sábado, 7 de marzo de 2026

Había una vez...

 




CUANTO MÁS PATRIOTAS, MÁS SUMISOS
Una ley no escrita que siempre se cumple en la historia española desde 1808 dice: cuanto más patriota presuma de ser un gobernante, más dispuesto está a vender su patria, trocearla y dejar que la usen de felpudo. El patriotismo exhibido en desfiles, alardes y banderas es directamente proporcional a los grados de inclinación de la reverencia que ofrecen a los amos del mundo.
Defensores acérrimos de España hubo que dieron la llave de los Pirineos a Napoleón, y luego a los Cien Mil Hijos de San Luis, para que invadieran y saquearan a placer la patria en nombre de los valores de la patria vieja. Partidos muy patriotas hubo en el siglo XIX que se dedicaron a vender el suelo y la riqueza del país a precios de saldo a las potencias europeas, hasta llegar al patriotísimo Francisco Franco, que demostró su patriotismo cediendo parte de la soberanía a Estados Unidos y dejando que este país usara la Península como portaviones.
El segundo artículo de esa ley no escrita dice que los opositores a estos patriotas —siempre calificados de antiespañoles, traidores, agentes provocadores y aliados de todos los que odian el país— tienen una molesta tendencia al sacrificio por una patria en la que en teoría no creen. Desde las Cortes de Cádiz hasta ayer mismo, han sufrido prisiones, exilios y paredones. Entre tanto, organizan desamortizaciones, reforman instituciones injustas y, muy a menudo, colocan los intereses nacionales por encima de los de su partido o su ambición. Como ejemplo y resumen queda esa foto de Santiago Carrillo abrazando la rojigualda ante una asamblea de barbudos republicanos. Ningún patriota de derechas hizo una concesión tan grande y tan simbólica.
La ley se reconfirma cuando Pedro Sánchez, tan cansinamente señalado como traidor y antipatriota por los muy patriotas y los mucho patriotas, le niega a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón, en un gesto de afirmación de la soberanía nacional que ninguno de los que se quedan afónicos gritando vivas a España se atrevería a plantear. Sería una paradoja divertida, si el contexto no fuera tan negro: el partido que supuestamente representa el espíritu más exaltado e indomable del nacionalismo español es una marioneta instrumental al servicio de los intereses de Trump y de otros poderes extranjeros. Es un Gobierno dizque antiespañol quien se planta y hace valer la letra de los tratados, mientras los más españoles de España le reprochan que no se someta, como todos los europeos de bien, a los deseos del gran señor de la guerra. La política en España tendrá muchos defectos, pero es previsible y constante.
SERGIO DEL MOLINO. 04/03/2026. EL PAÍS.




DEL-IRÁN-TRES (TRES ENTREMESES TRAGICÓMICOS)

La guerra es la paz (Estados Unidos)

Se abre el telón y aparece Marco Rubio. Tras un atril con unos cuantos micrófonos comparece, en calidad de secretario de Estado, para explicar el ataque americano a Irán. Dice que ha sido preventivo. Cuando le interpelan para apostillar que eso no es posible porque el Pentágono no tenía indicios de que Irán fuera a atacar primero, Marco Rubio confiesa: es cierto que no había constancia de un posible ataque iraní, pero sí era muy probable que Israel atacase a Irán por su cuenta e Irán, en represalia, dañase bases americanas. El concepto de preventivo de la Administración de Trump es el de dos tiarrones que le pegan a un chico por la calle y uno de ellos le explica “mira, chaval, es que como no te zurrásemos los dos a la vez, te iba a pegar primero mi colega y luego yo”.

La libertad es la esclavitud (Unión Europea)
Esto va un un alemán —Friedrich Merz— a reunirse con un americano —Donald Trump— en el despacho más hortera de la Casa Blanca, que ya es decir. A su espalda, molduras con ribetes de oro. Frente a ellos, las cámaras, a las que Trump les cuenta que “España se ha portado de manera terrible” por no ceder las bases de Rota y Morón para actividades que tengan que ver con la agresión a Irán, y que procederá a “cortar todo el comercio con España” tras la decisión del Ejecutivo de Pedro Sánchez de no colaborar lo suficiente en su guerra.
Al canciller alemán no le parece mal, y por supuesto no le recuerda que la OTAN debiera ser una alianza voluntaria y libre, no un régimen de vasallaje a Estados Unidos en el cual quien no hace lo que manda el jefe es castigado. Tampoco le recuerda que las bases son una cesión de la soberanía española sujeta a acuerdos y condiciones —o eso dicen—. Lo que sí hace el canciller alemán es apostillar que, además de todo lo anterior, los españoles somos unos rácanos: no queremos contribuir todo lo que deberíamos a la OTAN. El mismo Merz que, junto al resto de líderes europeos que no mueven un dedo por España, exigen que le plantemos cara a Trump para defender desde su Groenlandia hasta su Ucrania.

La ignorancia es la fuerza (España y los patriotas vendepatrias)
Sobre el escenario, Isabel Díaz Ayuso, a cuyo partido le deben doler las manos de aplaudir a la alianza Epstein. Está en la Asamblea de Madrid, replicando a Manuela Bergerot y a Mar Espinar, partidarias del “No a la guerra”, y lee un chascarrillo: “Les animo a ir solas y borrachas por Teherán. O, por ejemplo, con minifalda a Kabul. Ánimo. Vayan allá y llévense a sus amigos gais, a ver cuándo les van a colgar de las grúas”. Como si nadie se acordase de que precisamente Kabul fue liberada en 2001 por obra y gracia, entre otros, de su compañero José María Aznar. Como si su foto en Arabia Saudí con motivo de la Superliga nunca hubiera existido. Habrá que preguntarle si se llevó a algún amigo gay, si paseó en minifalda o cuándo piensa su admirada alianza Epstein liberar a los saudíes a bombazos. ¿Acaso ellos no merecen una democracia implantada por el Occidente luminoso, un sistema en el que hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, therians y humanos, tengan los mismos derechos? ¿Por qué a unos se les castiga con bombas y a otros se les premia con competiciones futbolísticas?
Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la película? Nos siguen meando y nos siguen diciendo que llueve.
ANA IRIS SIMÓN. 07/03/2026. EL PAÍS

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