jueves, 26 de febrero de 2026

TEJERO, SU MUJER Y OTRAS COSAS DEL (MAL)QUERER...



 

QUÉ ASCO DE ESPAÑA, ANTONIO, QUÉ PENA TAN GRANDE…

Impresiona morirse a los 93 años, después de décadas retirado de la vida pública, el día en que más gente está hablando y escribiendo sobre ti. Y más impresión y zozobra produce que ese día, el día en que te mueres, la conversación pública gire no tanto en torno al golpe de Estado que te hizo famoso, esa imagen tuya pistoleando en el Congreso, sino las palabras dolidas con las que su mujer se refería a ti por teléfono cuando la intentona se había quedado oficialmente en charlotada: “tonto”, “desgraciao”, “gilipuertas”, “como siempre, haciendo el primo”, “lo han dejado tirao como una colilla”, “no escarmienta nunca”. Para luego, superado el estupor, tu esposa acabe vertiendo sobre la patria, esa tan sagrada que estabas intentando secuestrar por las armas, su amargo chasco: “¿Has visto qué España tan mierda?”, “estoy decepcionada de España entera”, “qué asco de España, qué pena tan grande” (esta mujer tuvo que haber sido una compositora extraordinaria de coplas).

Una desazón tan grande que sólo pide que a su marido no lo maten, sino que pase en la cárcel el resto de su vida. Y proclama que, si volviese a parir, ningún hijo suyo sería militar. Conversación esta útima que tiene precisamente con su hijo, autor de un histórico “¿eh?”.

—Si yo pudiera volverte a parir...

—¿Eh?

—Si yo pudiera volverte a parir ninguno sería militar de mis hijos —exclama Carmen Díez.

Muchos no recordamos, por niños unos o por no haber nacido otros, qué hacíamos cuándo Tejero y sus golpistas asaltaron el Congreso. Pero sí recordaremos qué hacíamos cuando murió: estábamos hablando de él. Se afanaba España en leer los documentos desclasificados sobre el 23F esa tarde y su protagonista más triste murió. Durante 45 años Tejero fue en el imaginario popular una fotografía: tricornio, bigote, pistola en alto, el “¡quieto todo el mundo!”. Y, sin embargo, al final, lo que más circula no es el disparo ni la arenga, sino la intimidad doméstica de una mujer al teléfono llamándolo “desgraciao”. Hay algo profundamente español en eso, o sea berlanguiano. No en que tu mujer esté intentando localizarte desde las cuatro de la mañana mientras maldice a tus amigos, que también. Sino en salir de casa a hacer historia con el pistolón al cinto y que tu esposa, horas después, esté diciéndole a sus amigas: “Qué tonto, el pobre”.

Quizá sea esa la verdadera desclasificación. La que no está en los informes ni en los márgenes subrayados ni en quién sabía qué a qué hora, sino en el contraste entre la épica pretendida y el ridículo percibido. Entre quien creyó estar salvando la patria y quien, desde el salón, veía a su marido engañado perdido, y voceándolo desesperada.

Morirse el día en que todos estaban pronunciando tu apellido tiene algo de justicia poética y algo de crueldad. No te mueres solo: te mueres rodeado de adjetivos. Que no eliges tú, que ni siquiera en tu día de gloria elegiste tú.

MANUEL JABOIS. 26/02/2026. EL PAÍS.

LAS ESPOSAS DE TEJERO Y LAS PITITAS DESCLASIFICADAS

Hay una España representada por las señoras permanentemente enfadadas con sus maridos. Basta con un poco de observación, apartarse un poco de la pantalla, guardar los cascos en los bolsillos. Son esas que llevan décadas lavando calzoncillos, fregando platos, y ahora, jubiladas y sabedoras de que sobrevivirán a sus compañeros de cama, sacan las garras que quizá no pudieron entre hijo y guiso. Son las que ahora llevan pantalones, deportivas, hacen yoga y pilates para combatir la artrosis y la osteoporosis. Son esas que pasean acompañadas por señores a los que consideran unos inútiles de tomo y lomo, y por ello son regañados en los supermercados, en la tienda de muebles y cuando cruzan mal en los semáforos. No tienen mal carácter, simplemente se están vengando.
Entre ellas podría estar Carmen Díez, esposa del teniente coronel Antonio Tejero. Porque aunque diga Javier Cercas que la desclasificación de los papeles del 23F desvelaría pocos secretos, hay alguna revelación que suena a gloria. La constatación de que Carmen, doña Carmen, era otra de esas mujeres que callaron, criaron y que asintieron, que no quisieron discrepar para no molestar pero que, una vez puestas en la batalla, apoyando al fascismo y al cónyuge en su idea de encabezar un golpe de Estado, tardaron muy poco en descubrir que el tricornio se le quedó grande al “desgraciao”. Que si por ella hubiera sido, que si la hubieran dejado, no habría pasado lo que pasó, que la ilusión duró solo 17 horas. Hay algo delicioso en esas conversaciones, en ese empeño por querer hablar con su marido no solo para saber que estaba vivo, sino para decirle lo que tenía que hacer, advertirle de las ratas que abandonaron su barco. “Mira que te lo había advertido, tolai”, parece querer decir como resumen de todo esto, además de unos cuantos lamentos, quejas y vivas a la patria siempre que fuera a su medida.
España merecería ahora otra desclasificación, también durante los meses, quizá años, anteriores al golpe. La de las meriendas de estas señoras, pititas y franquistas todas ellas, hablando de sus cosas, poniendo a caldo a sus maridos y presumiendo de sus hijos y nietos, que sigue siendo hoy el tuétano de los desayunos y las meriendas de muchas. Unas son las que, elecciones tras elecciones, paran a los aspirantes a Tejero. Otras rezaban y rezan ahora por la vuelta del ordeno y mando. Hay que escucharlas y descifrarlas más. Por España.
ÁNGELES CABALLERO. 26/02/2026. EL PAÍS

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