorporándose al tajo sin preguntar, pasándome manos enormes por la cabeza a modo de saludo. Todos los vecinos de Lluja, que así se llama mi barrio, diciéndole al cáncer de mi hermano que todavía no, que aquella tarde, en el hospital, podríamos contarle que había venido todo el barrio: «Todos, Ricardo, han venido a hacer la rampa». «¿Ya está hecha la rampa?». «Ya la tienes, para cuando vengas a casa». Nadie supo explicar cómo, mi hermano empezó a mejorar después de aquel día. Y vivió casi un año más. Un año en el que a veces pudo usar la rampa sin ayuda y otras hubo que empujarlo. Cuento esto tan íntimo porque desde entonces, cuando vienen mal dadas, me digo que hay que construir la rampa. Porque, para mí, esos hombres viniendo significan la palabra barrio. Porque en Lluja nunca nos han dejado sentirnos solos. Porque esa mañana de hace casi 20 años contiene todo lo que me enamora del ser humano.