Estaba decidido a atrapar a los Reyes Magos, así que, en un descuido de mis padres, envenené los vasos de leche y coñac que habíamos dejado junto al árbol. Sin embargo, debían ser magos de verdad porque, no sé cómo, se dieron cuenta y, en venganza, mataron a mis padres y nunca me han vuelto a traer regalos.
En la calle Aragó, en Barcelona, las luces navideñas no son exactamente luces navideñas. Se trata de rótulos suspendidos a lo largo de la vía, colgados transversalmente de un lado a otro de la calle. No remiten a imágenes ni símbolos concretos. Ni rastro de relucientes bolas, de espumillón o de copos de nieve en esta ciudad donde nunca nieva: son frases hechas de luz. Cada una de ellas ocupa un tramo completo de la calle, a cierta altura sobre el tráfico y los peatones. De día, las estructuras metálicas se intuyen; de noche, desaparecen. Entonces las frases parecen sostenerse solas, como si la calle hablara en voz alta. Y las frases dicen así: vens per Nadal?; busca el caganer; més escudella;i demà, canelons; quants serem; qui porta el cava; a dormir d’hora.
Saber si vendrás por Navidad, preguntar por los planes de Fin de Año, salivar anticipándose a los canelones de Sant Esteve, decidir quién trae el cava o recordar a los niños que se vayan a dormir temprano porque los Reyes Magos ya están de camino: cada uno de esos mensajes se refiere a un momento o a una tradición concreta de las fiestas. Son originales. Logran acercarnos una Navidad contemporánea, urbana, consciente del lenguaje y de la vida real, que se aleja del folclore genérico, pero sin caer en el artificio. Me gustan: lo pensé la primera vez que me fijé en ellas. Cada una cuenta una historia.
Sin embargo, tan bienintencionadas como elocuentes, estas frases articulan una coreografía de expectativas en la que la ciudad presupone un nosotros. El lenguaje crea comunidad, pero también la delimita. Porque hay quien pasa cada día bajo estas luces y atraviesa esas preguntas habituales, casi anodinas, entre el tráfico y las prisas, de camino a casa, sin tener a nadie con quien sentarse a cenar por Nochebuena, lejos de esa escena familiar que las luces dan por hecha. Mensajes inocentes que dan en el blanco porque no solo se relacionan con la comida o con el tamaño de la mesa, sino con la presencia. Con quién estará y quién no. Contar, en Navidad, rara vez se refiere solo a una cuestión práctica.
Imposible no acordarse estos días de esa gran película de Fernando León de Aranoa, Familia, en la que un rico solitario alquila a un grupo de actores que simulan una familia para celebrar su cumpleaños. “¡Sonreíd, coño!“, es lo que pide a gritos ese padre falso a unos hijos desconocidos cuando se toman una fotografía. A menudo vuelvo a esa escena y a la esperanza de que la ficción pueda suplir, aunque sea por un momento, las carencias de la realidad. Cuando no existe el vínculo es necesario inventarlo, alquilarlo. Si el verano suele funcionar como un examen de éxito —viajes, planes, agendas llenas—, la temporada navideña desplaza el foco: no evalúa lo que hacemos, sino con quién lo hacemos. No pone en juego el logro, sino el vínculo, algo mucho más frágil y, por eso mismo, más peligroso. La Navidad sigue diseñada para quienes, recogiendo el lema de aquel mítico turrón, vuelven a casa por estas entrañables fiestas. No existe –o al menos no he visto– publicidad dirigida a los que pasan solos estos días, a los que desearían saber qué hacer cuando nadie te pregunta ya si vendrás.
La Navidad es, sobre todo, una construcción de expectativas. Desde la psicología se advierte de que estas fechas pueden intensificar la nostalgia, la soledad y cierto malestar difícil de nombrar, precisamente porque se apoyan en la presunción de vínculos estables y celebraciones compartidas. Según un informe del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, el 10,2% de las personas que ya se sienten solas experimentan ese aislamiento de forma más intensa durante la Navidad. No es solo la ausencia lo que pesa, sino el contraste entre lo que debería estar y lo que ya no está. Mucho antes de que la psicología pusiera cifras a esta experiencia, la cultura popular supo reconocerla. La Navidad ha construido sus propios personajes periféricos: figuras que caminan en los márgenes de la celebración, como el solitario Ebenezer Scrooge o el Grinch del Dr. Seuss. No son personajes que detesten estas fiestas, sino que no encuentran en ellas un lugar propio. Testigos incómodos de un entusiasmo colectivo que se presenta como universal, aunque no lo sea.
Las luces de la calle Aragó no hablan desde la falta ni desde el conflicto, sino desde una normalidad tan tranquila que casi pasa desapercibida. Dan por sentados los vínculos que se sostienen, los rituales que vuelven, la mesa a la que siempre se regresa. No formulan preguntas: constatan. Leer esas frases no es solo reconocerse o quedarse fuera, sino asumir que, durante unos días, la ciudad marca el ritmo de lo que se dice y de lo que no. Bajo las mismas luces pasan, sin embargo, muchas Navidades distintas. Tal vez el reto sea recordar que el nosotros que la ciudad ilumina no es único, ni estable, ni compartido por la mayoría. En realidad, no todos querríamos preguntarnos cuántos seremos.
LAURA FERRERO. 06/01/2026. EL PAÍS.
1.1 Indique el tema y las ideas principales del texto. (1 p.) [4-5 líneas]
1.2.Redacte un texto argumentativo (introducción, argumentos/contraargumentos y conclusión) partiendo de la tesis o de las ideas relevantes del texto. (2 p.) [20-25 líneas]
3. Comentario lingüístico. (1,5 p.) [10-15 líneas]
Indique y justifique las características de las tipologías textuales presentes en el texto y las funciones del lenguaje predominantes en él.
4. ANÁLISIS MORFOLÓGICO. Localice en el texto (indicando el número de línea) y describa las cuatro palabras indicadas. (1 p.)
5A. (1) Dos adverbios, (2) una perífrasis verbal modal, (3) una perífrasis verbal aspectual (4) dos artículos.
6.COHESIÓN TEXTUAL
6.1. Identifique un campo semántico formado tres palabras (como mínimo) y su hiperónimo. (0,5 p.)
6.2. Identifica 2 catáforas y 3 anáforas, y explique qué tipo de cohesión establecen.
(0,5 p.)


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